“Si Dios tuviera una iglesia en la tierra”, Liahona, septiembre de 2025.
Retratos de fe
Si Dios tuviera una iglesia en la tierra
Les dije a los misioneros que no perdieran el tiempo, que yo tenía mis propias creencias. Sin embargo, luego descubrí que sus enseñanzas coincidían con lo que yo creía sobre la familia, un amoroso Padre Celestial y la Iglesia del Salvador.
Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a diferentes iglesias. Más adelante, en mi adolescencia, comencé a acudir a Dios y a leer la Biblia. Me sentía bien.
Al pensar en Dios y en el propósito de la vida, me di cuenta de que era importante tener una familia. Creía que los líderes de la iglesia debían enseñar por medio del ejemplo, pero en la iglesia a la que yo había asistido los sacerdotes no estaban casados. Eso no tenía sentido para mí. Yo creía que era bueno estar casado y tener una familia.
En ese entonces yo tenía dieciséis años y una novia a la que quería mucho, pero que me dejó. Eso fue difícil para mí y sufrí mucho durante casi un año. Debido a esa experiencia, quise entender de dónde venía, por qué estaba en la tierra, cuál era el propósito de la vida y qué sucede después de la muerte. Quería encontrar la respuesta a esas preguntas por mi cuenta. Sin embargo, después de pensar en ellas durante mucho tiempo, acudí a Dios de nuevo y me dije a mí mismo: “El Creador de la vida conoce la vida mejor que yo. Debería buscar las respuestas en Él”.
Al leer la Biblia, aprendí que Jesús llamó a doce apóstoles. Pensé: “Si Dios tuviera una iglesia en la actualidad, debería tener apóstoles”. Me sentía cada vez más atraído por la religión y quería ser bautizado.
Cuando hablé sobre Dios con mi padre, él me dijo que Dios es justo; me dijo que te bautizas para ser salvo o estás condenado al infierno para siempre. No quería creer que un amoroso Padre Celestial se complacía en enviar a Sus hijos al infierno para siempre solo porque no habían sido bautizados. ¿Qué sucedía con aquellos que no tuvieron la oportunidad de ser bautizados?
En Francia hay pocos creyentes. Tenía amigos que eran buenos, pero no estaban bautizados. Llegué a la conclusión de que no era correcto pensar que todos ellos irían al infierno.
Así que decidí formar mis propias creencias. Creía en un Dios cuyo amor es perfecto y que haría todo lo que estuviera a Su alcance para salvar a Sus hijos. Sus hijos decidirían si no querían recibir Su gloria, pero Él les daría una oportunidad.
Un desvío hacia la conversión
Un día, dos misioneros de tiempo completo que estaban trabajando en mi pueblo sintieron la impresión de desviarse para ir a su casa. En el camino, se encontraron con mi madre. Ella los detuvo y fijó una cita para que yo me reuniera con ellos. Eso no me gustó demasiado. Yo no quería hablar con ellos, pues pensé que me dirían: “Debes escucharnos, debes creer lo que te vamos a decir”.
Cuando los misioneros llegaron a nuestra reunión, les dije: “No pierdan el tiempo, tengo mis propias creencias. Lo que están haciendo es bueno, pero yo creo que la familia es muy importante. Creo que los líderes de la iglesia deben estar casados. Creo que una iglesia debe tener doce apóstoles. Creo que Dios salvará a tantos de Sus hijos como pueda. Y no creo en fumar ni en beber”.
Me sorprendió descubrir que sus enseñanzas coincidían con las mías. Me entregaron un Libro de Mormón y me pidieron que orara al respecto. Sentí el Espíritu cuando leí el libro y sentí el Espíritu con los misioneros. Pero pensé: “Tal vez yo solo estoy generando estos sentimientos positivos”.
Oré y recibí una respuesta en un sueño. En ese sueño, abrí la Biblia, esta contenía un índice con pestañas con los diferentes libros de la Biblia. La última pestaña decía “Mormón”. Ese mensaje me ayudó a entender que la Biblia y el Libro de Mormón contenían el mismo Evangelio (véase Ezequiel 37:15–19).
Mi testimonio se fortaleció aún más por medio de otras experiencias al leer y estudiar el Libro de Mormón. Cuando los misioneros me invitaron a ser bautizado, acepté con gozo. Fui bautizado exactamente un año después de que mi novia me dejara. Mi bautismo fue un gran cambio en mi vida. Perdí algunos amigos cuando me uní a la Iglesia, pero encontré otros nuevos en la rama a la que asistía.
“El Evangelio me trajo mucha luz y felicidad”, dice Nicolas. “Dios me bendijo. Conocí a una buena mujer y tenemos tres buenas hijas”.
El Evangelio me trajo mucha luz y felicidad. Fui lleno del Espíritu y de gozo. Pensé: “Todo lo que he sufrido antes me ha traído aquí”.
Dios me bendijo. Conocí a una buena mujer y tenemos tres buenas hijas. Dos de ellas han servido en misiones y ayudaron a otras personas a saber lo que yo llegué a entender hace años, que “la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”, que “los muertos que se arrepientan serán redimidos, mediante su obediencia a las ordenanzas de la casa de Dios” (Doctrina y Convenios 138:58) y que el Señor llama a apóstoles y profetas en nuestros días para dirigir Su Iglesia (véase Efesios 2:20).