Voces de los miembros
Por la obra del Señor, yo haría cualquier cosa
De niño, mi abuelo solía contarme muchas historias. Una de las que más recuerdo es la de un hombre llamado Ibeorgun, un hombre blanco que, según decía, bajó de los cielos y predicó al pueblo en tiempos antiguos. Otra historia que me marcó fue la de tres personas que, con gran fe, construyeron barcos con forma de tinajas y cruzaron el mar. No puedo evitar pensar que se trataba de la familia de Jared. Con el tiempo, estas historias que escuché de niño han fortalecido profundamente mi vínculo con el Libro de Mormón. Siento que hay una conexión espiritual entre las enseñanzas de mi abuelo y los relatos sagrados que leo hoy.
Mientras vivíamos en las islas, mi familia sufrió mucha persecución por parte de nuestro propio pueblo. Señalaron a mi prima de loca e incluso decretaron que debía morir. Por esa razón, mi familia se vio obligada a huir, para poder vivir el Evangelio en libertad, lejos de las islas.
A los doce años aproximadamente, viajé hacia la ciudad de Panamá desde las islas de Guna Yala. Tenía un deseo ferviente de ir a una misión. Tuve que trabajar mucho en diferentes tipos de trabajos para poder ahorrar el dinero suficiente para mi misión y para ayudar a mi mamá. Adicionalmente, muchas personas me apoyaron. Antes de ir a la misión, fui a visitar a mi mamá. Cuando llegué a casa, ella se acercó y trajo una caja en donde estaba todo el dinero que yo le había mandado, más el que ella recogía; me lo guardaba para mi misión. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero también me fortaleció.
Serví en la misión entre 1975 y 1977, en Nicaragua y Honduras. Al regresar, recibí algunos llamamientos. Un día, el presidente de la misión de San José, Costa Rica —el presidente Moren— me pidió hablar con él. Me preguntó si estaba trabajando y le respondí que sí. Entonces me dijo:
“¿Estarías dispuesto a dejarlo por la obra del Señor?”.
Le contesté sin dudar: “Por la obra del Señor, haría cualquier cosa”.
Entonces me explicó que abriría las misiones cerradas en Guna Yala. Yo tenía apenas veintiún años en ese entonces. Días después de llegar a las islas, me llamaron al Congreso Guna y me preguntaron: “¿Por qué has venido?”. Y les dije: “Yo vengo a traer buenas obras y a enseñar a tus hijos el comportamiento y el respeto que deben tener, por medio de la Iglesia y de Jesucristo”—. Después de terminar la conversación me dejaron ir. Al día siguiente, el Saila vino a mi casa y me dijo: “Luis, si tú dices que vas a ayudar a aconsejar al pueblo, entonces aceptamos tu iglesia”.
Me fui y en cada lugar al que llegaba sentía un Espíritu muy grande que me acompañaba. No podía imaginar de dónde salían esas palabras. Simplemente se me salían solitas. Predicaba en cada isla y la gente se maravillaba. Hoy, yo no podría hacer eso, pero recuerdo claramente cuando el presidente de misión puso sus manos sobre mi cabeza y dijo que mi lengua iba a desatarse. Y en verdad, mi lengua se desató con palabras tan buenas, que solo los grandes podían entenderlas. Solo Dios podía hacer algo así.
En solo dos semanas, se fueron abriendo las puertas para predicar el Evangelio en cada isla. Yo no podía entenderlo. Serví durante dos años. Luego, el presidente me dijo que debía casarme para poder seguir progresando y así comencé a prepararme para seguir su consejo.
Testifico, al igual que Nefi, que el Señor prepara el camino para que podamos cumplir con lo que nos manda. Solo debemos confiar en Él y estar dispuestos a servirle.
Con la colaboración de Jessenia Contreras de Paredes