En Sus asuntos
La vida es mejor, todo es mejor, cuando estamos en Sus asuntos.
Cuando tenía alrededor de veinticinco años fui bautizado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Londres, y me uní a un gran grupo de jóvenes adultos solteros; mis nuevos amigos en mi recién descubierta fe. Durante la primera reunión sacramental después de mi bautismo, se me pidió que pasara al frente de la capilla y se invitó a la congregación a levantar la mano en señal de mi bienvenida al barrio y a la Iglesia.
Esa era una práctica desconocida para mí. Sin embargo, miré aquellos rostros sonrientes y sentí como si me estuvieran animando, genuinamente emocionados de que yo hubiera descubierto la fe en Jesucristo y el deseo de seguirlo. Muchos de mis nuevos amigos habían experimentado recientemente esa misma bienvenida y transición a una vida de fe.
Una semana después, se me invitó a reunirme con el obispo. Él se había tomado el tiempo para conocerme mientras los misioneros me enseñaban. El obispo se reclinó hacia atrás en la silla, golpeando una regla en la palma de su mano, y me dijo que nos reuníamos porque él tenía un llamamiento para mí. Él había orado acerca de mí y me dijo que el llamamiento sería beneficioso para mí y mi futuro servicio al Señor en Su Iglesia. Me extendió el llamamiento de secretario auxiliar de barrio. La reacción en mi mente fue: “¿secretario auxiliar de barrio? Bueno, ¡ese no soy yo!" Afortunadamente, recibí un poco de ayuda divina y respondí con un “gracias”, y que me esforzaría por aprender lo que eso implicaba. Yo no tenía ni idea.
El domingo siguiente, en la iglesia, me pidieron que me pusiera de pie mientras se anunciaba mi llamamiento. Se invitó a mi familia del barrio a levantar la mano si accedían a sostenerme. Sentí consuelo al ver que esas mismas manos levantadas y esos rostros sonrientes me rodeaban en la congregación, asegurándome de que mis nuevos amigos me apoyarían con su buena voluntad, paciencia y fe.
El secretario de barrio al que yo iba a “ayudar” vino directamente hacia mí al final de la reunión y me dijo: “Vamos, Patrick, te mostraré cómo funciona esto”. Durante los meses siguientes, él me mostró cómo funcionaba todo, sentados uno al lado del otro, a menudo durante horas, en la pequeña oficina del secretario (para que quede claro, esa es una oficina pequeña para secretarios, no una oficina para secretarios pequeños).
Otros llamamientos vinieron después. Mi obispo se mantuvo amorosamente pendiente de mí, y más adelante me dijo que se había sentido inspirado por el Señor a extenderme llamamientos que serían exigentes para mí, pero que confiaba en que no fuesen abrumadores. Llegué a ver propósito y poder en cada llamamiento que recibía y, en retrospectiva, la inspiración del obispo llegó a tener sentido para mí.
También tuve la oportunidad de sostener a otras personas, tratando felizmente de apoyarlas mientras todos aprendíamos a servir juntos. A menudo, el llamamiento se ajustaba de manera evidente a los dones y talentos de la persona. En ocasiones había momentos en los que pensaba: “Mmm, qué interesante elección”, aunque no tanto como cuando yo era esa elección.
De común acuerdo
Con todas esas manos levantadas y sonrisas alentadoras, estábamos participando en el principio de común acuerdo, donde podemos elegir sostener a aquellos llamados a servir, levantando la mano derecha. El común acuerdo es una hermosa mezcla de albedrío, unidad y fe. Es un compromiso personal y voluntario de apoyar, sostener y ayudar a los siervos llamados por el Señor en sus responsabilidades, ya sea un miembro del obispado, asesora de las Mujeres Jóvenes, maestro de la Escuela Dominical o presidenta de la Primaria de estaca. Nos sostenemos unos a otros con nuestras oraciones, nuestro amor, nuestra paciencia y nuestra fe. ¿Estaremos siempre de acuerdo con aquellos a quienes se nos invita sostener? ¿Pensaremos siempre que están haciendo un buen trabajo y sirviendo como lo haría el Salvador? Probablemente no, y puede que tengamos razón, pero al orar por ellos, y ellos por nosotros, se construyen importantes puentes de unidad.
Llegué a comprender por qué todos se sirven unos a otros en un barrio o una rama: nos brinda a todos la oportunidad de seguir a Cristo y Sus virtudes —tales como la caridad, la humildad, la mansedumbre, el perdón y el amor— con personas que pueden ser muy diferentes a nosotros. Vi claramente cómo se fortalece la fe y se une el cuerpo de Cristo. Podía ver obrar al Señor a través de siervos imperfectos, sobre todo en mi caso, que se esforzaban por discernir Su voluntad para con aquellos a quienes servían.
