Pablo y Silas
Rescatados por los milagros del Señor
El Señor llamó a Pablo y a Silas a predicar el Evangelio juntos. Viajaron a muchas ciudades para ver cómo les iba a las iglesias allí.
Una noche, en una visión, Pablo vio a un hombre de Macedonia que le pedía que fuera a su ciudad. Pablo y Silas se fueron enseguida. Sabían que Dios quería que fueran.
Cuando llegaron a Macedonia, una mujer llamada Lidia los oyó enseñar. El Señor abrió el corazón de Lidia. Ella creyó lo que Pablo enseñaba y fue bautizada.
Lidia les dijo a Pablo y a Silas que podían quedarse en su casa mientras estuvieran allí.
Pero no a todos les gustaba que Pablo y Silas estuvieran allí. A algunas personas no les gustaba lo que enseñaban. Llevaron a Pablo y a Silas al mercado y les dijeron a los líderes de la ciudad que estaban causando problemas.
El pueblo estaba enojado con Pablo y Silas. Los líderes de la ciudad rasgaron las vestiduras de Pablo y Silas y dijeron que debían ser golpeados.
Entonces los líderes de la ciudad echaron a Pablo y a Silas en la cárcel. Les ataron los pies y les pusieron guardia.
Esa noche, Pablo y Silas oraron y cantaron himnos a Dios mientras los demás prisioneros escuchaban. De repente, la tierra comenzó a temblar. Las puertas de la cárcel se abrieron y las ligaduras se soltaron.
El guardia despertó y vio que las puertas estaban abiertas. Pensó que los prisioneros se habían escapado y que estaría en problemas por haberlos dejado escapar. Pablo le dijo al guardia que no se preocupara porque todavía estaban allí todos los prisioneros.
El guardia tuvo miedo. Se arrodilló junto a Pablo y Silas y les dijo: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. Ellos dijeron: “Cree en el Señor Jesucristo”.
Pablo y Silas enseñaron el Evangelio al guardia y a su familia. El guardia atendió las heridas de Pablo y de Silas. ¡Esa noche, él y su familia fueron bautizados!