El diezmo: Poner a Dios en primer lugar
Estoy seguro de que el pagar diezmos y ofrendas aumentará nuestra capacidad espiritual al poner a Dios en primer lugar.
El profeta Alma hizo varias preguntas profundas para ayudar a los miembros de la Iglesia de Zarahemla a tener “un potente cambio” en el corazón como discípulos de Jesucristo (Alma 5:12). Poco después, enseñó al pueblo de Gedeón. Mientras leía, algo de lo que enseñó captó mi atención: “He venido con grandes esperanzas […] de hallar que os habíais humillado ante Dios y […] de no hallaros en el terrible dilema en que estaban vuestros hermanos en Zarahemla” (Alma 7:3, cursiva agregada).
Más adelante, en el mismo sermón, repitió: “Deseaba mucho que no estuvieseis en el estado de dilema semejante a vuestros hermanos” (Alma 7:18, cursiva agregada). ¿Cuál era este terrible dilema? La nota al pie de página del versículo 18 nos conduce a una posible respuesta. El apóstol Santiago enseñó cuál podría ser ese dilema: “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8).
Una persona de doble ánimo es aquella que vacila, es indecisa o está en conflicto; es alguien que carece de compromiso hacia un solo propósito o creencia. Una manera de superar el doble ánimo es aprender a poner a Dios en primer lugar en nuestra vida. Jesucristo enseñó: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33, cursiva agregada).
Desde el principio de los tiempos, Dios ha enseñado a Sus hijos a ponerlo a Él en primer lugar en su vida. Por ejemplo, el Señor les dio a Adán y Eva “mandamientos de que adorasen al Señor su Dios y ofreciesen las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor. “Y Adán fue obediente a los mandamientos del Señor.
“Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó.
“Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad” (Moisés 5:5–7, cursiva agregada).
Fíjense en que el Señor les mandó a Adán y a Eva que ofrecieran las primicias de sus rebaños. En otras palabras, Él les mandó a poner a Dios en primer lugar para evitar el dilema espiritual del doble ánimo.
Recuerdo una poderosa experiencia que tuve hace muchos años y que me enseñó cómo poner a Dios en primer lugar en mi vida. Cuando era un joven padre casado, fui llamado a servir en una presidencia de rama. El élder Clinton L. Cutler, de los Setenta, vino a hablar a nuestra rama. Después de la reunión, tuve la oportunidad de conversar con él.
Al percibir que algo me rondaba la mente, me preguntó: “¿Hay algo que le inquiete?”.
“Sí”, respondí, “estoy teniendo dificultades financieras en mi negocio. Y me he atrasado en el pago de mis diezmos y ofrendas”.
Luego él preguntó: “¿Tiene algo de valor?”.
No recuerdo qué más dijo. Medité en su pregunta durante muchos días. Lo único que tenía de valor era un auto, el cual necesitaba en mis esfuerzos por hacer crecer mi negocio. Sin embargo, concluí que al menos debía hacer un esfuerzo por vender mi auto; así que lo limpié y pulí, y le puse un anuncio para venderlo.
Quiero dejar claro que el élder Cutler no me pidió vender el auto. Esto se me ocurrió después de meditar y desear poner a Dios en primer lugar.
Unos días después, un hombre llegó a la casa para ver el auto. Parecía interesado; lo condujo y regresó para negociar los detalles. Me dio su tarjeta de presentación y vi que representaba a un concesionario de autos. Estaba nervioso por lo que seguramente sucedería después: el regateo del precio.
Me preguntó: “¿Cuánto quiere por el auto?”.
Le dije que necesitaba una cantidad precisa; había calculado lo que necesitaba para pagar el préstamo del auto y mi diezmo.
Luego dijo con mucha calma: “Está bien, volveré en unos días con un cheque”.
Me dio las gracias y se fue. No lo podía creer. No hubo regateo, discusión o negociación.
Unos días después, regresó con un cheque por la cantidad que había pedido. Me sentí sorprendido y asombrado cuando se fue con el auto. Deposité el cheque y pagué mi diezmo.
Al contemplar lo que había ocurrido, me di cuenta de que no tenía auto para continuar con mi negocio. Mientras pensaba en qué hacer, un amigo me llamó y me dijo: “Jorge, te gusta mi auto, ¿cierto?”. ¡A esas alturas me habría gustado cualquier auto! Me recordó que su esposa iba a tener gemelos y necesitaban un auto más grande, así que se preguntaba si yo estaría dispuesto a pagar las cuotas de su auto. ¡Fue un milagro!
Al reflexionar sobre mi experiencia, me pregunto qué me dio la confianza para vender mi auto y pagar mi diezmo. Recuerdo una noche de hogar en la que mi madre dio un poderoso testimonio de la ley del diezmo. Mis padres emigraron a los Estados Unidos por una oferta de trabajo que nos permitió obtener la residencia legal. Sin embargo, vivimos reveses financieros, al igual que muchos inmigrantes al adaptarse a un país nuevo y su economía.
Ella, con una mirada que reflejaba la firmeza de su testimonio, dijo: “Lo único que nos falta ver es la propia mano de Jehová para tener mayor certeza de que nos bendice a través del pago de nuestro diezmo”.
El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “Sé que hay personas que se encuentran en circunstancias difíciles. Sé que muchos están desempleados. Sé que muchos trabajan por salarios muy reducidos. Sé que viven en pequeñas casas, sencillas e inadecuadas, que es para lo único que les alcanza. Creo que no saldrán de la pobreza a menos que paguen sus diezmos […]. Es el momento de establecer fortaleza en el Evangelio, y eso implica el pago del diezmo […]. Lo que realmente importa es la obediencia al mandamiento del Señor” (Reunión de capacitación de las Autoridades Generales, 2 de octubre de 2001).
Sé que esta declaración se aplica a nuestra vida temporal, así como a nuestra vida espiritual. Estoy seguro de que el pagar diezmos y ofrendas aumentará nuestra capacidad espiritual al poner a Dios en primer lugar y ofrecer nuestras “primicias [del] rebaño” (Moisés 5:5).
Testifico que un poder y una dirección espirituales, hasta ahora desconocidos, llegarán a nosotros conforme guardemos la ley de obediencia y sacrificio. Encontramos evidencia de esta verdad en la sencilla declaración del Señor después de que Adán ofreció el sacrificio: “Y en ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo” (Moisés 5:9).
El élder David A. Bednar señaló: “La imagen de las ‘ventanas’ de los cielos que usó Malaquías es instructiva (véase Malaquías 3:10). “Las ventanas permiten que la luz natural entre en un edificio. “Del mismo modo, la perspectiva y la iluminación espiritual se derraman a través de las ventanas de los cielos a nuestra vida cuando honramos la ley del diezmo” (“Las ventanas de los cielos”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 18).
Testifico que Jesucristo es el ejemplo perfecto de cómo poner a Dios en primer lugar en nuestra vida. Testifico que Él dio Su vida como símbolo de completa sumisión a la voluntad de Su Padre. Él es el Cristo, el Redentor y Salvador de todos nosotros. Dallin H. Oaks es Su profeta. Doy testimonio solemne de que Él vive, en el nombre de Jesucristo. Amén.