“Dejar que la luz de Cristo brille a través de nosotros: Reflexiones sobre mi papá”, Liahona, diciembre de 2025.
Mujeres del convenio
Dejar que la luz de Cristo brille a través de nosotros: Reflexiones sobre mi papá
Nuestra luz brilla más cuando amamos como Jesús amó.
Ilustración por David Green
Tal vez haya alguien que haya pasado al otro lado del velo, alguien en quien piensen un poco más en diciembre y durante la época navideña.
En mi caso, esa persona es mi papá. Su cumpleaños era en diciembre. Él falleció justo después de la Navidad hace casi dieciocho años.
Mi papá siempre tuvo un trabajo que le requería viajar.
Viajaba en avión cuando todavía no había auriculares ni audífonos. No había pantalla en el respaldo del asiento que tenía enfrente, ni entretenimiento en línea, ni teléfono celular, tableta o computadora portátil.
En aquel entonces, para pasar el tiempo mientras uno viajaba, había tres opciones: dormir; leer un libro, una revista o un periódico; o hablar con la persona que estuviera sentada al lado.
Mi papá siempre escogía la tercera.
Regresaba a casa de cada viaje con una historia sobre su compañero de asiento. ¡La historia de vida de esa persona!
No sé cuánto hablaba mi padre acerca de sí mismo, pero tenía una habilidad extraordinaria, un don para escuchar. La gente se sentía cómoda con él; lo suficientemente cómoda como para compartir sus historias personales, sus penas, sus triunfos y todo lo demás.
Y como mi papá siempre era optimista, un verdadero discípulo de Jesucristo, sé que las personas salían del avión sintiéndose reconocidas, escuchadas, amadas, felices y un poco más optimistas que cuando abordaron el avión.
Mi papá creía en algo que el élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Cuórum de los Doce Apóstoles, una vez escribió: “El mismo Dios que colocó aquella estrella en la órbita precisa miles de años antes de que apareciera sobre Belén, en celebración del nacimiento del Niño, ha prestado por lo menos igual atención al colocarnos a cada uno de nosotros en las órbitas humanas precisas a fin de que, si lo deseamos, podamos iluminar el paisaje de nuestra vida, para que nuestra luz no solo guíe a los demás, sino para que también les dé calor”.
En otra ocasión, el élder Maxwell expresó esta idea del siguiente modo: “El plan y la precisión [de Dios] no solo se refieren a las órbitas astrofísicas, sino también a las órbitas humanas. […] Al igual que la estrella de Navidad, cada uno de nosotros, si es fiel, tiene una órbita ordenada”.
¿Prestarán atención a las personas que están en su órbita humana?
¿A quién ha puesto el Dios mismo del universo en el camino de ustedes?
Como discípulos de Jesucristo, ¿cómo pueden ustedes poner más intención al hecho de dar calor y luz a esas personas en su camino?
La fuente de toda luz, nuestro Salvador, Jesucristo, nos pide que dejemos que la luz que obtenemos de Él brille a través de nosotros (véanse Mateo 5:14–16; 3 Nefi 12:14–16). Una manera de hacerlo es prestando atención a las personas que nos rodean, reconociendo su presencia, escuchándolas, amándolas. Nuestra luz brilla más cuando amamos como Jesús amó.
En esta época en que celebramos el nacimiento de Aquel que es la fuente de toda luz, declaro mi convicción de que Él está al tanto de nosotros, individualmente, y de que nos ama a cada uno de nosotros. Él no solo ilumina el camino, sino que también, mediante Su Expiación infinita e íntima, proporciona el camino que nos lleva a casa.