Equipaje perdido, almas redimidas
Como discípulos de Jesucristo, nos elevamos con renovada determinación para socorrer y cuidar de aquellos con quienes entramos en contacto.
Olvidados, descuidados o perdidos
¿Alguna vez se han encontrado en un aeropuerto frente a una cinta transportadora vacía que da vueltas sin cesar, preguntándose si su maleta se habrá desviado por error a Katmandú? ¿Alguna vez les han dicho que la última ubicación conocida de su equipaje facturado estaba en algún punto entre “Seguro que aparecerá en alguna parte” y “Debería considerar comprar todo nuevo”? ¿Alguna vez les ha desaparecido una maleta que contenía material esencial? Si es así, este mensaje podría interesarles.
Hoy hablaré sobre el equipaje perdido.
Se estima que en el año 2024 hubo 33 millones de maletas perdidas, dañadas o retrasadas en los aeropuertos. Aunque esto le ocurre a solo un pequeño porcentaje de viajeros, por infrecuente que sea, la idea de perder pertenencias importantes es una preocupación universal.
Hace poco, mientras viajaba por una asignación de fin de semana, me di cuenta de que mi equipaje de mano no cabía en el compartimento superior. Necesitaba esa maleta; contenía material esencial e importante. Casi antes de que pudiera reaccionar, una auxiliar de cabina tomó mi bolso, colocó una etiqueta alrededor de su asa, me entregó un comprobante de equipaje y desapareció con mi preciada posesión.
Durante todo el vuelo, sentí gran ansiedad. Esperaba que alguien estuviera cuidando de la maleta y de su contenido. Esperaba que no la olvidaran, la descuidaran ni se perdiera. Sujetaba con fuerza mi comprobante de equipaje con la esperanza de un reencuentro exitoso.
Mi historia tuvo un final feliz; mi maleta y yo volvimos a juntarnos. Pero la experiencia me hizo reflexionar.
Tal vez hayan escuchado una noticia desde Osaka, Japón, sobre el récord mundial del Aeropuerto Internacional de Kansai: algo casi increíble. Después de treinta años de funcionamiento y tras procesar cientos de millones de paquetes, equipaje de mano y maletas, ese aeropuerto no ha perdido ni una sola pieza de equipaje.
¡Ni una sola!
¿Cómo es posible tal cosa?
Tsuyoshi Habuta, jefe de operaciones de equipaje del aeropuerto, cree que la pérdida de equipaje nunca debería ocurrir “porque el equipaje es valioso para los pasajeros”. Esa actitud se extiende a todo su personal. Él afirma que el éxito del aeropuerto se debe a un compromiso con la “minuciosidad y la atención al detalle”.
El pueblo japonés se ha ganado una reputación por esa atención al detalle. Tienen un principio, el kaizen, que engloba una mentalidad de búsqueda e implementación constantes de pequeñas mejoras. Esta práctica requiere una disciplina silenciosa de buscar siempre pequeñas formas de mejorar los procesos. Se enorgullecen de que esas mejoras casi siempre provienen de quienes realizan el trabajo diario.
A lo largo de los años, el personal del aeropuerto de Kansai ha desarrollado un proceso que hace realidad el objetivo de no perder las maletas de los pasajeros. Capacitan a los empleados de manera rigurosa y se aseguran constantemente de que cada maleta sea contada, rastreada y cuidada. Realizan múltiples controles manuales meticulosos que complementan un sofisticado sistema automatizado.
Los artículos frágiles, como los instrumentos musicales, a menudo se entregan en mano a los pasajeros. El personal se ocupa de los pequeños detalles, como colocar las maletas en las cintas transportadoras con las asas hacia afuera para que los pasajeros puedan recogerlas más fácilmente.
Cuando uno entrega su equipaje en el aeropuerto de Kansai, tiene la sensación de que le están diciendo: “Tenemos sus preciadas pertenencias. Ahora somos responsables de ellas. Se las devolveremos”.
El amor de nuestro Padre Celestial
Al reflexionar sobre esas experiencias, me descubro pensando en un momento de confianza mucho más sagrado que el de facturar una maleta.
Con reverencia, me pregunto cómo se siente el amoroso Padre Celestial al enviar Sus pertenencias más preciadas, Sus hijos, lejos de su hogar celestial, sabiendo que deben afrontar los desafíos de la vida terrenal. Supongo que Su gran consuelo es saber que no viajan solos. Padres, familiares, líderes, amigos, hermanos y hermanas ministrantes, ustedes y yo servimos como mayordomos de Sus posesiones más preciadas.
¡Cuán amados y preciados son Sus hijos para Él!
¡Y cuán amados y bendecidos son aquellos que cuidan y nutren a los demás!
