Conferencia General
Vivos en Cristo
Conferencia General de abril de 2026


13:37

Vivos en Cristo

Sigamos a Cristo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores.

I.

En este glorioso domingo de Pascua de Resurrección, he decidido hablar primero sobre la Resurrección, que es un pilar de nuestra fe.

La Resurrección literal de Jesús es el tema de tantos pasajes de las Escrituras que es una doctrina bien asentada entre los creyentes de la Biblia y del Libro de Mormón. Para nosotros, la resurrección universal es igualmente cierta. En el Libro de Mormón se enseña lo siguiente:

“El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma […].

“Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos” (Alma 11:43, 44).

El Salvador resucitado

Me pregunto si apreciamos plenamente la enorme importancia de la creencia de una resurrección literal y universal. La convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad cambia todo el enfoque de la vida terrenal. Influye en cómo vemos los desafíos físicos de esta vida. Nos brinda fortaleza y perspectiva para soportar los desafíos terrenales que afronta cada uno de nosotros y también aquellos a quienes amamos. ¡Significa que las deficiencias de la vida terrenal solo son temporales! También nos da el valor para enfrentar nuestra propia muerte o la de nuestros seres queridos, incluso aquellas muertes que podríamos denominar prematuras.

Nuestra creencia en la Resurrección también nos alienta a cumplir con las responsabilidades familiares en la vida terrenal. Nos ayuda a vivir unidos en amor en esta vida, a la espera de reunirnos y relacionarnos con júbilo en la venidera. Todas estas verdades se han predicado con gran claridad en esta sesión de la conferencia.

II.

No es tarea fácil ser dignos de comparecer ante Cristo. Muchos escritores actuales definen la época en la que vivimos como tóxica, una época de desprecio u hostilidad hacia los adversarios. Esta hostilidad afecta a muchas relaciones diferentes en la sociedad, incluyendo a muchos cuyas creencias cristianas deberían orientarlos de otra manera.

Nuestro Salvador, Jesucristo, nos enseñó cómo debemos relacionarnos los unos con los otros. Los grandes mandamientos de la ley, enseñó Él, eran amar: a Dios y al prójimo (véase Mateo 22:37–39).

Cuando se le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?”, Jesús respondió con una parábola que alababa la acción misericordiosa de un samaritano, quien pertenecía a un grupo al que los judíos excluían y menospreciaban (véase Lucas 10:29–37). Sin embargo, las enseñanzas de Jesús sobre el círculo de amor trascendieron más allá de los samaritanos. En el Sermón del Monte, Él declaró:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43–44).

¡Qué enseñanzas tan revolucionarias para las relaciones personales! ¡Amen incluso a sus enemigos! Pero ¿quiénes son nuestros enemigos? El significado completo de enemigos en las fuentes de las cuales los traductores del rey Santiago eligieron la palabra enemigos incluye a los enemigos militares, pero incluso se extiende a quienes se opongan activamente unos a otros. Hoy podríamos decir que se nos manda amar a nuestros adversarios. Todos los seres terrenales son amados hijos de Dios. El presidente David O. McKay enseñó: “No hay mejor manera de manifestar el amor por Dios que demostrar un amor abnegado por nuestros semejantes”.

Hace muchos años, en una conferencia de estaca, fui testigo de ese amor poco común por un adversario. Al mirar a la congregación antes de que comenzara la reunión, tuve la impresión inusual de pedirle a una hermana en particular, que llevaba un vestido amarillo, que discursara. Le pregunté al presidente de estaca si creía que esta hermana daría un discurso adecuado si se le pidiera. Él dijo que creía que sí. A petición mía, más tarde él la llamó de entre la congregación para dar un breve discurso.

Mientras ella se aproximaba, yo me sentía preocupado por lo que ella fuera a decir. Se presentó como una enfermera que atendía a pacientes en un centro de atención médica especializada. Entre los pacientes se encontraba uno al que describió como “el hombre más repulsivo” que había conocido. (¿Hacia dónde se dirigía esto?, me pregunté). Confinado en una cama, aquel hombre procuraba hacerles la vida imposible a las enfermeras que cuidaban de él: empleaba un lenguaje grosero, escupía en el suelo y las insultaba constantemente de otras maneras desagradables. Ella lo despreciaba.

Una noche escuchó un fuerte estruendo que provenía de la habitación de aquel hombre. En respuesta, ella corrió a su habitación y se sorprendió al encontrarlo en el suelo, revolviéndose en un charco de vidrios rotos, líquido y sangre. En ese momento, se produjo un profundo cambio en ella. Sintió una especie de corriente eléctrica de amor de nuestro Padre Celestial hacia ese hombre y lo vio como un hijo de Dios.

