2025
Preciosos bonsáis y preciosos testimonios
Septiembre de 2025


“Preciosos bonsáis y preciosos testimonios”, Liahona, septiembre de 2025.

Preciosos bonsáis y preciosos testimonios

Cada testimonio es un don de valor incalculable que requiere una intensa devoción personal y fe para que perdure como algo que aporta belleza y gozo.

bonsái

Fotografía por cortesía del autor

En un hermoso parque del centro de Tokio, Japón, vi algo que me asombró. Junto a un sendero que atravesaba el parque había una pared a la que estaban atadas más de una docena de macetas pequeñas, cada una de las cuales contenía un bonsái. Cada árbol de singular belleza tenía un pequeño letrero que indicaba su edad. La mayoría tenía más de cien años.

Uno de ellos, de 390 años de antigüedad, todavía daba fruto. Otro tenía dos troncos entrelazados: uno muerto y el otro vivo. Tenía unos asombrosos 590 años de antigüedad.

Imaginé cómo cada bonsái debía haber sido cultivado y podado originalmente, con gran orgullo y gozo. Más adelante, los árboles probablemente se convirtieron en reliquias familiares. Pensé en padres ancianos que encargaban a sus hijos la responsabilidad de nutrir con ternura el bonsái de la familia, mantenerlo a salvo de daños y preservarlo para las generaciones futuras.

Esos árboles en miniatura en Tokio han sobrevivido a terribles guerras y épocas de paz, a grandes tormentas y momentos de clima tranquilo. Son un testimonio extraordinario de devoción, tradición y cuidado amoroso.

Un regalo preciado

Desde que vi aquellos bonsáis, me ha intrigado pensar en cómo las familias multigeneracionales de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días comienzan con un miembro pionero de la familia que obtiene un preciado testimonio del Evangelio restaurado.

El testimonio de cada miembro nuevo de la Iglesia comienza cuando “[da] lugar” a la palabra de Dios, o la planta en el corazón y luego la nutre (véase Alma 32:28). A medida que crece el testimonio, las acciones de ese miembro nuevo cobran forma y se podan para dar lugar a un estilo de vida diferente.

A lo largo de las muchas pruebas y tormentas de la vida, se fortalece un testimonio nutrido de Jesucristo y de Su Iglesia. Al igual que un bonsái, un testimonio se comparte y se transmite como un don preciado para que las generaciones sucesivas también crezcan y se nutran.

Cada generación tiene la gran responsabilidad de hacer suyo ese testimonio. Es un don inestimable, pero frágil. Para que perdure como algo que aporte belleza y gozo se requieren una intensa devoción y fe personales.

No sabemos cuán grande era el árbol que Lehi vio en su sueño, pero sí sabemos que era sumamente hermoso y que él no podía esperar a compartir su fruto con su familia (véase 1 Nefi 8). La familia de Lehi llegó a ser un ejemplo vívido de una familia de varias generaciones, que a veces lograban transmitir tradiciones rectas, y otras veces, tristemente, veían cómo sus testimonios se marchitaban y morían ante la adversidad, la desobediencia y las pruebas.

Nos regocijamos en aquellos que, como los primeros Santos de los Últimos Días en sus familias, nutren sus jóvenes testimonios al hacer y guardar convenios sagrados. Y damos gracias a esos santos pioneros por la forma en que transmiten su amor por Dios a las generaciones futuras.

Los padres, los maestros, los jóvenes y los jóvenes adultos que dan prioridad a las reuniones dominicales, al servicio en el templo y a la asistencia a Seminario, Instituto y las conferencias para los jóvenes y los jóvenes adultos —y ponen al Salvador en primer lugar en su vida— están proporcionando el terreno espiritual y el alimento para que se desarrollen los testimonios jóvenes.

Al igual que los bonsáis que vi en Tokio, nuestro testimonio de Jesucristo y de Su Evangelio restaurado es una posesión inestimable que bendecirá a nuestros seres queridos. Ese testimonio puede convertirse en nuestro legado si lo nutrimos, atesoramos y compartimos de generación en generación.