Conferencia General
Ministrar: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”
Conferencia General de abril de 2026


8:55

Ministrar: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”

Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo.

En mi primer mensaje de conferencia general, compartí brevemente cómo el poder transformador de la Expiación del Salvador cambió a mi padre.

Hoy me gustaría contarles un poco más sobre cómo comenzó ese cambio. Mi padre estaba pasando por un momento muy bajo en su vida cuando dos hermanos ministrantes comenzaron a visitarlo. Uno de ellos invitó a mi padre a ir con él y su esposa al templo y él aceptó la invitación. Cada semana lo recogían y lo llevaban a una ciudad cercana para adorar y servir en la Casa del Señor. Esto continuó durante tres años. Entonces mi padre decidió ser obrero del templo.

Recuerdo haber visto cambios en él durante ese tiempo. Empezó a darse cuenta de las necesidades de los demás y a mostrarse atento a ellas. Cuidó mejor de su salud. Comenzó a preocuparse por su relación con Dios y, posteriormente, por todas las relaciones interpersonales de su vida. El cambio fue real. Ahora tenía el Espíritu consigo, y yo lo sentí.

Bendita sea esta pareja ministrante por ayudar a mi padre. No lo juzgaron por cómo era su vida en ese momento. Caminaron con él y lo ayudaron a desarrollar su relación con Dios. Ellos siguen siendo los amigos más cercanos y queridos de mi padre.

Debido a que esos humildes y devotos discípulos del Salvador ministraron en silencio a un hombre aparentemente perdido y abatido, mi familia y yo hemos sido bendecidos eternamente.

Cuando elegimos ministrar en nuestras asignaciones inspiradas y en nuestras interacciones diarias, estamos ayudando a bendecir al padre, a la hermana o al hijo de alguien. Cuando ministramos, estamos ayudando a contestar las oraciones de los demás. Somos las manos del Salvador. Oh, ¡cuán agradecida estoy por todos aquellos que han bendecido a familias como la mía al ministrar con compasión!

Sé que el Señor está al tanto de ustedes y de sus dificultades al esforzarse por guardar sus convenios y ministrar a los demás. Él ha prometido bendiciones y ayuda divina para ustedes y sus familias a medida que ejerzan la fe para servirle.

Puede que no podamos arreglar circunstancias difíciles o desgarradoras como quisiéramos; hay cambios que no nos corresponde a nosotros hacer. Sin embargo, sí podemos elegir amar y ministrar como lo haría el Salvador.

Ministrar por el Espíritu invita la sanación del Salvador a nuestra vida y a la vida de aquellos a quienes ministramos. A menudo encuentro paz, claridad, sanación y propósito cuando ministro. Hallo al Salvador cuando ministro. Esto ocurre así por designio divino.

Ministrar es realmente amar a los demás y cuidar de ellos como lo haría el Salvador. Es una forma de ser; es la forma de ser de nuestro Salvador, Jesucristo. No es un programa ni una lista de verificación; ministrar es la esencia de quién es Dios y quiénes podemos llegar a ser al seguirlo.

Ni se nos llama ni se nos releva de la ministración. Es parte de cumplir los convenios que hicimos al bautizarnos y en el templo. Hicimos convenio de tomar sobre nosotros el nombre del Salvador, llegando a ser como Él es conforme nos sacrificamos y consagramos nuestra vida a Él. Cuando ministramos como Él lo haría, comenzamos a pensar, sentir y amar como Él lo haría.

Nuestro Padre Celestial lleva a cabo Su obra eterna ministrando las necesidades individuales de Sus hijos, uno por uno. El Salvador nos mostró este modelo a menudo durante Su ministerio terrenal al bendecir, sanar y cuidar con compasión a “la persona en particular”. Él nos invita a hacer lo mismo: a ministrar de maneras individuales y personales, maneras que nos ayudan a sentir el amor de Dios. Cuando sentimos que Él nos ama y nos tiene presentes, todo cambia; y cuando bendecimos a uno, bendecimos a todos.

El Salvador nos muestra la máxima individualidad del amor de Dios por medio de Su sacrificio expiatorio y la capacidad divina que Él tiene para sanarnos y ministrarnos a ustedes y a mí de manera íntima.

