“Venir a Cristo y recibir Sus dádivas”, Liahona, diciembre de 2025.
Venir a Cristo y recibir Sus dádivas
Por medio de Cristo, la dádiva más grande de todas, recibimos todo lo que realmente importa, ahora y siempre.
Cuando era adolescente, esperaba ansiosamente un regalo caro para Navidad y, a menudo, hablaba de él sin tener en cuenta la situación económica de mis padres.
Cuando llegaba la Navidad, el regalo que anhelaba no estaba bajo el árbol. Al principio me sentía decepcionado, pero esa decepción pronto se convertía en vergüenza cuando me daba cuenta de que mis padres llevaban pesadas cargas económicas, ya que mantenían a mi hermano en una misión y a mi hermana en la universidad, además de proveer para mí, su hijo menor.
A medida que avanzaba la mañana, me daba cuenta de que bajo el árbol había poco para ellos y mucho para mí. En mi egoísmo, no había notado el amor y el sacrificio que mis padres me habían mostrado todo el tiempo.
Años más tarde, después de regresar de mi misión, volví a pasar la Navidad a solas con mis padres. Ellos brillaban de gozo mientras me veían abrir los regalos que había debajo del árbol y, una vez más, casi todos eran para mí.
En aquella ocasión, vi las cosas de manera diferente. Mi experiencia como adolescente me había enseñado una valiosa lección. No solo estaba agradecido por los regalos, sino que me sentí profundamente conmovido por el amor de mis padres y por los sacrificios que voluntariamente habían hecho por mí.
La dádiva más valiosa de todas
He llegado a entender que algunas dádivas son más valiosas que otras y, a menudo, esas dádivas requieren sacrificio por parte de quien las da.
El Libro de Mormón declara: “Hay una [cosa] que es más importante que todas las otras” (Alma 7:7), y es la vida y la misión de Jesucristo. De hecho, la dádiva más grande que se ha dado a la humanidad es Jesucristo: Su nacimiento, Su vida perfecta, Su sacrificio expiatorio y Su gloriosa Resurrección.
Esa dádiva supuso un gran sacrificio, y toda bendición eterna fluye de Él. Al aceptar Su invitación de “veni[r] a [Él]” (Mateo 11:28), descubrimos las dádivas que realmente importan.
Ejercer fe en Él
Cuando menos parece que funciona, es cuando más fe se necesita. Puede ser difícil mantener la fe en momentos de desafíos. Sin embargo, si perseveramos, el Señor nos bendice.
Los nefitas fieles afrontaban la amenaza de la destrucción si no aparecían las señales del nacimiento de Cristo. A pesar de sus terribles circunstancias, permanecieron firmes en su fe (véanse Helamán 14:2–5; 3 Nefi 1:6–9).
El profeta Nefi oró fervientemente por la salvación de su pueblo y, en respuesta, el Señor proporcionó esta consoladora declaración: “Alza la cabeza y sé de buen ánimo, pues […] esta noche se dará la señal, y mañana vengo al mundo” (3 Nefi 1:13).
Esa noche no hubo oscuridad. Al día siguiente, apareció en el cielo una nueva estrella que proclamaba el nacimiento de Jesucristo, “la luz, la vida y la esperanza del mundo”. Aquellos que se mantuvieron firmes tuvieron la bendición de comprender que el Señor profetizado había venido.
La fe es una dádiva
El élder Neil L. Andersen, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha explicado que la fe en Jesucristo es una dádiva divina que se nos otorga cuando elegimos creer en Él y lo buscamos fervientemente. En el Libro de Mormón, Éter enseñó que, a medida que nuestra fe crece, podemos tener la esperanza de un mundo mejor (véase Éter 12:4).
Hace años, en un vuelo durante un viaje de negocios en Brasil, me senté junto a un hombre que acababa de perder a su única hija en un accidente automovilístico. Estaba desconsolado y sin esperanza. Cuando llegó el momento oportuno, hablamos de cosas sagradas que pueden unir a las familias por la eternidad. Compartí mi testimonio de que, por medio de Cristo, él y su hija podrían reunirse de nuevo y estar juntos para siempre. Su desesperación se convirtió en esperanza y lloró con ese conocimiento recién descubierto.
No sé si ese hombre alguna vez se unió a la Iglesia, pero sé que, en ese momento, encontró la esperanza solo disponible por medio del sacrificio y las bendiciones de Jesucristo.
El sacrificio nos acerca a Él
El mayor ejemplo de sacrificio es la disposición de nuestro Padre Celestial a enviar a Su Hijo, Jesucristo, al mundo (véase Juan 3:16). Y Cristo, en perfecta obediencia, lo sacrificó todo para someterse a la voluntad del Padre (véase Mateo 26:39, 42).
Si verdaderamente amamos a Cristo, le ofreceremos nuestro propio sacrificio: un corazón humilde y nuestra disposición a seguirlo (véase Doctrina y Convenios 59:8).
El apóstol Pablo enseñó que la ley fue un ayo para llevarnos a Cristo a fin de que fuésemos justificados por la fe. Sin embargo, una vez justificados, ya no estamos bajo el ayo, porque nos convertimos en hijos de Dios (véase Gálatas 3:24–26).
A medida que nuestra fe aumenta, los mandamientos llegan a formar parte de nuestra naturaleza; nos ayudan a allegarnos al Salvador y Él promete allegarse a nosotros (véase Doctrina y Convenios 88:63). Además, por medio de la obediencia, llegamos a ser más semejantes a Él y, al hacerlo, nos preparamos para recibir la dádiva suprema de la vida eterna (véase Doctrina y Convenios 14:7).
Ligados a Él
El mundo está en conmoción y Satanás procura distraernos con temor e incertidumbre (véanse Doctrina y Convenios 45:26; Lucas 21:26). Sin embargo, el Padre ha proporcionado una vía para vencer: Su Hijo, Jesucristo.
Aunque la vida presente desafíos, el unirnos a Cristo mediante ordenanzas y convenios nos otorga acceso a Su fortaleza y poder redentor. El presidente Russell M. Nelson ha enseñado que pertenecer al convenio nos une al Señor “de una manera que hace que todo en la vida sea más fácil”. Más fácil; no fácil. Y el poder está al alcance de aquellos que están dispuestos a hacer y guardar convenios sagrados, los cuales también se cuentan entre las grandes dádivas de Dios para nosotros, Sus hijos.
En esta época navideña testifico que, por medio de Cristo, la dádiva más grande de todas, recibimos todo lo que realmente importa, ahora y siempre.