Al arrodillarse y sostenerlo en sus brazos mientras trataba de consolarlo, él dijo: “Quiero ir a casa. Solo quiero ir a casa”. En poco tiempo, el hombre falleció. Ella testificó que haber visto a un enemigo al que despreciaba como un hijo de Dios fue una de las experiencias espirituales más grandes de su vida. Para mí, fue una lección que necesitaba aprender sobre el amor de nuestro Padre Celestial por todos Sus hijos. Esa lección puede transformarnos a todos para que nos veamos unos a otros como hijos de Dios que se pertenecen mutuamente.

Años más tarde, el presidente Howard W. Hunter describió así ese mismo amor que Dios siente por Sus hijos: “El mundo en que vivimos se beneficiaría enormemente si los hombres y las mujeres de todas partes pusieran en práctica el amor puro de Cristo, que es bondadoso, manso y humilde […]; no [deja] lugar para la intolerancia, el odio ni la violencia […]. Insta a las personas diferentes a vivir juntas en amor cristiano independientemente de sus creencias religiosas, raza, nacionalidad, posición económica, formación académica o cultura”.

III.

Cada uno de nosotros puede esforzarse por seguir las enseñanzas del Salvador en cuanto a cómo relacionarnos los unos con los otros. Esto no significa renunciar a nuestros valores. Los convenios que hemos hecho nos posicionan, inevitablemente, como participantes devotos en la eterna batalla entre la verdad y el error. Equilibramos nuestras diversas responsabilidades.

Este equilibrio no es fácil, ya que cuando tratamos de guardar todos los mandamientos en nuestra vida personal, a veces se nos acusa de no amar a quienes no lo hacen. Cuando mostramos un amor personal y apoyamos causas nobles, a veces se nos malinterpreta como sugiriendo que apoyamos resultados que contradicen nuestros otros deberes religiosos. Sin embargo, como seguidores de Cristo, debemos tratar de vivir en paz y amor con otros hijos de Dios que no comparten nuestros valores ni tienen las obligaciones por convenio que nosotros hemos asumido. En un gobierno democrático deberíamos procurar la equidad para todos. En innumerables circunstancias, la sospecha y hasta la hostilidad hacia las personas desconocidas dan paso a la amistad cuando las relaciones personales generan un respeto mutuo.

El profeta José Smith enseñó que debemos “dar amor abundantemente” a todas las personas. Refiriéndose a nuestro Salvador, el apóstol Juan escribió: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Podemos seguir el ejemplo de Jesucristo, quien es nuestro modelo a seguir, al elegir amar a los demás, aun cuando ellos demuestren poco o ningún amor por nosotros. Él declaró: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9; véase también 3 Nefi 12:9).

¡Los pacificadores! Cómo cambiaría el mundo si los seguidores de Cristo renunciaran a las palabras crueles e hirientes en todas sus comunicaciones.

En una conferencia general, el presidente Russell M. Nelson nos desafió “a elegir ser pacificadores, ahora y siempre”.

¿Cómo puede alguien ser un pacificador?

El obispo que intenta sanar a un matrimonio atribulado o resolver una controversia personal está trabajando por la paz.

Los hombres y las mujeres jóvenes son pacificadores cuando renuncian al placer temporal de las actividades gratificantes y se involucran en proyectos de servicio y en otros actos de bondad.

Las personas que intentan reducir el sufrimiento humano y las que trabajan para promover el entendimiento entre los diferentes pueblos también son importantes trabajadoras de la paz. También lo son las madres y los padres fieles que, con amor, cuidan de sus hijos o acogen a niños bajo su cuidado y los crían en rectitud, en lugar de permitir que queden marcados y con cicatrices por los pecados de otras personas.

Misioneros enseñando a un matrimonio

Nuestros misioneros procuran ser pacificadores. Ellos predican el arrepentimiento de la corrupción personal, la codicia y la opresión, porque solo mediante la reforma individual de cada persona puede una sociedad entera llegar a elevarse por encima de semejantes maldades. Al invitar a todos a arrepentirse y venir a Cristo, los misioneros trabajan por la paz al ayudar a hombres y mujeres individualmente a venir a Cristo y experimentar “un potente cambio” de corazón y conducta (Mosíah 5:2).

El Salvador Jesucristo

Mis hermanos y hermanas, como seguidores de Cristo, sigámoslo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores. Evitemos lo que es cruel y hostil tanto en nuestras familias como en otras relaciones personales. Procuremos ser santos, como nuestro Salvador, en cuyo santo nombre, el nombre de Jesucristo, testifico. Amén.