Vengan a casa
El Salvador nos ama a todos y tiernamente nos llama, a ustedes y a mí, a venir a casa.
En el discurso del élder Patrick Kearon, quien dijo que a veces nos sentimos inadecuados en un nuevo llamamiento, tal vez fue significativo que hiciera referencia a un “pequeño secretario” [se trata de un juego de palabras con “Clark”, el nombre del élder Gilbert, y la palabra “clerk”, o secretario, en inglés].
Al sentir Christine y yo el peso abrumador de este llamamiento, hemos estado agradecidos por saber que la gracia de Cristo compensa nuestras carencias en la vida. Hemos estado agradecidos por las oraciones y el apoyo constante de tantas personas. También nos ha fortalecido el primer mensaje que el presidente Dallin H. Oaks dio como Apóstol, hace casi cuarenta y dos años. En 1984, declaró: “Me dedicaré con todo mi corazón, alma, mente y fuerza a los importantes deberes que se me encomienden, especialmente a las responsabilidades de ser testigo especial del nombre de Jesucristo en todo el mundo”.
Hoy me hago eco de esa misma declaración y consagro mi vida a ser testigo del nombre de Jesucristo. Hoy testificaré específicamente de los nombres de Redentor y Reparador, centrándome en la invitación de Cristo a venir a casa.
Las famosas palabras de William Shakespeare afirman que las oportunidades perdidas pueden condicionar nuestro futuro:
Las decisiones tienen consecuencias, pero también sabemos que en el Evangelio de Jesucristo, aunque perdamos el rumbo espiritual, el Salvador nos permite cambiar. Así lo enseñó el presidente Russell M. Nelson:
“Debido a nuestro convenio con Dios, Él jamás cejará en Sus esfuerzos por ayudarnos, y nunca agotaremos Su misericordiosa paciencia para con nosotros”.
Y “si [nos] descarr[iamos], [nos] ayudará a encontrar el camino de regreso”.
Dios nos llama a venir a casa
Después de que naciera nuestro primer hijo, Christine y yo tuvimos dificultades para tener más hijos. Hallamos esperanza en una pintura de Minerva Teichert en la que se ve a una madre pionera entrando al valle con su pequeña familia, haciendo señas a los demás para que la sigan. Al igual que esa joven madre, suplicábamos que nuestros futuros hijos se reunieran con nuestra familia. Con el tiempo llegaron, pero los años que pasamos esperando y orando fueron difíciles para nosotros.
En mis asignaciones de fin de semana como Autoridad General, he visto repetidas veces a personas encontrar el camino a casa. Eso quizá no siempre sucedió con rapidez, pero sí ocurrió, una y otra vez. Permítanme llevarlos a algunas de esas visitas de ministración.
Me dirigiré primero a quienes sienten que no encajan.
La hermana Anglesey había dejado su hogar y su fe treinta años atrás. Hacía mucho tiempo que sabía que le faltaba algo, pero la agobiaba la simple idea de volver a entrar en la iglesia. Con el tiempo, se armó de valor para asistir al programa de puertas abiertas de un templo. Aunque esa visita fue hermosa, Tammy más tarde me confió: “Lo único que vi fue una experiencia que nunca tendría. Ni sellamiento, ni [investidura]”. Aun así, motivada por esa visita, un domingo se vistió para ir a la iglesia, pero solo estacionó el auto y vio cómo otros entraban en el edificio. Abrumada por la ansiedad, simplemente se marchó a casa, se cambió de ropa y lloró en soledad. Posteriormente, un obispo inspirado le envió una nota invitándola a volver a la Iglesia. Conocí a Tammy en una visita de ministración justo después de su investidura en el templo. ¡Había estado alejada de la Iglesia durante treinta años! Se había pasado los domingos sola, sentada en un estacionamiento de la iglesia. Sin embargo, el Señor la trajo a casa y le restauró Su luz, amor y gozo.
A continuación, me dirijo a quienes sienten que no están a la altura.
En una visita de ministración en San Antonio, Texas, fui al templo de esa ciudad, donde me encontré con los misioneros y con la familia Vargas. En aquel entonces, Andrea prestaba servicio en la Iglesia como presidenta de la Primaria. Su esposo, Luis, aunque no era miembro, sí asistía a la iglesia. El presidente de misión me había llamado y me había contado que el hermano Vargas sentía que no era lo suficientemente bueno como para ser bautizado, que no podría estar a la altura de otras personas que veía en la Iglesia. En los escalones del Templo de San Antonio, le dije: “Hermano Vargas, no tiene que ser perfecto para estar en esta Iglesia. Solo tiene que dar lo mejor de sí mismo, y Cristo se encargará del resto”. Al final de la visita, el hermano Vargas se volvió hacia su esposa y le dijo: “Cariño, creo que es hora de que me una a esta Iglesia para que llegue a ser un mejor padre y un mejor esposo”. Un mes después, fue bautizado, y su hermosa familia finalmente fue sellada en ese mismo templo.
