Conferencia General
Jesucristo es el camino
Conferencia General de abril de 2026


8:15

Jesucristo es el camino

Al unirnos a Él por medio de los convenios y al seguir a Su profeta viviente, caminamos por la senda que nos lleva seguros a casa.

El año pasado, mi esposa, Maggie, y yo corrimos la maratón Jungfrau en Suiza. Esta se realiza en los Alpes suizos y se considera una de las maratones más difíciles del mundo. De principio a fin, el recorrido sube más de 1900 metros, o 6400 pies, y pasa por hermosos pueblos alpinos y terreno escarpado de alta montaña. Las vistas infunden ánimo al principio, pero el empinado y estrecho tramo final obliga a los corredores a subir en fila por el sendero rocoso. El último ascenso exige prestar mucha atención a cada paso. En esta carrera no solo se cruza una línea de meta: se conquista una montaña.

Maratonista ciego con su guía

© alphafoto.com

Imaginen nuestra sorpresa al saber que uno de los corredores que terminó la carrera era ciego. Ese hombre valiente corrió atado con cuerda a un guía. Casi toda la carrera corrieron juntos, pero al volverse el recorrido más empinado y exigente, el guía se colocó adelante, indicando cada obstáculo y guiando cada paso. Dado que estaba atado a un guía, el corredor ciego logró lo que de otro modo hubiera sido casi imposible lograr solo.

Como esa maratón, nuestro trayecto en la vida tiene momentos de belleza y gozo, pero no es fácil. Todos queremos cruzar la línea de meta celestial y lograr la vida eterna, pero el recorrido suele ser empinado y difícil de hacer. Todos afrontamos pruebas. Sin un poder mayor que el propio, nadie termina con éxito esa carrera.

En algún momento, todos somos como el corredor ciego; todos necesitamos un guía.

El Padre Celestial, en Su perfecto amor, nos ha brindado muchas ayudas para guiarnos en el trayecto. El presidente Dallin H. Oaks enseñó que la ayuda más poderosa que Dios nos ha dado es el Salvador, Jesucristo.

Mediante Su Expiación, Jesucristo “ha hecho todo lo que es esencial para nuestra travesía por la vida terrenal hacia el destino señalado en el plan de nuestro Padre Celestial”. Debido a que vivió una vida perfecta, llevó todos los pecados y pesares, y rompió las ligaduras de la muerte, solo Jesucristo puede declarar ante el mundo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.

En esa simple declaración, el Salvador enseñó que Él no solo es nuestro guía; Él es la senda. Su camino es el único sendero que lleva a la vida eterna.

El Salvador caminando por una senda.

Nuestro Salvador nos invita a andar con Él. Su camino es la senda de los convenios, la senda que lleva a nuestra meta celestial. Elegimos andar por la senda de los convenios al ejercer fe en Jesucristo para arrepentimiento, recibir las ordenanzas de Su Evangelio y perseverar hasta el fin. Esas ordenanzas son esenciales. Jesús enseñó a Nicodemo: “El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”.

Así como la cuerda ataba al corredor ciego a su guía, los convenios nos unen a nuestro guía, Jesucristo. El élder David A. Bednar enseñó: “La conexión por convenio que tenemos con nuestro Padre Celestial y con Su Hijo resucitado y viviente es la fuente divina de perspectiva, esperanza, poder, paz y gozo duraderos”.

Cuando nos unimos a nuestro Salvador mediante convenios, solo nosotros podemos cortar la cuerda; Jesús nunca lo hará. Al estar firmemente unidos a Él, Él está unido a nosotros. Podemos esperar que Su poder nos bendiga con fortaleza y gozo al pasar por un tramo difícil de la vida; pero, si nos apartamos, no tenemos tal promesa. Las bendiciones de los convenios fluyen de la fidelidad continua, no solo de las acciones del pasado.

Cuando nuestro camino se vuelva difícil, y sucederá, recordemos al apóstol Pedro. Cuando el camino del discipulado se complicó y muchos “ya no andaban” con Jesús, Él preguntó a los Doce: “¿También vosotros queréis iros?”. Fue una pregunta inquisitiva, una que nos surge a todos con el tiempo.

Pedro respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Cuando tenemos dudas, cuando el discipulado parece exigente, o cuando otros dan marcha atrás, es tiempo de seguir unidos a Cristo, tal como Pedro. No hay otra opción; solo Cristo tiene las palabras de vida eterna.

Al andar con nuestro Salvador por la senda de los convenios, llegamos a conocer una verdad esencial: andar con Jesús es seguir a Su profeta. El Salvador mismo llama a profetas y, por medio de ellos, habla y gobierna Su Iglesia.

Piensen en esto: No conoceríamos al Cristo verdadero y viviente sin el testimonio profético. Desde Adán a Noé, Moisés a Pedro y José Smith a nuestros días, Dios ha dado a conocer a Su Hijo mediante un profeta.

Algunos dicen: “No necesito un profeta ni una iglesia para seguir a Jesús”.

Pero Él mismo dijo a Sus apóstoles escogidos: “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha”.

Rechazar a sabiendas a Sus profetas es, según Su definición, rechazarlo a Él.

El Señor advirtió de una época en que “todo hombre anda[rá] por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios”. Sin apóstoles ni profetas, nuestra percepción de Cristo se va convirtiendo en lo que queremos que Él sea. Nuestra comprensión de la doctrina cambia, nuestro compromiso con las normas se debilita, la unidad se disuelve.

Pablo enseñó que la Iglesia está “edificad[a] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. No para que se nos controle, sino para establecernos, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”.

Nuestro Salvador prometió: “Y si los de mi pueblo escuchan mi voz, y la voz de mis siervos que he nombrado para guiar a mi pueblo […], no serán quitados de su lugar”.

Hermanos y hermanas, el Padre Celestial desea que todos Sus hijos vuelvan a casa. Su Hijo, Jesucristo, es el único camino de regreso. Testifico que, gracias a que Jesucristo subió a la montaña más empinada de todas mientras llevaba el peso de nuestra salvación, no tenemos que enfrentar nuestras montañas solos. Al unirnos a Él por medio de los convenios y al seguir a Su profeta viviente, caminamos por la senda que nos lleva seguros a casa. Lo testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.