Jesucristo eligió padecer por nuestros pecados y expiar mediante una agonía indescriptible para que pudiéramos ser salvos y recibir socorro divino. Todo esto lo hizo sin la seguridad de que nosotros lo amaríamos a cambio. “Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Esta es la clase de amor que Él siente por ustedes y por mí. Y esta es la clase de amor que Él desea que tengamos unos por otros: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Podemos demostrar nuestro amor por Él al guardar Sus mandamientos y ministrar a los demás mientras ellos y nosotros todavía somos imperfectos.

Hemos sido enviados aquí para aprender a amar a Dios y a amarnos los unos a los otros como lo hizo el Salvador, a amar de maneras que requieran sacrificio y que nos transformen, maneras que nos brindarán la mayor felicidad. Mediante la Expiación del Salvador podemos llegar a amar de maneras que pueden parecer imposibles. El élder Quentin L. Cook enseñó: “Nuestro amor por Dios y nuestros semejantes es la prueba máxima de la condición de nuestro espíritu”.

Elegir ministrar no siempre es conveniente ni cómodo. Requiere sacrificio, fe, vulnerabilidad y confiar en que las cosas saldrán bien a medida que permitimos que Dios prevalezca. Cuando hacemos una pausa y decidimos preocuparnos por alguien en lugar de por algo, Su Espíritu y Su amor pueden entrar en nosotros y podemos recibir la paz y la perspectiva que realmente necesitamos.

Una hermana joven comentó que a menudo se siente nerviosa en cuanto a ministrar porque no sabe cómo responderán los demás. Le pregunté cómo lo superaba. Ella sonrió y dijo: “Voy y lo hago, y suele resultar mucho mejor de lo que pensaba”. Ella ejerce la fe y el Señor la ayuda.

Al ministrar con fe, no iremos solos; el Señor estará con nosotros. Él “provee[rá] los medios por los cuales p[odemos] cumplir lo que [nos] ha mandado”, incluso la bendición del poder del sacerdocio de Dios al guardar nuestros convenios y Su autoridad del sacerdocio para representarlo a través de nuestra asignación. El Señor conoce el corazón de aquellos a quienes ministramos. Él los ama a ellos y los ama a ustedes. Él les ayudará a ustedes a bendecirlos de la manera que necesiten.

Piensen en la importancia de nuestras asignaciones de ministración. Las presidencias de la Sociedad de Socorro y del cuórum de élderes reciben revelación del Señor para darnos asignaciones inspiradas a ustedes y a mí, asignaciones para representarlo a Él y trabajar con Él en el cuidado de los hijos de Dios. Como enseñó el presidente Jeffrey R. Holland, se nos invita a dar “al Dios y Padre de todos nosotros una mano de ayuda con Su asombrosa tarea de contestar oraciones […], secar lágrimas y fortalecer las rodillas débiles”.

Si quieren sentirse centrados, obtener un sentido de pertenencia divina y marcar una verdadera diferencia en el mundo, los invito a seguir al Salvador y ministrar en Su nombre. Nunca ha habido mayor necesidad que ahora de que las almas sean elevadas, fortalecidas y sanadas mediante la Expiación de Jesucristo. “Muchos de nosotros necesitamos desesperadamente sentir Su amor”. Como discípulos Suyos, ustedes y yo tenemos la bendición y la responsabilidad por convenio de llevar el amor y el alivio del Salvador a todos los hijos de Dios. Cuando ofrecemos Su amor y sentido de pertenencia a los demás, eso mismo encontraremos nosotros. El Salvador prometió: “Todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

El Salvador no limitó Su ministración a Su familia y Sus allegados. Él ministró a todos y nos invita a hacer lo mismo. Recibimos asignaciones de ministración para desarrollar nuestra capacidad de amar a los demás y para asegurarnos de que nadie quede olvidado. Oramos por ellos, atendemos sus necesidades y fortalecemos su fe en Jesucristo.

Creo que nuestro Padre Celestial desea que ustedes sean felices; Él los ama. Su obra, que incluye la ministración, está diseñada para brindarnos a ustedes y a mí el mayor gozo que podamos experimentar.

Testifico que ministrar no solo “trae las bendiciones del cielo”, sino que es la forma de proceder del cielo. Testifico que Jesucristo vive. A medida que emulemos Su sacrificio al amar y ministrar como Él lo haría, seremos bendecidos para hallar nuestro propio gozo, sanación y alivio en Él. Llegaremos a ser como Él es. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Véase Kristen M. Yee, “Gloria en lugar de ceniza: El camino sanador del perdón”, Liahona, noviembre de 2022, pág. 37.

