Jesucristo: la Vid verdadera
En un mundo de muchas voces, permanecer conectados a la Vid verdadera no es solo deseable; es esencial para nuestra supervivencia espiritual.
Mis queridos hermanos y hermanas, en esta sagrada época de Pascua, nuestro corazón se vuelve con gratitud profunda y devoción reverente hacia nuestro Salvador Jesucristo al recordar Su misericordioso ministerio terrenal, Su amor perfecto y Su maravilloso don de la Expiación. A lo largo de Su ministerio, el Salvador pronunció las sagradas palabras “Yo soy” en diversas ocasiones, empleando metáforas sublimes para dar testimonio de quién es Él eternamente: el gran Jehová del Antiguo Testamento, el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Entre esas declaraciones se encuentra una de las enseñanzas más solemnes y tiernas de Su ministerio, pronunciada la noche anterior a Su sufrimiento y muerte: “Yo soy la vid verdadera […], vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer”.
Mediante esta hermosa y conmovedora metáfora, el Salvador enseña que Él es la fuente verdadera, confiable y esencial de sustento espiritual para nuestras almas. Por medio de Él, recibimos fortaleza más allá de la nuestra, no solo para sobrevivir los desafíos de la vida, sino para crecer y prosperar. Por medio de Él, la vida se vuelve más esperanzadora y gozosa y los frutos del Espíritu se manifiestan en nosotros. Por lo tanto, así como los pámpanos no pueden dar fruto por sí mismos a menos que permanezcan conectados a la vid, tampoco podemos alcanzar nuestra medida espiritual plena a menos que permanezcamos en Él y en Su Evangelio.
Permanecer en Cristo no es un acto ocasional ni casual; es una elección constante, consciente y sagrada. Es permitir que Sus santas enseñanzas permanezcan en nosotros, elevar nuestros pensamientos y gobernar nuestras palabras en todo ámbito —incluso en los espacios digitales en los que tan a menudo interactuamos— y purificar y consagrar nuestras acciones a Él. Es dejar que nuestras decisiones diarias sean guiadas por los convenios que hemos hecho con Él y permitir que nuestra vida sea dirigida por Su influencia amorosa y constante por medio del Espíritu Santo. Es elegir escuchar Su voz y la voz de Sus siervos y seguir lo que ellos enseñan, por encima de todas las voces atrayentes del mundo.
Permanecer en Cristo no elimina las cargas de la vida, pero mediante Su gracia se aligeran y nuestro corazón se fortalece con el consuelo y la paz que Él promete. Al ponernos bajo Su cuidado amoroso y tomar Su yugo sobre nosotros, recibimos poder espiritual para soportar y superar las pruebas, debilidades y pesares de la vida terrenal, cargas que a menudo son demasiado pesadas para llevarlas sin Su ayuda redentora y Su influencia sanadora. En su primera epístola a los santos, el apóstol Juan enseñó que el que “permanece en él, debe andar como él anduvo”. El apóstol Pablo también testificó: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”.
Volviendo al relato de Juan, leemos que el Salvador declaró: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí”. Es en este contexto —el de permanecer en Él y permitir que Él permanezca en nosotros— que la declaración del Salvador de que Él mismo es la Vid verdadera obtiene un significado aún más profundo. La palabra verdadera sugiere que en el mundo hay otras vides que se presentan como legítimas, incluso aparentando representar la voz amorosa y la palabra del Salvador, la Vid verdadera y Su Evangelio, mientras que sutil y engañosamente conducen las mentes y los corazones hacia otros lugares.
Vivimos en un mundo lleno de muchas voces: voces que buscan incansablemente nuestra atención y ofrecen mensajes e invitaciones persuasivos. Algunas hablan con elocuencia e influencia y tienen buenas intenciones en su deseo de promover la bondad. Otras son atractivas en apariencia, pero carecen de sustancia. Y aún hay otras que son engañosas e incluso pueden parecer conectadas con Cristo y Su Evangelio.
