Voces de los miembros
La música, un puente hacia Dios
En una casa de Paysandú, Uruguay, una niña de seis años se acercaba al piano familiar. Desde el primer momento en que sus dedos tocaron las teclas, algo se encendió en su corazón. Así comenzaba la extraordinaria historia musical de Clelia Raymunda Genta de Rush. A los once años, comenzó a tocar el piano en la reunión sacramental de su barrio y no dejó de hacerlo hasta los ochenta y seis años. Cada domingo, durante más de siete décadas, su música acompañó los himnos que elevaban el alma de los santos.
Uno de sus recuerdos más preciados ocurrió cuando tenía quince años. Durante las noches de Navidad y Año Nuevo, salía con su papá y sus dos hermanos a visitar a los vecinos. Ella tocaba la guitarra, sus hermanos cantaban y su padre sostenía la lámpara para que ella pudiera leer la partitura. Juntos llevaban canciones y espíritu navideño a cada puerta.
A lo largo de su vida, la música no solo fue un don, sino también un refugio. Ella compartió: “Yo hablo con el piano. La música me da un descanso al alma. Cuando toco música y la escucho, entro en el mundo del Señor”. El presidente Russel M. Nelson dijo: “La música tiene el poder de nutrir espiritualmente; tiene el poder de sanar; tiene el poder de fomentar la adoración, permitiéndonos contemplar la Expiación y la restauración del Evangelio”.
A los cuarenta y dos años, esta mujer de manos consagradas se mudó a Honduras, donde continúa viviendo. Allí también dejó una profunda huella como pianista del coro “Voces de Israel”, participando en innumerables presentaciones que edificaron a muchas personas dentro y fuera de la Iglesia. En cada nota que tocó, transmitía algo más que una melodía: transmitía un testimonio. Ella no solo tocaba el piano, ella ministraba con su música.
El presidente Boyd K. Packer ha enseñado: “Un organista que tiene la sensibilidad para tocar suavemente la música de preludio del himnario modera nuestros sentimientos y nos lleva a repasar en nuestra mente las letras que enseñan las cosas pacíficas del reino. Si escuchamos, nos están enseñando el Evangelio, porque los himnos de la Restauración son, de hecho, un curso de doctrina”. Este principio ha sido evidente en la vida de la hermana Clelia, cuya dedicación a tocar en la reunión sacramental ha ayudado a generaciones de miembros a sentir el Espíritu cada domingo.
Hoy, a sus ochenta y siete años, ya no toca todos los domingos, pero sigue amando profundamente la música. Su historia es un himno vivo de fe, sacrificio y servicio. La música la ha acompañado siempre. Es el lenguaje que usa para hablar con el Señor: “Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mí, y será contestada con una bendición sobre su cabeza”. Y, ciertamente, su vida ha sido una larga y hermosa oración convertida en música.