Aun así, el sentimiento es reconocible: confiar lo que es valioso al cuidado de otros y anhelar su regreso a salvo. Esto evoca recuerdos de escenas familiares: una madre —un padre— en una acera o andén, despidiéndose de su estudiante, soldado o misionero. Años de enseñanza, preparación y oración culminan en el momento en que ponen su preciada posesión al cuidado de otros, confiando en mayordomos responsables para que cuiden de su hijo o hija durante todo el trayecto hasta que se reencuentren.
De una manera mucho más santa, nuestro Padre Celestial hace un reclamo de nosotros, no por medio de una etiqueta en un asa, sino con una verdad divina escrita en el corazón: “Eres mío. Te conozco. No estás solo. No me he olvidado de ti. Tengo la intención de traerte a casa”.
Esto es más que logística.
Esto es redención.
Permítanme mencionar dos casos en los que creo que el Señor se complacería enormemente con aquellos que magnifican su función de cuidadores considerados e intencionales de Su preciado cargamento, Sus hijos.
Nuestro sagrado llamamiento a ministrar
El primer caso es en nuestra función de hermanos y hermanas ministrantes asignados, tanto adultos como jóvenes.
Sepan que ustedes representan al Señor, de acuerdo con las Escrituras, sirviendo a los que son “contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo”, cuyos “nombres [se inscriben], a fin de que se [haga] memoria de ellos y [sean] nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en la vía correcta”. Nosotros debemos “velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (Doctrina y Convenios 20:53). El mayor éxito en la obra misional se alcanza cuando actuamos de manera normal y natural; lo mismo sucede con la ministración.
Los invito a reflexionar sobre cómo pueden:
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Brindar amor, cuidado y servicio semejantes a los de Cristo.
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Ofrecer ayuda y consuelo en momentos de necesidad espiritual o temporal.
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Procurar la guía del Espíritu mediante la oración.
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Ayudar a preparar a las familias para hacer y guardar convenios sagrados con Dios a medida que reciban las ordenanzas.
Consideren su asignación de ministración como “cuidar a la manera de Cristo” de las posesiones más preciadas del Señor, que al final de su jornada terrenal pueden ser reclamadas y redimidas por Él. Los invito a incorporar pequeños actos de bondad y cuidado en su ministración para llegar a ser mejores ministros de Jesucristo.
Ministrar a la nueva generación
El segundo caso es el mandato universal de fortalecer y nutrir a la nueva generación, de criar a los hijos “en la luz y la verdad”.
En los tiempos peligrosos en que vivimos, la nueva generación necesita defensa y refugio contra la tempestad. Podemos contribuir a este esfuerzo invirtiendo tiempo y enseñando. No hay mayor necesidad ni mayor rentabilidad de esa inversión que cuando se realiza con los niños de la Primaria, los hombres jóvenes, las mujeres jóvenes y los jóvenes adultos.
El presidente Dieter F. Uchtdorf ha prometido que, si cumplimos nuestra parte de enseñar, nutrir y luego confiar en que Dios obrará Su milagro, “el resultado será más hermoso, más asombroso y más gozoso que cualquier cosa que ustedes pudieran lograr por su cuenta”.
¿Cómo podemos hacerlo?
Motivando, enseñando y alentando a nuestros jóvenes a recibir el santo nombre de Jesucristo en su corazón y en su mente, a tomar con gozo la cruz de Cristo y a andar en santidad como Sus discípulos y emisarios.
Enseñamos esto “para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”, aun a Jesucristo.
Inspírenlos a realizar “con sinceridad y constancia […] la obra espiritual necesaria para desarrollar la habilidad crucial y espiritual de aprender a oír los susurros del Espíritu Santo, [lo que les dará] toda la orientación que necesitarán en su vida”.
Esas preciadas almas son seres de un potencial inconmensurable, cuyo destino es caminar por la eternidad en salones de gloria celestial.
Enseñen a la nueva generación a conocer, amar y emular a su Salvador, Jesucristo. “Él es la fortaleza de la juventud”.
Ellos responderán.
Un regreso seguro
A diferencia de las maletas, cada uno de nosotros es, en última instancia, responsable de nuestras decisiones, creencias y acciones, con la ayuda de ángeles ministrantes celestiales y terrenales. Por lo tanto, como discípulos de Jesucristo, nos elevamos con renovada determinación para socorrer y cuidar de aquellos con quienes entramos en contacto.
Al fin y al cabo, todos somos una sola familia.
Todos necesitamos ayuda en el camino.
Cada uno de nosotros posee una etiqueta que nos identifica como hijos de un amoroso Padre Celestial. Sobre esa etiqueta está impresa una promesa espiritual y una proclamación sagrada que testifica: “Esta preciada alma tiene un gran valor y un día será redimida por su poseedor”, para jamás ser olvidada, descuidada ni perdida.
Me regocijo en esa redención y celebro el gran privilegio que tenemos de participar en esa obra hasta el día en que regresemos a salvo a Aquel que nos creó y nos ama con un amor perfecto.
Que podamos cumplir esa misión por nosotros mismos y cuidar diligentemente de los demás mientras estos se esfuerzan por regresar a Su abrazo celestial es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.