De la Publicación semanal para jóvenes adultos
Aprender que mi valor individual no está ligado a la perfección
Cuando dejé de confundir la obediencia con mi valor individual, por fin comprendí la gracia.
¿Alguna vez has sentido que Dios está cansado de que repitas los mismos pecados una y otra vez? ¿O como si tu valor individual dependiera de lo bien que obedezcas y sigas las reglas?
Si te has sentido así, debes saber que no estás solo.
Desde que era niña, he ligado mi autoestima a ser la niña “buena”, o al menos la niña que no cometía errores. Ansiaba aprobación, así que hacía todo lo posible por ser la mejor alumna, la mejor hija, la que siempre coloreaba dentro de las líneas.
Pero los niños cometen errores. Los alumnos necesitan que se les corrija. Crecer significa aprender, a veces a través de fracasos, desafíos o errores. Aun así, aunque sabía que eso era cierto, cada error parecía una grieta en mi valor. Cuando no cumplía las expectativas a la perfección, me sentía menos valiosa para mi familia, mis maestros y mis compañeros.
Recordar por qué vino Cristo
Esa mentalidad perfeccionista se trasladó rápidamente a mi fe cuando me uní a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, a los dieciocho años. Creía que ser la miembro más obediente me hacía valiosa a los ojos del Padre Celestial. Una vez más, estaba midiendo mi valor individual por lo bien que seguía las reglas.
Aunque mis intenciones eran sinceras, estaba equivocada; esa forma de pensar erosionaba lentamente mi confianza.
Entonces, ¿qué cambió?
Para mí, fue la Conferencia General de abril de 2025, concretamente un discurso pronunciado por la hermana Tamara W. Runia, Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes. Ella dijo: “Testifico que, aunque a Dios le importan nuestros errores, le importa más lo que sucede después de que cometamos un error”.
Yo estaba en la sala de mi casa, y las lágrimas corrían por mi rostro. El Espíritu me habló al corazón y me recordó que me había equivocado al vincular mi obediencia a mi valor individual, y que necesitaba ver las cosas de otra manera.
Dios no me valoraba menos cuando cometía errores. Había estado muy equivocada al creer eso. La hermana Runia continuó enseñando que, cuando nos arrepentimos, Dios se regocija. Cada semana, cuando tomo la Santa Cena, tengo la oportunidad de renovar mis convenios, volver a empezar, intentarlo de nuevo.
El valor individual es constante, siempre
La parte del discurso que realmente me impactó fue cuando la hermana Runia ilustró nuestro valor individual como hijos de Dios con sus manos.
Levantó la mano izquierda para representar el valor inherente de alguien; luego usó la mano derecha para mostrar los altibajos de la vida: errores, éxitos, luchas y progresos. A medida que la mano de la “obediencia” se movía hacia arriba y hacia abajo, la mano del “valor” permanecía quieta.
La hermana Runia testificó: “Su valor no depende de la obediencia. Su valor es constante, no cambia nunca. Dios se lo dio, y no hay nada que ustedes ni nadie puedan hacer para cambiarlo. La obediencia trae bendiciones, eso es verdad; pero el valor no es una de ellas. Su valor es siempre ‘grande a la vista de Dios’ [Doctrina y Convenios 18:10], sin importar a dónde los hayan llevado sus decisiones”.
Esa era una poderosa verdad que necesitaba aprender.
Revelación para mi alma
Durante esa conferencia general, el Padre Celestial respondió una pregunta que yo no me había dado cuenta que estaba profundamente arraigada en mi alma. Fue una revelación para mi corazón que deshizo décadas de baja autoestima y falta de confianza y, en cambio, me llenó con Su amor y misericordia puros.
El Evangelio de Jesucristo es un evangelio de esperanza, porque enseña el arrepentimiento. Por medio de nuestro Salvador, Jesucristo, podemos ser renovados, purificados y santificados. Él verdaderamente se deleita en perdonarnos. Es por eso que sufrió voluntariamente por nuestros pecados y aflicciones. A medida que he recordado esa verdad y me he centrado en la infinita misericordia que me ofrece cada vez que acudo a Él, he sentido que mi autoestima aumentaba y mi inseguridad se desvanecía.
Si alguna vez has sentido que tu valor depende de tu obediencia, recuerda cuánto te aman el Padre Celestial y Jesucristo de manera perfecta. Ellos han proporcionado una manera para que seas redimido. Pregúntale al Padre Celestial cómo te ve Él, y luego deja que esa verdad se asiente profundamente en tu alma.
Aférrate a ella. Nunca vuelvas a dudarlo.