Algunos llamamientos son sumamente exigentes, mientras que otros pueden hacer que nos preguntemos: “¿No se me podría pedir que haga más?”. Es posible que ustedes sirvan en una función muy visible por un tiempo, solo para luego ser llamados a prestar un servicio silencioso y sin ser vistos, o a apoyar a aquellos que tienen menos experiencia. Cuando los llamamientos cambian de maneras que les impactan profundamente a ustedes o a su familia, requerirá una gran fe y confianza en el Señor mientras se adaptan.
También reconozco que hay quienes, debido a circunstancias excepcionales, no pueden responder a un llamamiento en un momento dado. Los líderes atentos serán sensibles a esto, y por medio de la oración, el Señor puede ayudarlos a saber cuándo es el momento adecuado para que vuelvan a servir.
¿Resulta inconveniente, a veces, servir en un llamamiento que requiere algo de nosotros? ¿Podríamos llegar a sentirnos cansados o reacios? He aprendido una y otra vez que, sea cual sea nuestra ofrenda, en el sistema del Señor siempre salimos beneficiados.
Cuando el Salvador llamó a Pedro, Andrés, Santiago y Juan a seguirlo, ellos al instante dejaron caer sus redes. Si alguna vez un llamamiento fue inconveniente o incomprensible, debe haber sido en esta ocasión en la costa de Galilea, aun así, ellos lo siguieron con fe. ¿Y qué hay de sentirse desanimados o abatidos? Aun con todo lo que vieron, sintieron y experimentaron, aquellos primeros apóstoles necesitaron el tierno recordatorio del Señor y Su invitación de apacentar Sus ovejas.
Nuestro servicio es una elección, una ofrenda a Dios y una bendición. Todos sabemos que la oración, el estudio de las Escrituras y la adoración en la Iglesia y en el templo son esenciales para el desarrollo de nuestra fe. ¿Hemos llegado a ver también que nuestros llamamientos tienen una función fundamental en el crecimiento de nuestra fe? Los llamamientos del Señor están hechos a la medida para nuestro crecimiento, conforme nos humillemos, veamos más allá de nosotros mismos y aprendamos que, efectivamente, cuando estamos al servicio de nuestros semejantes, de echo estamos al servicio de nuestro Dios. Lo que le importa al Señor no es dónde, sino cómo sirvamos.
Y también nos debe importar a nosotros. No había falta de compromiso en aquellos amigos de los que hablaba. Ellos estaban comprometidos a vivir su fe, y eso era contagioso. Pude ver el gozo que procedía de su profunda devoción, lo cual nos lleva hasta el día de hoy.
Asamblea solemne
Hoy hemos tenido la oportunidad sagrada de reunirnos para levantar la mano en apoyo al presidente Dallin H. Oaks, para sostenerlo como el profeta, vidente y revelador del Señor. Estoy seguro de que, si él hubiera hecho un repaso de su servicio en la Iglesia cuando tenía entre veinte y treinta años de la manera en que acabo de repasar el mío, nada habría estado más lejos de su mente que la posibilidad de convertirse en el Presidente de la Iglesia. Este es un llamamiento que él no buscó ni al que aspiró. El peso de esta responsabilidad es enorme y aleccionador. No puedo evitar pensar en su papá, que murió cuando el joven Dallin tenía solo siete años, y en su madre, fiel y resuelta, que crio a un hijo fuerte y trabajador, que más tarde sería llamado, de una vida distinguida pero modesta, a servir como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles. Ahora, cuarenta y dos años después, lo sostenemos con gozo como el Apóstol principal del Señor, mientras su alma entera responde una vez más a un llamado, sin pretender infalibilidad, mientras confía en la mano guiadora del Señor.
Desde 1880 hemos llamado a este tipo de momentos asambleas solemnes, una reunión sagrada con un propósito santo como este. Para mí, si bien hoy ciertamente tiene un propósito solemne, también es un día lleno de gratitud y regocijo por la oportunidad de que toda la Iglesia se reúna y ejerza el común acuerdo. Hemos manifestado nuestra voluntad de sostener al presidente Oaks con nuestra confianza, nuestra fe y nuestras oraciones.
“Cada persona es igual a las demás al ejercer con seriedad y solemnidad su derecho de sostener o no a [quien], de acuerdo con los procedimientos que provienen de las revelaciones, [ha] sido escogido para dirigir”.
En Sus asuntos
Cuando Jesús tenía doce años y fue encontrado por Sus padres enseñando en el templo, Él les dijo que había estado “en los asuntos de [Su] Padre”. Y nosotros también podemos estarlo. Cada llamamiento, cualquiera que sea, es “Su asunto” cuando se recibe con un corazón humilde y dispuesto y con el deseo de elevar y consolar a Sus hijos y compartir Sus buenas nuevas. No estamos simplemente cumpliendo una asignación cuando respondemos a un llamado inspirado, sino uniéndonos al Salvador del mundo en Su infinita obra redentora. Él los necesita a ustedes y me necesita a mí. La vida es mejor, todo es mejor, cuando estamos en Sus asuntos. En el nombre de Jesucristo. Amén.