  2. Véase Mateo 22:37–39; 1 Juan 4:21.

  3. Jesús enseña que cuando servimos a “estos […] más pequeños”, lo estamos sirviendo a Él directamente, actuando como Sus manos en el mundo (véase Mateo 25:35–40). “Al emular Su ejemplo perfecto, nuestras manos pueden ser Sus manos; nuestros ojos, Sus ojos; y nuestro corazón, Su corazón” (Dieter F. Uchtdorf, “Ustedes son Mis manos”, Liahona, mayo de 2010, pág. 68).

    “A menudo, el mejor trabajo humanitario es el que hacemos a favor de aquellos que están más cerca de nosotros en actos cotidianos de bondad. […] Gracias por expresar su testimonio de Jesucristo al ser Sus manos amables, Sus pies ágiles, Sus oídos que escuchan, Sus labios bondadosos” (Camille N. Johnson, “Como Sus hijas del convenio, somos un conducto mediante el cual Jesucristo brinda alivio”, devocional de la Sociedad de Socorro, 17 de marzo de 2024, Biblioteca del Evangelio).

  4. Véase Doctrina y Convenios 31. “Los miembros fieles de la Iglesia pueden hallar consuelo al saber que pueden reclamar las promesas de guía y poder divinos, por medio de la inspiración del Espíritu Santo y los privilegios del sacerdocio, en su esfuerzo por ayudar a sus familiares a recibir las bendiciones de la salvación y la exaltación” (David A. Bednar, “Padres fieles e hijos descarriados: Cómo mantener la esperanza mientras se superan los malentendidos”, Liahona, marzo de 2014, pág. 19).

  5. Véanse Jeremías 29:12–14; Juan 14:21; 2 Nefi 26:13.

  6. “No se llama, sostiene ni aparta a los hermanos y las hermanas ministrantes. El servicio que prestan forma parte del convenio que hicieron al bautizarse (véase Mosíah 18:8–11)” (Manual General: Servir en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 21.2.1, Biblioteca del Evangelio).

  7. “Durante la ordenanza de la investidura, se le invitará a hacer convenios específicos con Dios. Esos convenios incluyen:

    • La ley de la obediencia, que incluye esforzarse por guardar los mandamientos de Dios.

    • La ley de sacrificio, que significa sacrificarse a fin de apoyar la obra del Señor y arrepentirse con un corazón quebrantado y un espíritu contrito.

    • La ley del Evangelio, que incluye ejercer fe en Jesucristo, hacer convenios esenciales con Dios y cumplirlos, perseverar hasta el fin y esforzarse por amar a Dios y al prójimo.

    • La ley de castidad, que significa abstenerse de tener relaciones sexuales fuera del matrimonio legal entre un hombre y una mujer, lo cual va de acuerdo con la ley de Dios.

    • La ley de consagración, que significa dedicar nuestro tiempo, talentos y todo con lo que el Señor nos ha bendecido para edificar la Iglesia de Jesucristo en la tierra” (“About the Temple Endowment”, temples.ChurchofJesusChrist.org).

    “Las ordenanzas de la investidura comprenden ciertas obligaciones por parte del individuo, tales como el convenio y la promesa de observar la ley de absoluta virtud y castidad, ser caritativo, benevolente, tolerante y puro; consagrar su talento y medios a la propagación de la verdad y el ennoblecimiento [del género] human[o]; mantener su devoción a la causa de la verdad, y procurar en toda forma contribuir a la gran preparación, a fin de que la tierra quede lista para recibir a su Rey, el Señor Jesucristo. Con la aceptación de cada convenio y la asunción de cada obligación, se pronuncia una bendición prometida, basada en la fiel observancia de las condiciones expuestas” (James E. Talmage, “La Casa del Señor”, ed. revis., 1976, pág. 90).

    “Hacemos [convenio] de dar de nuestro tiempo, dinero y talentos —de dar todo lo que somos y todo lo que poseemos— para el beneficio del reino de Dios sobre la tierra” (Cómo prepararse para entrar en el Santo Templo, 2002, pág. 37).

