Ministrar: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”
Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo.
En mi primer mensaje de conferencia general, compartí brevemente cómo el poder transformador de la Expiación del Salvador cambió a mi padre.
Hoy me gustaría contarles un poco más sobre cómo comenzó ese cambio. Mi padre estaba pasando por un momento muy bajo en su vida cuando dos hermanos ministrantes comenzaron a visitarlo. Uno de ellos invitó a mi padre a ir con él y su esposa al templo y él aceptó la invitación. Cada semana lo recogían y lo llevaban a una ciudad cercana para adorar y servir en la Casa del Señor. Esto continuó durante tres años. Entonces mi padre decidió ser obrero del templo.
Recuerdo haber visto cambios en él durante ese tiempo. Empezó a darse cuenta de las necesidades de los demás y a mostrarse atento a ellas. Cuidó mejor de su salud. Comenzó a preocuparse por su relación con Dios y, posteriormente, por todas las relaciones interpersonales de su vida. El cambio fue real. Ahora tenía el Espíritu consigo, y yo lo sentí.
Bendita sea esta pareja ministrante por ayudar a mi padre. No lo juzgaron por cómo era su vida en ese momento. Caminaron con él y lo ayudaron a desarrollar su relación con Dios. Ellos siguen siendo los amigos más cercanos y queridos de mi padre.
Debido a que esos humildes y devotos discípulos del Salvador ministraron en silencio a un hombre aparentemente perdido y abatido, mi familia y yo hemos sido bendecidos eternamente.
Cuando elegimos ministrar en nuestras asignaciones inspiradas y en nuestras interacciones diarias, estamos ayudando a bendecir al padre, a la hermana o al hijo de alguien. Cuando ministramos, estamos ayudando a contestar las oraciones de los demás. Somos las manos del Salvador. Oh, ¡cuán agradecida estoy por todos aquellos que han bendecido a familias como la mía al ministrar con compasión!
Sé que el Señor está al tanto de ustedes y de sus dificultades al esforzarse por guardar sus convenios y ministrar a los demás. Él ha prometido bendiciones y ayuda divina para ustedes y sus familias a medida que ejerzan la fe para servirle.
Puede que no podamos arreglar circunstancias difíciles o desgarradoras como quisiéramos; hay cambios que no nos corresponde a nosotros hacer. Sin embargo, sí podemos elegir amar y ministrar como lo haría el Salvador.
Ministrar por el Espíritu invita la sanación del Salvador a nuestra vida y a la vida de aquellos a quienes ministramos. A menudo encuentro paz, claridad, sanación y propósito cuando ministro. Hallo al Salvador cuando ministro. Esto ocurre así por designio divino.
Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo. No es un programa ni una lista de verificación; ministrar es la esencia de quién es Dios y quiénes podemos llegar a ser al seguirlo.
Ni se nos llama ni se nos releva de la ministración. Es parte de cumplir los convenios que hicimos al bautizarnos y en el templo. Hicimos convenio de tomar sobre nosotros el nombre del Salvador, llegando a ser como Él es conforme nos sacrificamos y consagramos nuestra vida a Él. Cuando ministramos como Él lo haría, comenzamos a pensar, sentir y amar como Él lo haría.
Nuestro Padre Celestial lleva a cabo Su obra eterna ministrando las necesidades individuales de Sus hijos, uno por uno. El Salvador nos mostró este modelo a menudo durante Su ministerio terrenal al bendecir, sanar y cuidar con compasión a “la persona en particular”. Él nos invita a hacer lo mismo: a ministrar de maneras individuales y personales, maneras que nos ayudan a sentir el amor de Dios. Cuando sentimos que Él nos ama y nos tiene presentes, todo cambia; y cuando bendecimos a uno, bendecimos a todos.
El Salvador nos muestra la máxima individualidad del amor de Dios por medio de Su sacrificio expiatorio y la capacidad divina que Él tiene para sanarnos y ministrarnos a ustedes y a mí de manera íntima.
Jesucristo eligió padecer por nuestros pecados y expiar mediante una agonía indescriptible para que pudiéramos ser salvos y recibir socorro divino. Todo esto lo hizo sin la seguridad de que nosotros lo amaríamos a cambio. “Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.
