Siento el amor de mi Salvador
Ruego que cada uno de nosotros sienta el amor de nuestro Salvador al participar de la Santa Cena.
Mis queridos hermanos y hermanas, ¿saben cuánto los ama el Salvador? Si no lo saben o nunca lo han pensado antes, espero que al final de este mensaje sepan cómo encontrar la respuesta a esa pregunta.
Hace unas semanas, en un devocional para estudiantes de la Universidad Brigham Young, nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks, inició su discurso compartiendo este pensamiento: “Siento que debo recalcar la advertencia que nos dio el presidente Russell M. Nelson de que ‘en los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo’. Una de las muchas razones por las que necesitarán la influencia constante del Espíritu Santo es que viven en una época en la que el adversario se ha vuelto tan eficaz en disfrazar la verdad que, si no tienen el Espíritu Santo, serán engañados”.
Podemos renovar esa influencia del Espíritu Santo cada semana al prepararnos personalmente para participar de la Santa Cena.
El Señor resucitado hizo hincapié en la importancia de la Santa Cena cuando visitó el continente americano e instituyó esa ordenanza entre los nefitas y lamanitas fieles. Bendijo los emblemas de la Santa Cena y los dio a Sus discípulos y luego a la multitud, y al mismo tiempo les mandó, diciendo: “Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros”.
La Santa Cena es la ordenanza que reemplaza los sacrificios de sangre y los holocaustos de la ley mosaica. Al participar de esta ordenanza, podemos recibir la promesa que dio el Salvador. En 3 Nefi 9:20 leemos: “Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo”.
Al participar de esta ordenanza con un corazón quebrantado, el Señor nos promete la bendición de contar con la compañía y la guía constante del Espíritu Santo.
La Santa Cena representa la Expiación de Jesucristo. Durante ese sagrado momento, cuando toda nuestra atención está puesta en Él y nos centramos en Su sacrificio expiatorio, ¿cómo no vamos a sentir Su gran amor por nosotros? ¿Cómo no nos vamos a sentir importantes cuando recordamos que Él voluntariamente se ofreció para ser el Intercesor entre nosotros y el Padre?
En Lucas 22:19–20 leemos:
“Entonces tomó el pan, y habiendo dado gracias, lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.
“Asimismo, tomó también la copa, después que hubo cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama”.
Cuando Cristo pronunció estas palabras que se encuentran en Lucas, Él estaba enfocado en nosotros; la Santa Cena se dio para nuestro beneficio. Fíjense de nuevo en lo que Él dice: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado”. Y en el siguiente versículo, Él dice: “Esta copa es el nuevo convenio en mi sangre, que por vosotros se derrama”.
Queridos hermanos y hermanas, el Señor usa una y otra vez el pronombre vosotros para enfatizar y recordarnos que la Santa Cena es para nosotros: ¡para ustedes y para mí!
La ordenanza de la Santa Cena hace que la reunión sacramental sea la reunión más sagrada e importante de la Iglesia. Durante la Santa Cena, debemos esforzarnos por apartar de nuestra mente todo pensamiento mundano. Este es un momento para estar en oración y ser reverentes; no es un momento para leer libros ni revistas seculares, no es un momento para revisar nuestro teléfono celular. Este momento sagrado es para sentir Su amor por nosotros y recordarlo a Él, para saber que nunca estamos solos y que Su Espíritu estará con nosotros para ayudarnos durante las pruebas y los desafíos.
El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “Si participamos semanalmente y en forma apropiada en la ordenanza de la Santa Cena, nos hacemos merecedores de la promesa de ‘que siempre [tendremos] su Espíritu [con nosotros]’ (D. y C. 20:77)”.
El don del Espíritu Santo es la brújula que nos guía para tomar decisiones correctas y nos santifica de todo pecado.
En este Domingo de Pascua, en el que celebramos la Resurrección de Jesucristo, quiero invitarles, con todas mis fuerzas y con todo mi amor, a que salgamos hoy con la determinación de elevar nuestra preparación espiritual y reverencia al participar de la Santa Cena. Es vital. Como dijo el presidente Nelson, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la compañía del Espíritu Santo en estos últimos días.
Sé que Jesucristo vive y que Él nos conoce. Él siempre tiene los brazos abiertos y listos para ayudarnos. Él nos ama más de lo que podemos comprender. Es mi oración que cada uno de nosotros sienta el amor de nuestro Salvador al participar de la Santa Cena y contar con la influencia del Espíritu Santo en estos días en los que el adversario no descansa.
Testifico del manto sagrado de nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks, como profeta, vidente y revelador. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.