Conferencia General
Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo
Conferencia General de abril de 2026


11:9

Es Pascua de Resurrección: Nadie camina solo

Al andar por fe con el Señor, permaneciendo en Él y Él en nosotros, llegamos a saber que Él vive.

Al finalizar esta conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Domingo de Pascua de Resurrección, nosotros, tal como los discípulos en el camino a Emaús, ansiamos que nuestro Salvador permanezca con nosotros, pues es Pascua de Resurrección.

El Evangelio de Lucas dice: “Dos [discípulos] iban el mismo día” —el de Pascua de Resurrección— “a una aldea llamada Emaús, […] como a sesenta estadios de Jerusalén” (a unos 12 kilómetros o 7 millas). Emaús significa “fuentes termales”, un lugar de sanación.

Imagínense que vamos andando a Emaús. Se nos une un extraño; él ve que estamos tristes. Le decimos: “Jesús nazareno […], profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo” ha sido crucificado. Y “hoy es el tercer día desde que esto ha acontecido”.

Mientras caminamos, el extraño abre las Escrituras y explica todas las cosas concernientes a Jesucristo. Nuestro corazón arde en nosotros. Al acercarnos a la aldea, le pedimos a nuestro nuevo compañero: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde”.

Nuestro amigo come con nosotros; toma el pan, lo bendice, lo parte y nos lo da. Nuestros ojos son abiertos y lo reconocemos: es Jesucristo resucitado. Aunque no lo reconocimos antes, Él ha estado andando con nosotros todo el tiempo.

El Evangelio de Marcos testifica que Jesús se apareció tres veces en ese día de Pascua de Resurrección, pero al principio no lo reconocieron.

“Se apareció primeramente a María Magdalena”, quien pensó que Jesús era el hortelano.

Después Jesús se apareció “a dos de ellos que iban caminando”. Esos dos discípulos en el camino a Emaús finalmente lo reconocieron al “partir el pan”.

En tercer lugar, Jesús “se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa”. “Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: […] Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy”. Para mostrar que no era un espíritu, Jesús comió “parte de un pescado asado y un panal de miel”.

Jesucristo, al andar con Sus discípulos por el camino a Emaús, revela un modelo del convenio. A veces, en nuestro polvoriento camino a Emaús, nos sentimos solos, incomprendidos, agobiados, invisibles. Pero cuando Él “nos habl[a] en el camino”, Sus palabras en las Escrituras hacen que arda nuestro corazón. Al partir y bendecir el pan de la Santa Cena, Sus ordenanzas y convenios nos ayudan a conocerlo. Al andar con Él por fe, permaneciendo en Él y Él en nosotros, llegamos a saber que Él vive, que Sus promesas de Pascua de Resurrección son reales.

Cada día de reposo, invitamos a todos a venir a adorar a Jesucristo en la comunidad de Su Iglesia restaurada. En la ordenanza de la Santa Cena, hacemos convenio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, a recordarlo siempre y a guardar Sus mandamientos. Él promete que siempre podremos tener Su Espíritu con nosotros. Al dar testimonio de Jesús y recordarlo cada semana, permanecemos en Él y andamos con Él.

Así como los discípulos en el camino a Emaús le piden a Jesús que permanezca con ellos, Jesucristo promete permanecer con nosotros. En los capítulos 14 y 15 del Evangelio de Juan, Jesús enseña a Sus discípulos y a nosotros cómo Él permanece, pertenece y anda con nosotros. Su fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte.

Cuando tenemos una pregunta, un problema o sentimos gozo, Jesucristo dice: “Yo soy tu respuesta: tu camino, tu verdad, tu vida”.

Para permanecer con nosotros, en Juan 14, Jesús nos promete el primer y el segundo Consolador. El primer Consolador del que habla Jesús es el Espíritu Santo.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo”.

El segundo Consolador del que habla Jesús es Él mismo. Él promete: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”.

Porque “el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él”.

“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él”.

