Conferencia General
Oraciones pidiendo paz
Conferencia General de abril de 2026


13:12

Oraciones pidiendo paz

Si oramos continuamente, sean cuales sean las circunstancias de la vida, el Señor nos ofrecerá Su paz y Su apoyo perdurable.

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido por estar con ustedes en esta época en la que, de nuevo, podemos recordar cómo consoló el Salvador a Sus apóstoles, pues sabía que tendría que dejarlos solos, sin que Él los guiara, protegiera y socorriera en los peligros.

En esa Última Cena, hizo a aquellos fieles discípulos una promesa, la cual continúa consolando y animando a Sus fieles discípulos hoy en día en cualquier dificultad que afrontemos en la vida. Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”.

El mundo actual parece estar en conmoción. Hay guerras y rumores de guerras, la economía de continentes enteros está decayendo y la iniquidad que se profetizó parece acelerarse conforme se acerca el regreso del Salvador.

Sin embargo, pese a la conmoción y a las dificultades, los Santos de los Últimos Días fieles que afrontan adversidades en todo el mundo han inundado el cielo con oraciones. En público y en privado, suplican al Señor ayuda, consuelo, guía y paz individual para aquellos a quienes aman.

Quizá hayan visto en sus congregaciones y en sus hogares que las oraciones no solo se han vuelto más numerosas, sino más sinceras.

Desde sus orígenes, la humanidad ha acudido al Padre Celestial en ferviente oración cuando el mundo parece estar en caos. En momentos de temor, tragedia, peligro, problemas o enfermedad, las personas suelen acudir a Dios en oración. Su Hijo Amado, Jesucristo, en cuyo nombre oramos, vive, nos conoce, vela por nosotros y nos cuida. Tal vez recuerden estas reconfortantes palabras del rey David en el libro de Salmos:

“Y será Jehová refugio para el oprimido, refugio para tiempos de angustia.

“Y en ti confiarán los que conocen tu nombre; por cuanto tú, oh Jehová, no desampararás a los que te buscan”.

En momentos de dolor, soledad o confusión, sabemos que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Amado están al tanto de nuestras circunstancias y que anhelan bendecirnos. Las palabras del Salvador son claras:

“Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá,

“porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Para abrir las ventanas de los cielos mediante la oración ferviente no hacen falta muchas palabras ni un lenguaje exquisito; más bien, la diligencia al orar que el Padre Celestial requiere de nosotros consiste en “derramar [n]uestra alma” en privado y tener el corazón “[entregado] continuamente en oración a él”.

En Su Sermón del Monte, el Salvador enseñó:

“Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

“Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis”.

El Señor también nos ha dado pruebas conmovedoras del poder de las oraciones no verbales que ofrecemos en el corazón. En el Libro de Mormón leemos acerca del pueblo de Alma, padre, que habría sido destruido si hubiera orado abiertamente:

“Y Alma y su pueblo no alzaron la voz al Señor su Dios, pero sí le derramaron sus corazones; y Él entendió los pensamientos de sus corazones.

“Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo: Alzad vuestras cabezas y animaos, pues […] también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre […].

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”.

Testifico que el Señor oye y contesta las oraciones de nuestro corazón, tal como lo hizo por Alma y su pueblo. Podemos seguir Su mandamiento de “ora[r] siempre” teniendo una oración constante en el corazón. Tal como los profetas han enseñado muchas veces en el pasado, quizás no sientan deseos de orar o no sepan qué decir, pero Dios oye las oraciones secretas de su corazón. Lo que ustedes sienten en el corazón y su amor por nuestro Padre Celestial y por Su Hijo Amado pueden llegar a ser tan constantes que sus oraciones se eleven en todo momento.

Si oramos continuamente, sean cuales sean las circunstancias de la vida, el Señor nos ofrecerá Su paz y Su apoyo perdurable. Me viene a la mente el ejemplo de los hijos de Mosíah, quienes habían tenido éxito en la predicación del Evangelio y se habían fortalecido espiritualmente porque oraban constantemente. En el Libro de Alma leemos: “Se habían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación”.

Es significativo que esa fortaleza espiritual provino de la oración continua y no de esperar a orar hasta un momento de crisis en el que necesitaran ayuda divina con desesperación. La oración constante en los momentos de gozo, y también durante las épocas de angustia y aflicción, ciertamente será recompensada de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo perfecto.

Testifico que Dios el Padre vive. Él nos ama. Él escucha nuestras oraciones y muchas veces responderá con sentimientos de paz. De nuevo, en el Libro de Mormón leemos: “Y ahora bien, repose sobre vosotros la paz de Dios, y sobre vuestras casas y tierras, y sobre vuestros rebaños y manadas y todo cuanto poseáis, sobre vuestras mujeres y vuestros hijos, según vuestra fe y buenas obras, desde ahora en adelante y para siempre. Y así he dicho”.

Hermanos y hermanas, doy testimonio de que la promesa del Salvador es cierta y de que será atendida la humilde oración que pide paz en el corazón. Lo sentí en el funeral de quien fue mi esposa durante sesenta y un años. Ese sentimiento de paz, casi de gozo, me sorprendió. Las personas que asistieron al funeral deben haberse preguntado por qué yo sonreía. Lo hacía porque el Señor, a mi oración pidiendo paz, respondió con la certeza del Espíritu Santo que me permitió imaginar el feliz reencuentro que me espera con ella. El Señor me dio la paz y la esperanza que había prometido a Sus discípulos.

Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón”.

Testifico que sé que Jesucristo vive. Él nos ama y nos bendice. Él continúa ofreciéndonos paz en la vida por medio de la oración sincera y ferviente. Testifico de estas cosas con humildad. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.