Con el tiempo, muchas de estas voces se convierten en vides enredadas, arraigadas en filosofías populares y difundidas a través de diversos medios de comunicación. Prometen seguridad, felicidad o autenticidad, pero no satisfacen el alma. A menudo, abren paso silenciosamente a la dudas y a la división, primero en la mente y luego en el corazón, lo que conduce a la pérdida de lo espiritual y al pesar. Aunque el enredarnos en tales voces parezca ser emocionante al principio, al final conduce a actividades pasajeras mundanas y debilita nuestra conexión con la Vid verdadera y viviente, Jesucristo. Como advirtió el apóstol Pablo: “Mirad que ninguno os engañe por medio de filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo”.
Mis amados hermanos y hermanas, la verdadera sabiduría en nuestra era tecnológica reside en utilizar las herramientas modernas con discernimiento espiritual, por medio del Espíritu Santo, sin permitir que reemplacen la voz de la Vid verdadera. Solo nuestro Redentor puede redimirnos verdaderamente. Él es el camino, la verdad y la vida del mundo. Su camino es la senda que conduce a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero. En su primer mensaje al mundo como nuestro profeta, el presidente Dallin H. Oaks declaró con claridad y convicción: “Jesucristo es el camino […]. ‘No se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente, y por medio de ese nombre’ (Mosíah 3:17)”.
La Vid verdadera ofrece algo mucho más grande y eterno que la visibilidad o la aclamación: la promesa de “mor[ar] con Dios en un estado de interminable felicidad”. Con paciencia y amor perfecto, Él continúa invitándonos a venir a Él por medio de Sus palabras y las palabras de aquellos a quienes Él ha llamado y ordenado para representarlo, para hablar en Su nombre para testificar de Él. Si deseamos producir buen fruto, como enseñó el Salvador, nuestro alimento espiritual debe venir directamente de la Vid verdadera, porque Él es la fuente de toda luz y verdad. Solo entonces, crecen los preciados frutos del Evangelio en nuestra alma y solo entonces, encontramos la luz, la vida y la esperanza verdaderas que fluyen de Él.
Después de Su Resurrección, Jesús caminó con dos discípulos por el camino a Emaús. Lucas relata que, cuando llegaron a su destino, “[el Salvador] hizo como que iba más lejos. Pero [los dos discípulos] le insistieron, diciendo: Quédate con nosotros”. Esos discípulos invitaron al Salvador resucitado a quedarse con ellos. Sin ese deseo, en primer lugar, y luego, la invitación, sus corazones no se habrían transformado, sus ojos no se habrían abierto para reconocerlo y no habrían regresado a Jerusalén para dar testimonio del Cristo viviente, la Vid verdadera.
Mis amados hermanos y hermanas, en un mundo de muchas voces, permanecer conectados a la Vid verdadera no es solo deseable; es esencial para nuestra supervivencia espiritual. Aquellos que permanecen en Jesucristo llegan a reconocer Su voz, y a confiar en ella; especialmente cuando se expresa a través de aquellos a quienes Él ha llamado para representarlo. Siempre atesoraré el momento en que el élder Jeffrey R. Holland me llamó por teléfono para darme la bienvenida al Cuórum de los Doce Apóstoles, solo unos minutos después de recibir esa invitación para servir como testigo especial del Salvador para el mundo. En ese momento sagrado, sentí que el Salvador me ministraba con amor por medio de la voz de uno de Sus siervos ungidos. Sentí la paz y la seguridad reconfortante que fluían de la Vid verdadera. La vida y el poderoso ministerio del élder Holland testifican que, al escuchar la voz del Salvador por medio de Sus siervos y al permanecer en Él, la Vid verdadera, llevamos “mucho fruto, porque sin [Él] nada pod[emos] hacer”.
En esta sagrada época de Pascua, testifico solemnemente que Jesucristo es la Vid verdadera. Él vive. Resucitó de entre los muertos y Su poder redentor es real. Testifico que Su voz es la voz de la verdad y la vida. Con un amor perfecto, Él invita a todos a permanecer en Él y a continuar en Su amor, para que reconozcamos Su poder en nuestra vida, para que el amor de Dios se perfeccione en nosotros y para que sepamos que estamos en Él. Doy mi solemne testimonio de estas verdades eternas en el sagrado nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.