A quienes dudan.
Justin y Kenna Valdez se mudaron lejos de su familia para que les resultara más fácil alejarse de su fe, pero el héroe de esta historia fue su hijo de ocho años, que todavía quería ser bautizado. Al percibir que se abría una puerta, un sabio presidente de estaca programó que hiciéramos una visita de ministración en casa de los Valdez. Todavía recuerdo la mirada inquisitiva de Kenna, que me miraba fijamente mientras yo entraba en la sala. Sin embargo, finalmente ella admitió que aún tenía fe en el Salvador, e incluso un testimonio del Libro de Mormón, pero que lidiaba con algunas cuestiones delicadas que le impedían regresar a la Iglesia. Les prometimos que si se aferraban a las cosas en las que sí creían, el Señor los ayudaría con las cosas en las que no creían. Para que superaran sus dudas no teníamos que resolver todas sus preguntas sobre la fe, sino ayudarlos a reconocer el Espíritu Santo. El presidente Oaks enseñó recientemente: “Viven en una época en la que el adversario se ha vuelto tan eficaz en disfrazar la verdad que, si no tienen el Espíritu Santo, serán engañados”. Justin y Kenna comenzaron a hacer los cambios necesarios para regresar, y seis meses después de nuestra visita, Kenna me envió este mensaje de texto: “¡Hola, élder Gilbert! Estamos listos para ser sellados como familia”. Esta es una foto del día en que fueron sellados en el Templo de Pocatello, Idaho.
Me dirijo ahora a quienes están atrapados en las tradiciones.
Cuando conocí a John Raass, él todavía no era miembro de la Iglesia. Su esposa, Kailani, había preparado la cena para la presidencia de estaca, y los invitamos a acompañarnos. A John parecía cansarle la idea de entablar una conversación espiritual, pero le aseguré que pronto nos haríamos amigos. Les diré que John había sido una estrella del fútbol americano en BYU, y yo crecí animándolo. Finalmente le preguntamos a John por qué nunca se había unido a la Iglesia y él mencionó que debía honrar las tradiciones religiosas de sus padres, que habían fallecido. Lo ayudamos a darse cuenta de que sus padres ahora comprendían la Iglesia y que respetarían su decisión. Entonces John decidió reunirse con los misioneros y dos meses después fue bautizado. Y un año más tarde, su familia fue sellada en el templo.
Conclusión
Sentir que no encajamos, lidiar con las dudas o estar limitados por las tradiciones son solo algunas de las razones por las que no respondemos de inmediato al llamado a venir a casa. No obstante, aunque las presiones sociales alejen a las personas de su fe, las preguntas más profundas de la vida no desaparecen. El presidente Nelson enseñó: “¡La verdad es que es mucho más agotador buscar la felicidad donde nunca podrán hallarla!”. El presidente Oaks declaró que el viaje a casa comienza cuando nos volvemos a aferrar al Salvador. Solo Jesucristo puede restaurar plenamente esa luz y ese gozo en su vida. Todos pasamos por dificultades y necesitamos paciencia, servicio y amor de otras personas. A quienes están tratando de ayudar a sus seres queridos, aférrense a la verdad y guarden sus convenios. Para ayudar a los demás es necesario que permanezcan en sus convenios. A quienes están lidiando con dificultades para venir a casa, sepan que es su Salvador quien los llama para que regresen; pero, en definitiva, cada uno debe tomar su propia decisión de venir a casa.
En el reciente e histórico discurso del presidente Dallin H. Oaks en BYU, al principio, el Centro Marriott parecía estar lleno por completo, pero si uno se fijaba bien, aún quedaban cientos de asientos vacíos, y los acomodadores se esforzaban por encontrar sitio para los que aún querían asistir al devocional. Entonces sucedió algo extraordinario: los estudiantes que ya se encontraban en sus asientos comenzaron a encender la linterna de sus teléfonos para indicar a los que llegaban tarde que aún quedaba espacio. Era como si sostuvieran una luz que decía: “Por favor, ven a sentarte conmigo; hemos reservado un asiento solo para ti”.
Concluyo con un himno que para mí es como la voz misma del Señor que nos llama a venir a casa:
Oh, tiernamente Jesús hoy nos llama,
nos llama a ti y a mí.
Siempre paciente vigila y nos guarda,
nos guarda a ti y a mí.
Testifico que Cristo es nuestro Redentor. Cuando nos quedamos cortos, Él repara las brechas en nuestra vida. El Salvador nos ama a todos y tiernamente nos llama, a ustedes y a mí, a venir a casa. Vengan a casa. En el nombre de Jesucristo. Amén.