Los mejores días y los peores días
Gracias a Él, por muy mal que estén las cosas en este momento, sus mejores días están por llegar.
Hace varias semanas, comenzamos a planear la boda de nuestra hija. Con gran alegría, soñamos y aportamos ideas mientras considerábamos todas las opciones. Entonces mi esposo, Greg, recibió una llamada telefónica que no podía pasar por alto. Era el oncólogo confirmando lo que esperábamos que no fuera cierto. El cáncer de Greg había regresado.
¿No es asombroso cómo se puede pasar del mejor día al peor día en cuestión de minutos?
Esto es la vida terrenal: un campo de pruebas, un lugar diseñado para el crecimiento. He aprendido que Dios permite que la vida terrenal efectúe su obra en nosotros y eso incluye tanto los mejores días como los peores días.
¿Cómo superamos esos días? El relato de Pedro nos enseña que recibimos fortaleza al andar con Cristo y aferrarnos a Sus verdades eternas.
Verdades eternas
“Y al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos […]: Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Habían visto las redes vacías llenarse, las tormentas en el mar calmarse, los panes multiplicarse y a los muertos ser resucitados. Cuando Pedro respondió: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”, Jesús le contestó: “Bienaventurado eres, Simón […]; no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Ese día debe haber parecido uno de los mejores. El Espíritu confirmó una verdad eterna y Pedro dio testimonio de ella con valentía.
Sin embargo, solo tres versículos después, se produjo un cambio. Cuando Jesús comenzó a hablar de Su muerte inminente, Pedro lo reprendió, diciendo: “¡En ninguna manera!”.
“¡Quítate de delante de mí, Satanás!”, fue la respuesta inmediata del Salvador.
Pedro tenía buenas intenciones —no quería que el Salvador muriera—, pero malinterpretó el plan de Dios para Su Hijo. El relato de Pedro pasó del mejor día al peor día en cuestión de tres versículos.
Del relato de Pedro aprendemos que nuestro entendimiento de la verdad eterna no se forja en un solo momento: el testimonio se edifica con el tiempo, día tras día, tanto en los mejores días como en los peores.
Esas verdades eternas a menudo se comprueban mediante una invitación.
Invitaciones
En Mateo 14, Pedro y los demás discípulos se hallaban atrapados en una tormenta cuando Jesús se acercó a la barca. Pedro exclamó: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” y Jesús respondió con una invitación: “Ven”. Entonces Pedro salió de la barca. “Anduvo sobre las aguas para ir a Jesús”.
El mejor día.
Pero en el versículo siguiente, leemos que Pedro vio el viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse.
El peor día en cuestión de instantes.
¿Alguna vez han aceptado una invitación del Señor y luego se han sentido incapaces de realizar la tarea? Todos sabemos lo que es dudar, experimentar momentos de hundimiento. Pero fíjense en dónde estaba Jesús cuando Pedro aceptó la invitación que parecía demasiado grande. No estaba gritando instrucciones desde la orilla ni ofreciendo consejos desde la seguridad de la barca. Él estaba en el agua, con Pedro. Al alcance de la mano.
Al aceptar las invitaciones del Señor, tanto en los mejores días como en los peores, lo mismo sucederá con ustedes.
Bendiciones prometidas
Ahora consideremos un último relato. Esta vez, comencemos con el peor día.
La noche en que arrestaron a Cristo, Pedro negó tres veces conocerlo y entonces cantó el gallo. Lucas escribe: “Se volvió el Señor y miró a Pedro”.
A menudo pienso en esa mirada.
Jesús sabía que lo peor no había pasado. Sabía que le esperaban experiencias muy difíciles. Cuando Pedro vio esa mirada, Lucas nos dice que recordó la advertencia de Jesús sobre el canto del gallo. No puedo evitar preguntarme si Jesús estaba recordando las palabras de aliento que le había dicho a Pedro ese mismo día: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos”.
Tal vez esa mirada no era una mirada de fracaso, sino más bien de fortaleza habilitadora que le permitiría a Pedro superar los peores momentos que se avecinaban: el juicio, la cruz, el sepulcro.
Después de que esos días difíciles hubieron pasado y tras una larga noche de pesca, Pedro y Jesús se hallaban en la orilla del mar de Galilea. Aquel día, el Salvador le hizo otra invitación: “Apacienta mis ovejas”. La fe de Pedro no había flaqueado y, debido a su profundo amor por Jesucristo, aún tenía reservada una gran obra para él. Pedro iba a ser más que un simple pescador; ahora se convertiría en pastor.
A veces podríamos preguntarnos si las promesas del Señor realmente se cumplirán en nosotros, especialmente cuando todo parece perdido, especialmente en nuestros peores días.
El relato de Pedro nos recuerda que así será.
Para la Fortaleza de la Juventud
El relato podría sugerir que Pedro fue un hombre que trató de interponerse en el plan del Padre, que estuvo a punto de ahogarse por falta de fe y que negó tres veces conocer al Salvador, y eso sería cierto. Pero también es cierto que Pedro caminó sobre las aguas, que fue el primer Apóstol en dar testimonio de que Jesucristo es el Hijo de Dios y que se le dieron las llaves del sacerdocio para presidir la Iglesia del Señor. Tal vez Pedro necesitó tanto los peores días como los mejores días para convertirse en lo que el Señor necesitaba que se convirtiera.
No sé cuál es la historia de ustedes en este momento, si hoy es el mejor día o el peor día, pero este es mi consejo para ustedes. En ese peor día con Greg, hace varias semanas, abrí mi guía Para la Fortaleza de la Juventud, preguntándome si las verdades eternas, las invitaciones y las bendiciones prometidas de la guía realmente podrían ayudarnos a Greg y a mí a hallar fortaleza en Cristo.
Esto es lo que leí; tal vez estas palabras les ayuden a ustedes.
“El plan de Dios es para ti. […] Él tiene todo poder y sabe todas las cosas. Puedes confiar en Él, aun cuando la vida sea difícil”.
“Dios quiere comunicarse contigo”. Él los conoce. Él sabe sus nombres. “Derrámale tu corazón. […] Quédate tranquilo y presta atención a Sus respuestas”.
“Jesucristo te ayudará.[…] Cuando estés preocupado, temeroso o tengas dificultades de cualquier tipo, Él te consolará”.
“Camin[a] en la luz de Dios. […] Tomas mejores decisiones cuando puedes ver las cosas con claridad”.
“Las ordenanzas y los convenios del templo te dan mayor acceso a las bendiciones de Dios”. Estos los ayudan a transitar por la vida con guía divina, a aumentar la compañía del Espíritu y de los ángeles y los habilitan para vivir a la altura de sus privilegios y recurrir al poder de Dios.
Finalmente, “Jesucristo brinda gozo. […] Puede que tengas un mal día, una mala semana o un mal año. [Solo recuerda que] el gozo no es la ausencia de tristeza en tu vida; es la presencia de [Jesús] en ella”.
A medida que dediquen tiempo a esta guía, comenzarán a darse cuenta de que no se trata solo de una guía de normas, esta es una guía para obtener fortaleza.
Porque Jesucristo conoce bien los mejores y los peores días: un sufrimiento tan grande que se envió a un ángel para fortalecerlo, la traición de un buen amigo, la cruz en el calvario.
Pero Su relato también tiene un huerto, una piedra quitada y un sepulcro vacío.
Gracias a Él, por muy mal que estén las cosas en este momento, sus mejores días están por llegar.
Jesucristo es nuestra fortaleza. Lo sé. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.