Gracias a Jesucristo
Centrarse en el Salvador, en Su Expiación infinita y en lo que Él ha hecho por nosotros traerá gozo y claridad a nuestra vida.
Hace años, nuestra familia tuvo una perrita negra, una caniche llamada Lady. Era inteligente, enérgica y le encantaba ir a buscar la pelota. Estaba dispuesta a ir a por una pelota en cualquier momento, en cualquier lugar y durante todo el tiempo que alguien estuviera dispuesto a lanzársela.
Un día, después de haber lanzado varias veces la pelota para que me la trajera, decidí lanzar dos pelotas a la vez, una azul y otra amarilla. Lady salió corriendo tras la pelota azul, la recogió y comenzó a correr hacia mí, pero entonces vio la pelota amarilla. Dejó caer la pelota azul, corrió hacia la amarilla, la recogió y comenzó a acercarse a mí. Entonces pareció acordarse de la pelota azul, dejó la amarilla, se dio la vuelta, corrió hacia la azul, la recogió y comenzó a regresar. Al pasar junto a la pelota amarilla, se detuvo, dejó caer la azul, recogió la amarilla y volvió a correr. Entonces dejó caer la pelota amarilla, se dio la vuelta, corrió de regreso a la azul, la recogió y comenzó a correr hacia mí. Cuando Lady pasó de nuevo junto a la pelota amarilla, se detuvo bruscamente. Dejó caer la pelota azul y miró de un lado a otro a ambas pelotas. Al final se rindió, caminó hacia su canasta y se tumbó. Para Lady, dos pelotas eran demasiadas. Se sintió confundida, abrumada y desanimada.
En la vida tenemos que lidiar no solo con las preocupaciones azules y las amarillas, sino también con las rojas y las verdes, las naranjas y las moradas, con las de lunares y las de rayas, y con toda combinación posible. Tal vez nos sintamos como Lady: abrumados y desanimados, y que solo queramos volver a meternos en la cama.
No puedo añadir más tiempo a sus días ni eliminar las muchas preocupaciones que conlleva la vida moderna, pero sí puedo ofrecer este consejo: no todos los asuntos tienen el mismo valor, y mantener una perspectiva eterna nos ayuda a dar prioridad a aquello que tiene mayor valor. En este domingo de Pascua de Resurrección, reflexionemos sobre por qué centrarse en Jesucristo y en la “virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio” es lo más valioso y nos ayuda sin importar cuántas preocupaciones tengamos que afrontar. Su vida, Su misión y los frutos de Su Expiación nos bendicen infinita y diariamente.
Jesús vivió y murió para hacer la voluntad de Su Padre. Su Expiación infinita —la serie de acontecimientos que experimentó desde Getsemaní y Su muerte en la cruz hasta Su gloriosa Resurrección— es fundamental en el plan del Padre Celestial para nuestra salvación. El plan dependía de Jesucristo; no había alternativa. Él completó la Expiación y, al hacerlo, recibió “toda potestad […] en el cielo y en la tierra”.
Gracias a los méritos, la misericordia y la gracia de Jesucristo, podemos regresar al hogar de nuestro Padre Celestial y vivir en Su presencia. Esto solo es posible gracias a Jesucristo. El Salvador mismo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. Jesús, quien nos conduce a la salvación, tiene el poder de hacer por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos gracias a que Él completó Su Expiación.
Reflexionen sobre estas razones por las que celebramos la Pascua. En primer lugar, Jesucristo venció la muerte; literalmente, se levantó de la tumba. Gracias a Él, la resurrección es un don universal e incondicional para todos los que vienen a la tierra. La muerte no es el final, porque el espíritu y el cuerpo volverán a unirse para no separarse jamás.
En segundo lugar, Jesucristo tiene tanto el poder como el deseo de salvarnos de nuestros pecados. Gracias a Jesucristo, cuando nos arrepentimos y lo seguimos, “inmediatamente obrará para [n]osotros el gran plan de redención”. El Redentor padeció el castigo por los pecados, las transgresiones y los errores de todos. Él puede declarar inocentes, y lo hará, a todos los que crean en Su nombre, se arrepientan, sigan la senda de los convenios y se esfuercen por perseverar hasta el fin. “Todo el género humano puede salvarse” gracias a Él y a Su sacrificio expiatorio. Todo significa todos. Si todos, entonces cualquiera. Si cualquiera, entonces incluso uno. Y si incluso uno, entonces incluso ustedes.
