“Abandonaré todos mis pecados para conocerte”
Podemos llegar a conocer al verdadero Dios el Padre y obtener la vida eterna por medio de Su Hijo Jesucristo, porque el poder está en nosotros.
Nací en una familia no cristiana. De niño, acompañaba a mi mamá a los templos chinos para adorar diferentes dioses. Llevábamos pasteles especiales como ofrenda y quemábamos incienso para pedir las bendiciones que necesitábamos. Si necesitábamos trabajo, le pedíamos al dios de las riquezas; si necesitábamos salud, le pedíamos al dios de la sanación. Me encantaba acompañar a mi mamá porque, cuando terminaban los ritos, podía comer todos esos ricos pasteles.
Sin embargo, el gran milagro ocurrió cuando tenía diez años al mudarnos a Bolivia: conocí a los misioneros. Me enseñaron sobre un Dios del que nunca había escuchado antes.
Me enseñaron que es un Dios viviente con un cuerpo glorificado de carne y huesos, que es mi Padre Celestial, que me ama y que literalmente soy Su hijo; que envió a Jesucristo a la tierra para ayudarme a volver a Su presencia y obtener la vida eterna.
Sentí tanto asombro cuando me contaron la historia de José Smith, quien vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo. A pesar de que no hablaba español y no podía comprender todas las palabras, yo sentía paz en mi pecho y, de alguna manera, sabía que lo que estaba aprendiendo era bueno. Antes de que me extendieran la invitación para ser bautizado, les dije a mis dos hermanas mayores, quienes ya eran miembros de la Iglesia: “Ya tomé la decisión, ¡me voy a bautizar!”.
El Evangelio de Jesucristo cambió mi vida por una mejor. Me dio un propósito eterno, el de prepararme para volver a la presencia de Dios con mi familia.
En el Libro de Mormón leemos la historia de un anciano rey que, al igual que yo, no conocía a Dios. Él había tenido un encuentro con un misionero y había quedado tan sorprendido por sus palabras que insistió en que le enseñaran.
Entonces “Aarón empezó […] ley[éndole] […] las Escrituras, de cómo creó Dios al hombre a su propia imagen, y […] le dio mandamientos, y que, a causa de la transgresión, el hombre había caído. […]
“Y también el plan de redención que fue preparado desde la fundación del mundo, por medio de Cristo, para cuantos quisieran creer en su nombre […] mediante la fe y el arrepentimiento. […]
“[Entonces], dijo el rey: ¿Qué haré para lograr esta vida eterna de que has hablado? […] He aquí […], daré cuanto poseo; sí, abandonaré mi reino a fin de recibir este gran gozo.
“Mas Aarón le dijo: Si tú deseas esto, si te arrodillas delante de Dios, sí, si te arrepientes de todos tus pecados y te postras ante Dios e invocas con fe su nombre, creyendo que recibirás, entonces obtendrás la esperanza que deseas.
“Y sucedió que cuando Aarón hubo dicho estas palabras, el rey se inclinó de rodillas ante el Señor, sí, se postró hasta el polvo, y clamó fuertemente diciendo:
“¡Oh Dios!, Aarón me ha dicho que hay un Dios; y si hay un Dios, y si tú eres Dios, ¿te darías a conocer a mí?, y abandonaré todos mis pecados para conocerte”.
La historia concluye no solo con la conversión del rey, sino de toda su casa y de varias ciudades de su reino.
Si tenemos un deseo sincero, siendo mansos y humildes de corazón, podemos conocer al verdadero Dios el Padre y obtener la vida eterna mediante Su Hijo Jesucristo, porque el poder está en nosotros, en elegir creer y decidir actuar en consecuencia.
El Salvador declaró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.
¿Cómo podemos llegar a conocer al único Dios verdadero y obtener la vida eterna? El Salvador responde: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.
La única manera en que podemos llegar a conocer a nuestro Padre Celestial y obtener la vida eterna es venir a Cristo y seguirlo. Venir a Cristo es mucho más que solo aprender de Cristo: incluye la fe y las obras; significa convertirse a Él y a Su Evangelio restaurado. Al hacerlo, tendremos “mayor felicidad, esperanza, paz y propósito” en esta vida.
El rey no se detuvo en el estado de asombro; eligió creer y actuar. Estuvo dispuesto a abandonar todos sus pecados para conocer a Dios. ¿Qué estamos dispuestos a abandonar o cambiar para realmente conocer a Dios y ser salvos en el postrer día?.
El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “El Evangelio de Jesucristo nos da el desafío de cambiar. ‘Arrepentíos’ es su mensaje más frecuente, y arrepentirse significa abandonar todas nuestras prácticas —sean estas personales, familiares, étnicas y nacionales— que sean contrarias a los mandamientos de Dios. El propósito del Evangelio es transformar personas comunes en seres celestiales, y eso requiere cambio”.
No podemos conocer a Dios sin un deseo sincero y una verdadera intención. Debemos tener fe en Jesucristo, arrepentirnos continuamente y esforzarnos por guardar los mandamientos. El Salvador nos ama más de lo que podemos comprender, y nos suplica una y otra vez: “Ven, sígueme”. Dio Su vida por nosotros, pagó el precio de nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. Gracias a Él, tenemos la “esperanza de una existencia futura con el Padre Celestial”.
Ya sea un niño o un rey, sin importar el origen ni la condición en que se encuentre, te invito a elegir tener fe en Jesucristo y a decidir seguirlo, porque “no hay otro nombre dado debajo del cielo sino el de este Jesucristo […] mediante el cual el hombre pueda ser salvo”.
Testifico que Jesucristo ha resucitado. ¡Él vive! Esto es lo que Él desea que hagamos para prepararnos para la vida eterna. En el nombre de Jesucristo. Amén.