2025
“Los errores son una oportunidad para el proceso enseñanza – aprendizaje”
Abril de 2025


Sección Doctrinal

“Los errores son una oportunidad para el proceso enseñanza – aprendizaje”

Muchos conocen a Henry Eyring, el padre del presidente Henry B. Eyring, Segundo Consejero del presidente Russell M. Nelson en la presidencia de la Iglesia.

A Henry Eyring se le conoce coloquialmente con el sobrenombre de “el científico”. Y, en palabras de un colega no miembro de la Iglesia, es uno de los científicos más importantes del siglo XX. Henry Eyring tiene todos los galardones que se pueden conseguir en el campo de su especialidad, que es la fisicoquímica. Y solo le falta el premio Nobel, que, según este colega no miembro de la Iglesia, no lo recibió porque la Academia Sueca tenía prejuicios en aquella época contra los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Henry Eyring era un gran profesor, y su esfuerzo en la Iglesia se dedicó, entre otras muchas cosas, a enseñar a los jóvenes Santos de los Últimos Días que la Ciencia y la Religión, cuando ambas son verdaderas, son perfectamente compatibles. Y que, por tanto, no es necesario tomar la decisión de creer en una, en detrimento de la otra, que era un dilema que muchos jóvenes tenían cuando iban a la Universidad, debilitando sus testimonios de la Iglesia y del Evangelio restaurado.

Su tercer hijo, Harden Romney Eyring, cuenta una experiencia que a mí me ha hecho pensar mucho desde que la leí hace años; contó lo siguiente: “Cuando yo hacía alguna tontería, mi padre se apiadaba de mí, y me contaba alguna experiencia de su vida para ayudarme a aprender algo. Por ejemplo, cuando yo tenía trece años, me subí un día en el coche nuevo de la familia, para dar un paseo. Yo apenas llegaba a los pedales, y casi no podía mirar por el parabrisas y pisar los pedales al mismo tiempo. Al volver del paseo, cuando iba a entrar en la calle que llevaba a nuestro vecindario, un coche se me puso detrás, y yo, asustado, aceleré para alejarme, y eso me hizo entrar tan deprisa en nuestro jardín, que choqué con la pared de nuestra casa. Afortunadamente, esa pared era un muro de piedra, y no de madera, porque, si no, habría estacionado el coche en el centro del salón. Después de aquello, los arbustos no necesitaron una poda durante años.

Mi madre me hizo pagar los daños causados al coche, y mis hermanos me dieron la espalda por lo que había hecho al vehículo familiar. Pero mi padre me sentó a su lado, y me contó una historia. Me contó que una vez cogió la escopeta de su padre que estaba colgada en la pared, encima de la chimenea, y salió al porche para asustar a un muchacho vecino suyo que pasaba en ese momento delante de la casa. Como pensaba que la escopeta no estaba cargada, le apuntó y apretó el gatillo. Y, para su espanto, salió un disparó con un estruendo ensordecedor. “Afortunadamente” -dijo-, “tengo muy mala puntería, y no acerté a darle”. Por la cara que puso mi padre, y por el tono de voz, supe que el recuerdo de aquella experiencia que podría haber cambiado completamente el curso de su existencia, todavía le atormentaba. Así que esa historia de su vida alivió la vergüenza y la angustia que sentía yo por haber dado un golpe al coche. Y supe que él me amaba; y yo lo amaba a él también” (Henry Eyring, “Reflections of a Scientist”, Deseret Book Company, Salt Lake City, Utah, 1983, p. xi. Trad.).

Al contar esa experiencia a su hijo, era como si Henry Eyring le estuviera diciendo: “Hijo, no me preocupa el coche, me preocupas tú. La próxima vez, ten cuidado, porque podrías haberte hecho daño tú, o podrías haber hecho daño a otra persona”.

Los errores no son una excusa para castigar, sino para enseñar: son momentos idóneos para la enseñanza y para el aprendizaje.