Jesucristo tiene una capacidad infinita para perdonar, y promete que “cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí”. Gracias a Jesucristo, los pecados de los que nos hemos arrepentido con sinceridad no dejan ninguna cicatriz, huella ni rastro espiritual. No hay una letra escarlata que llevar en la ropa, ni ahora ni en la eternidad. Cuando nos arrepentimos con verdadera intención, la totalidad del pecado, no solo una parte de él, queda, en sentido figurado, clavado en la cruz y ya no padecemos sus consecuencias espirituales. Después de arrepentirnos no le debemos más a la justicia porque Jesús ha saldado la deuda; Él nos absuelve del castigo que merecíamos. Somos perdonados, nuestro corazón y nuestras manos quedan limpios, y el Señor no se acuerda más de nuestros pecados. El Señor nuestro Dios “¡es poderoso! ¡El salvará! [Y] se regocijará por [nosotros]”.
En tercer lugar, Jesucristo comprende nuestros desafíos, pues tomó sobre Sí no solo nuestros pecados, sino también nuestras aflicciones, enfermedades y flaquezas. Gracias a que soportó y completó el sacrificio expiatorio infinito, Él nos comprende a la perfección. Él puede ser quien “[nos] consuele” y nos dé “la paz que tanto [queremos]”. Él, y solo Él, puede tener en cuenta cada factor que determina quiénes somos: la genética, la capacidad intelectual, las tradiciones, las experiencias, las dolencias mentales y emocionales, y cualquier otra circunstancia que afecte nuestra identidad. Él, y solo Él, finalmente nos juzgará “según [nuestras] obras, según el deseo de [nuestros] corazones”.
Gracias a Jesucristo, todo lo que es injusto en la vida puede corregirse y se corregirá. Él consagrará nuestras aflicciones para nuestro provecho, santificará para nosotros nuestro más profundo pesar, endulzará la copa amarga y nos calmará de manera fiable y constante. Si se lo permitimos, no padeceremos “ningún género de aflicciones que no [sean] consumidas en el gozo de Cristo”.
Centrarnos en el Salvador, en Su Expiación infinita y en lo que Él ha hecho por nosotros traerá gozo y claridad a nuestra vida, sin importar cuántas otras preocupaciones tengamos. Por esa razón los profetas antiguos y modernos siempre nos han dirigido y siempre nos dirigirán a Cristo. Quizás recuerden que el presidente Russell M. Nelson enseñó: “Sean cuales sean las preguntas o los problemas que tengan, la respuesta siempre se halla en la vida y las enseñanzas de Jesucristo”. Y el presidente Dallin H. Oaks, el profeta viviente del Señor en la actualidad, simplemente declaró: “Jesucristo es la senda”.
No es necesario que se sientan como nuestra perrita, Lady —confundidos, desanimados y abrumados— cuando se enfrenten a demasiadas pelotas; no es necesario que se arrastren de vuelta a la cama y se acobarden. En su lugar, mantengan la vista en la pelota, céntrense en el Salvador y procuren “ese don de la grata Expiación”. Entonces podrán cantar con gozo y confianza junto con los niños:
Gracias a que Jesucristo completó la Expiación, Él tiene el poder de ayudarlos a ustedes a lo largo de su experiencia terrenal y de redimirlos de la muerte, tanto física como espiritual. Celebren cada día el gozoso mensaje de la Pascua al reflexionar a diario sobre las bendiciones que reciben gracias a Él. “Venid, abrid el alma hoy a vuestro Salvador”.
En esta mañana de Pascua, añado mi testimonio del “grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo en la venida del Redentor al mundo”. Jesucristo es la Resurrección y la Vida, el Unigénito del Padre, el Cordero digno que fue inmolado, nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Intercesor y, con toda certeza, el Señor Resucitado. “[Él] vive aunque muerto fue”. En el nombre de Jesucristo. Amén.