Jesús da Su vida por nosotros
Un sacrificio para salvarnos del pecado y de la muerte
Después de que Pilato decidió que Jesús debía ser crucificado, les dijo a sus soldados que se lo llevaran. Lo azotaron, le escupieron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y se burlaron de Él.
Los soldados obligaron a Jesús a cargar una pesada cruz de madera. Lo llevaron a un lugar a las afueras de Jerusalén llamado Gólgota.
Los soldados clavaron las manos y los pies de Jesús en la cruz. Él le pidió al Padre Celestial que perdonara a los soldados porque ellos no sabían que estaban crucificando al Hijo de Dios.
Lucas 23:33–34; véase también la Traducción de José Smith en la nota 34b al pie de página.
Dos delincuentes fueron crucificados junto con Jesús ese día. Uno de ellos le dijo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”.
El otro delincuente dijo que ellos merecían su castigo, pero que Jesús no había hecho nada malo. Le pidió a Jesús que se acordara de él en Su Reino. Jesús le dijo que pronto estarían juntos en el mundo de los espíritus.
Muchas mujeres que seguían a Jesucristo habían ido al Gólgota para estar con Él. Una de las mujeres era María, la madre de Jesús. Jesús la vio y le dijo a Juan, uno de Sus apóstoles, que la cuidara.
Juan 19:25–27; véanse también Lucas 8:1–3; Marcos 15:40–41
Durante tres horas, la oscuridad cubrió la tierra. Jesús se sentía muy solo. Sentía como si Su Padre Celestial lo hubiera abandonado.
Finalmente, Jesús supo que Él había completado Su sufrimiento. Él dijo: “Padre, consumado es, se ha hecho tu voluntad”. Entonces Jesús inclinó la cabeza y entregó Su vida. Para ver si realmente estaba muerto, un soldado lo atravesó en el costado con una lanza.
Traducción de José Smith, Mateo 27:54 (en Mateo 27:50, nota a al pie de página); Juan 19:28–30, 34
Cuando Jesús murió, la tierra tembló. Las rocas se rompieron en pedazos. El velo del templo, la cortina que cubría el lugar más santo del templo, se rasgó por la mitad.
Los soldados tuvieron miedo. “¡Verdaderamente este era el Hijo de Dios!”, dijeron.
Los discípulos de Jesús envolvieron Su cuerpo en un lienzo y lo pusieron en un sepulcro en un jardín. Más tarde, hicieron rodar una piedra grande frente a la entrada del sepulcro.