Esta es la clase de amor que Él siente por ustedes y por mí. Y esta es la clase de amor que Él desea que tengamos unos por otros: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Podemos demostrar nuestro amor por Él al guardar Sus mandamientos y ministrar a los demás mientras ellos y nosotros todavía somos imperfectos.
Hemos sido enviados aquí para aprender a amar a Dios y a amarnos los unos a los otros como lo hizo el Salvador, a amar de maneras que requieran sacrificio y que nos transformen, maneras que nos brindarán la mayor felicidad. Mediante la Expiación del Salvador podemos llegar a amar de maneras que pueden parecer imposibles. El élder Quentin L. Cook enseñó: “Nuestro amor por Dios y nuestros semejantes es la prueba máxima de la condición de nuestro espíritu”.
Elegir ministrar no siempre es conveniente ni cómodo. Requiere sacrificio, fe, vulnerabilidad y confiar en que las cosas saldrán bien a medida que permitimos que Dios prevalezca. Cuando hacemos una pausa y decidimos preocuparnos por alguien en lugar de por algo, Su Espíritu y Su amor pueden entrar en nosotros y podemos recibir la paz y la perspectiva que realmente necesitamos.
Una hermana joven comentó que a menudo se siente nerviosa en cuanto a ministrar porque no sabe cómo responderán los demás. Le pregunté cómo lo superaba. Ella sonrió y dijo: “Voy y lo hago, y suele resultar mucho mejor de lo que pensaba”. Ella ejerce la fe y el Señor la ayuda.
Al ministrar con fe, no iremos solos; el Señor estará con nosotros. Él “provee[rá] los medios por los cuales p[odemos] cumplir lo que [nos] ha mandado”, incluso la bendición del poder del sacerdocio de Dios al guardar nuestros convenios y Su autoridad del sacerdocio para representarlo a través de nuestra asignación. El Señor conoce el corazón de aquellos a quienes ministramos. Él los ama a ellos y los ama a ustedes. Él les ayudará a ustedes a bendecirlos de la manera que necesiten.
Piensen en la importancia de nuestras asignaciones de ministración. Las presidencias de la Sociedad de Socorro y del cuórum de élderes reciben revelación del Señor para darnos asignaciones inspiradas a ustedes y a mí, asignaciones para representarlo a Él y trabajar con Él en el cuidado de los hijos de Dios. Como enseñó el presidente Jeffrey R. Holland, se nos invita a dar “al Dios y Padre de todos nosotros una mano de ayuda con Su asombrosa tarea de contestar oraciones […], secar lágrimas y fortalecer las rodillas débiles”.
Si quieren sentirse centrados, obtener un sentido de pertenencia divina y marcar una verdadera diferencia en el mundo, los invito a seguir al Salvador y ministrar en Su nombre. Nunca ha habido mayor necesidad que ahora de que las almas sean elevadas, fortalecidas y sanadas mediante la Expiación de Jesucristo. “Muchos de nosotros necesitamos desesperadamente sentir Su amor”. Como discípulos Suyos, ustedes y yo tenemos la bendición y la responsabilidad por convenio de llevar el amor y el alivio del Salvador a todos los hijos de Dios. Cuando ofrecemos Su amor y sentido de pertenencia a los demás, eso mismo encontraremos nosotros. El Salvador prometió: “Todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.
El Salvador no limitó Su ministración a Su familia y Sus allegados. Él ministró a todos y nos invita a hacer lo mismo. Recibimos asignaciones de ministración para desarrollar nuestra capacidad de amar a los demás y para asegurarnos de que nadie quede olvidado. Oramos por ellos, atendemos sus necesidades y fortalecemos su fe en Jesucristo.
Creo que nuestro Padre Celestial desea que ustedes sean felices; Él los ama. Su obra, que incluye la ministración, está diseñada para brindarnos a ustedes y a mí el mayor gozo que podamos experimentar.
Testifico que ministrar no solo “trae las bendiciones del cielo”, sino que es la forma de proceder del cielo. Testifico que Jesucristo vive. A medida que emulemos Su sacrificio al amar y ministrar como Él lo haría, seremos bendecidos para hallar nuestro propio gozo, sanación y alivio en Él. Llegaremos a ser como Él es. En el nombre de Jesucristo. Amén.