  8. Véanse Mosíah 5:5–12; 18:8–10; Moroni 4:3.

  9. Véase 3 Nefi 27:27.

  10. Véanse las notas 7 y 21.

  11. Véase Moisés 1:39.

  12. Véase 3 Nefi 27:21. “Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor será siempre un esfuerzo organizado y dirigido a ministrar a los hijos de Dios individualmente y a sus familias. Puesto que esta es Su Iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad” (Russell M. Nelson, “Ministrar con el poder y la autoridad de Dios”, Liahona, mayo de 2018, pág. 69).

  13. “Cuando ustedes ministran de verdad, siguen sus sentimientos para ayudar a alguien a sentir más el amor del Salvador” (Russell M. Nelson, “La participación de las hermanas en el recogimiento de Israel”, Liahona, noviembre de 2018, pág. 69).

  14. Un sabio obispo me dijo una vez, cuando me sentía abrumada como presidenta de las Mujeres Jóvenes de cincuenta y tres jovencitas: “Cuando bendice a una, bendice a todas”.

  15. Véase Doctrina y Convenios 18:10–11.

  16. Véanse 2 Nefi 9:20–23; Alma 7:11–12.

  17. Romanos 5:8.

  18. Juan 13:34.

  19. Véase Juan 14:15.

  20. Véanse Mateo 5:44; 22:34–40; Marcos 12:31; 2 Nefi 26:30.

  21. Véanse Doctrina y Convenios 138:12–14; Moisés 5:6–8.

  22. Véanse Mateo 5:44; Marcos 12:31; Moroni 7:45–47.

  23. Quentin L. Cook, “Estar preparados para conocer al Salvador”, Devocional de Navidad de la Primera Presidencia, 8 de diciembre de 2024, Biblioteca del Evangelio.

  24. “El sufrimiento incomprensible de Jesucristo puso fin al sacrificio por derramamiento de sangre, pero no puso fin a la importancia del sacrificio en el plan del Evangelio. Nuestro Salvador nos requiere que continuemos ofreciendo sacrificios, pero los sacrificios que Él manda ahora son que le ‘[ofrezcamos] un corazón quebrantado y un espíritu contrito’ (3 Nefi 9:20). También nos manda, a cada uno de nosotros, amarnos y prestarnos servicio el uno al otro; de hecho, que ofrezcamos una pequeña imitación de Su propio sacrificio al hacer sacrificios de nuestro propio tiempo y prioridades egoístas. En un inspirado himno, cantamos: ‘Por sacrificios se dan bendiciones’” (Dallin H. Oaks, “El sacrificio”, Liahona, mayo de 2012, pág. 19; citando “Loor al Profeta”, Himnos, nro. 15).

  25. Véase Mateo 6:33.

  26. Véase Isaías 41:10.

  27. 1 Nefi 17:3.

  28. Véase la cita de la nota 12; véanse también Russell M. Nelson, “Tesoros espirituales”, Liahona, noviembre de 2019, págs. 76–79; Russell M. Nelson, “Vencer al mundo y hallar descanso”, Liahona, noviembre de 2022, págs. 95–98; Manual General, 3.6.

  29. “Las hermanas y los hermanos ministrantes representan al Señor” (Manual General, 21.1).

    “La autoridad del sacerdocio es la autorización para representar a Dios y actuar en Su nombre. […] Todos los miembros de la Iglesia pueden ejercer la autoridad que se les delega cuando son apartados o asignados a ayudar a llevar a cabo la obra de Dios” (Manual General, 3.4).

    “Se delega autoridad en los miembros de la Iglesia para que sirvan como hermanos y hermanas ministrantes. Esto sucede cuando el presidente del cuórum de élderes y la presidenta de la Sociedad de Socorro hacen las asignaciones bajo la dirección del obispo” (Manual General, 3.4.3.2).