Permanezcan y moren. En Juan 15, Jesucristo también enseña que Él es la vid y que Dios, nuestro Padre, es el labrador. Un pámpano “no puede llevar fruto por sí mismo”. Nosotros, sin el Señor, nada podemos hacer. Pero “el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto” y “vuestro fruto permane[ce]”. Jesús dice: “Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté [o permanezca] en vosotros, y vuestro gozo sea completo”.

Comenzamos esta conferencia general con una asamblea solemne. Las asambleas solemnes marcan hitos o acontecimientos importantes de la Iglesia, como el sostenimiento de un nuevo Presidente de la Iglesia. Ya sea que una asamblea solemne se celebre más temprano o más tarde, según un modelo sagrado y un precedente, demostramos simbólicamente un compromiso y apoyo unificado.

Las asambleas solemnes datan del antiguo Israel, incluso de la dedicación del templo por el rey Salomón. En esta dispensación se celebró una asamblea solemne histórica el 27 de marzo de 1836, luego de terminarse el Templo de Kirtland.

En esta conferencia, en asamblea solemne, fuimos testigos y sostuvimos al presidente Dallin H. Oaks como el profeta del Señor y nuestro profeta, con el presidente Henry B. Eyring y el presidente D. Todd Christofferson como nuestra Primera Presidencia, y al élder Gérald Caussé y al élder Clark G. Gilbert como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Al “busca[r] primeramente el reino de Dios y su justicia”, seguimos a Jesucristo y al profeta del Señor voluntaria y obedientemente, con gozo. Somos ricamente bendecidos al hacerlo.

Agradecemos que el presidente Dallin H. Oaks sea nuestro último discursante. Cuando yo era estudiante de primer año en la Universidad Brigham Young y el presidente Oaks era el nuevo rector, hablamos juntos en una mesa redonda para padres y futuros alumnos. Mientras esperaba que comenzara el programa, el presidente Oaks se acercó para tranquilizarme. Con una cálida sonrisa, dijo que él llevaba una corbata roja, porque cumplía cuarenta años y se sentía viejo. Para mí, como estudiante de primer año, ¡cuarenta eran muchos años!

Luego, el presidente Oaks me contó una historia. Todavía recuerdo el principio. Al abrir un cofre grande lleno de monedas, un abuelo invitó a sus nietos a juntar todas las monedas que pudieran. Entusiasmados, los nietos juntaron puñados de las monedas más abundantes pero menos valiosas, como las de uno, cinco y diez centavos. Sin embargo, una nieta escogió solo unas pocas monedas. Él le preguntó por qué. Ella respondió: “Abuelo, todas mis monedas son de oro”.

El presidente Dallin H. Oaks, un hombre amado e instruido por el Señor, ha ejemplificado el principio de “bueno, mejor y excelente” toda su vida. Él escoge la parte espiritual excelente. Él enseña por precepto y con el ejemplo cómo seguir a nuestro Salvador.

La Expiación de Jesucristo lo cambia todo. Brinda la resurrección literal. Permite que regresemos a la presencia de Dios y la unión eterna de las familias. Podemos sanar, reconciliarnos y permanecer en el convenio. Como Nefi en la antigüedad, nuestra alma se deleita en los convenios que el Señor ha hecho, “en su gracia, y en su justicia, y poder, y misericordia en el gran y eterno plan de liberación de la muerte”.

Este es mi testimonio de la Pascua de Resurrección:

“Jesucristo […] murió, fue sepultado, y resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos”.

“Yo sé […] vive mi Señor” y “Él vive y siempre cantaré: […] mi Señor y Rey”.

Al caminar por nuestros polvorientos caminos a Emaús, Él estará con nosotros. Si ven a alguien caminando solo y triste, ¿podrían andar con él? Que nadie esté sentado solo y que nadie deba recorrer su camino a Emaús solo o sin ser visto. Veamos y andemos juntos en Su amor para que Él permanezca con nosotros y en nosotros, y nosotros en Él, en esta Pascua de Resurrección y cada día, lo ruego en el sagrado y santo nombre de Jesucristo. Amén.