    “Las llaves del sacerdocio guían tanto a las mujeres como a los hombres, y las ordenanzas y la autoridad del sacerdocio atañen tanto a las mujeres como a los hombres. […]

    “En [un] extraordinario discurso, el presidente [Joseph Fielding] Smith dijo una y otra vez que a las mujeres se les ha dado autoridad; a ellas les dijo: ‘Pueden hablar con autoridad, porque el Señor les ha conferido autoridad’. También dijo que a la Sociedad de Socorro ‘se [le] ha dado poder y autoridad para llevar a cabo muchas cosas grandiosas. La obra que realizan se efectúa mediante autoridad divina’. Y naturalmente, la obra de la Iglesia que efectúan las mujeres o los hombres, ya sea en el templo o en el barrio o las ramas, se lleva a cabo bajo la dirección de aquellos que poseen las llaves del sacerdocio. Por tanto, hablando de la Sociedad de Socorro, el presidente Smith explicó: ‘[El Señor] les ha dado esta gran organización en la que ellas tienen la autoridad para servir bajo la dirección de los obispos de los barrios […] procurando el bienestar tanto espiritual como temporal de nuestro pueblo’ [“Relief Society—an Aid to the Priesthood”, Relief Society Magazine, enero de 1959, págs. 4, 5].

    “Por eso, ciertamente se dice que para las mujeres, la Sociedad de Socorro no es solo una clase, sino algo a lo que pertenecen: una dependencia divinamente establecida del sacerdocio.

    “No estamos acostumbrados a hablar de que las mujeres tengan la autoridad del sacerdocio en sus llamamientos de la Iglesia, pero, ¿qué otra autoridad puede ser?” (Dallin H. Oaks, “Las llaves y la autoridad del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2014, págs. 49, 51).

  30. Véase Alma 18:32.

  31. Véase 2 Nefi 32:5.

  32. Véase Jacob 5:71.

  33. Jeffrey R. Holland, “Estar con ellos y fortalecerlos”, Liahona, mayo de 2018, pág. 103.

  34. Véanse las notas 8 y 12.

  35. Gary E. Stevenson, Facebook e Instagram, 8 de febrero de 2021, facebook.com/stevenson.gary.e, instagram.com/garyestevenson.

  36. “Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

    “sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas” (Mosíah 18:8–9).

    “Debido a que el Salvador, por medio de Su Expiación infinita, nos redimió a todos nosotros de la debilidad, los errores y el pecado, y debido a que experimentó cada dolor, preocupación y carga que ustedes hayan tenido alguna vez, entonces, conforme se arrepientan verdaderamente y busquen Su ayuda, podrán elevarse por encima de este mundo precario actual.

    “Pueden vencer las plagas espiritual y emocionalmente agotadoras del mundo, que incluyen la arrogancia, el orgullo, la ira, la inmoralidad, el odio, la codicia, los celos y el temor. A pesar de las distracciones y distorsiones que se arremolinan a nuestro alrededor, pueden hallar verdadero descanso —es decir, alivio y paz— incluso en medio de sus problemas más acuciantes” (Russell M. Nelson, “Vencer al mundo y hallar descanso”, Liahona, noviembre de 2022, pág. 96).

  37. Mateo 16:25.

  38. Véanse Lucas 10:29–37; Doctrina y Convenios 112:11.

  39. “Las hermanas y los hermanos ministrantes tienen las siguientes responsabilidades en cuanto a las personas y familias que se les asignan:

    • Ayudarlas a aumentar su fe en el Padre Celestial y en Jesucristo.

    • Ayudarlas a prepararse para hacer y guardar convenios sagrados con Dios a medida que reciban las ordenanzas. Según sea necesario, ayudar a los padres a preparar a sus hijos para que reciban ordenanzas y guarden los convenios.

    • Discernir necesidades y brindar amor, cuidado y servicio semejantes a los de Cristo. Ofrecer ayuda y consuelo en momentos de necesidad espiritual o temporal. Analizar las necesidades durante las entrevistas de ministración y en otras ocasiones.

    • Ayudarlas a que lleguen a ser autosuficientes en lo espiritual y lo temporal.

    “Para saber más sobre las responsabilidades de las hermanas y los hermanos ministrantes, véanse Santiago 1:27, Mosíah 23:18 y Doctrina y Convenios 20:47, 59” (Manual General, 21.1). Véase también Doctrina y Convenios 20:53.

  40. Véase 2 Nefi 2:25.

  41. Véase Moisés 1:39.

  42. “El mayor gozo que experimentarán es cuando se sientan consumidos por el amor a Dios y a todos Sus hijos” (Russell M. Nelson, “El convenio sempiterno”, Liahona, octubre 2022, pág. 11).

  43. Véase “Praise to the Man”, Hymns, nro. 29.

  44. Véase 3 Nefi 27:27.