Publicación semanal para jóvenes adultos
Tenía miedo de hablar con mi obispo. ¿Cómo reaccionaría él?
Liahona, enero de 2026


“Tenía miedo de hablar con mi obispo. ¿Cómo reaccionaría él?”, Liahona, enero de 2026.

De la Publicación semanal para jóvenes adultos

Tenía miedo de hablar con mi obispo. ¿Cómo reaccionaría él?

Yo había estado tomando malas decisiones, pero al hablar con mi obispo, todo lo que sentí fue consuelo.

Un hombre saludando a su obispo.

Cuando viví solo por primera vez, sentí una nueva sensación de libertad.

Me había mudado a Filipinas para comenzar la universidad y volar a casa era caro, así que solo iba una vez al año para renovar mi visado. Al no contar con la fiel influencia cercana de mi familia, gradualmente me alejé del Evangelio.

Comencé a fumar, a beber y a hacer otras cosas que me habían enseñado eran contrarias a los mandamientos de Dios.

Recordar quién soy

Al principio no me importaba. Consideraba que las reglas de la Iglesia eran restrictivas. Seguía yendo a la iglesia, pero en el fondo me sentía indigno y dejé de tomar la Santa Cena durante meses.

Entonces, llegó el COVID-19 y eso detuvo todas mis actividades. Casi al mismo tiempo, me enteré de algo impactante: soy adoptado. Mis padres nunca me lo habían dicho y pasé por una pequeña crisis de identidad.

Me sentía distante de todo lo que una vez había creído. Sabía que tenía que descubrir de nuevo quién era yo realmente. Cuando finalmente volví a casa, les hablé a mis padres de todo, incluso de las decisiones que había estado tomando. En lugar de regañarme, reaccionaron con amor. Me recordaron quién soy realmente: su hijo y un amado hijo de Dios.

Ayuda para cambiar

Yo quería cambiar. Mis padres me animaron a hablar con mi obispo, comenzar el proceso de arrepentimiento y confiar en el poder redentor del Salvador.

¡Pero tenía miedo! Me preocupaba que me castigara o juzgara por mis decisiones. Normalmente no me importa lo que la gente piense de mí, pero mi obispo era un hombre increíble y no quería decepcionarlo contándole lo que había hecho.

Sin embargo, como enseñó el élder Scott D. Whiting, de los Setenta: “No se escondan de quienes los aman y los apoyan; más bien, corran hacia ellos. Los buenos obispos, presidentes de rama y líderes pueden ayudarlos a acceder al poder sanador de la Expiación de Jesucristo”.

Los obispos “poseen llaves del sacerdocio para actuar en representación del Señor al ayudar a los miembros de la Iglesia a arrepentirse”. En lugar de enfrentarme a un juicio severo cuando hablaba con él, todo lo que sentí en la oficina de mi obispo fue consuelo. Me di cuenta de que el Señor confiaba en él para que me ayudara y sentí que yo también podía confiar en él.

Mi obispo me animó a aprender sobre el Salvador y Su Expiación al desarrollar hábitos espirituales. Me reunía con mi obispo con regularidad y él me llamaba cada semana para saber cómo estaba. Me sentía muy querido cada vez que hablaba con él.

El don del arrepentimiento

Después de un tiempo, con la ayuda de mi obispo, me aparté de las malas conductas de mi vida. Aun así, me sentía inseguro de volver a tomar la Santa Cena. ¿Era realmente digno, incluso después de todo el trabajo que había hecho?

Sin embargo, mi obispo me tranquilizó; me recordó que yo no tenía que ser perfecto, solo estar dispuesto. Yo estaba haciendo lo mejor que podía, y el Salvador lo sabía y seguiría perdonándome mientras confiara en Su don del arrepentimiento.

La hermana Tamara W. Runia, Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, enseñó recientemente: “Venir a Cristo es decir: ‘¿Me ayudarás?’, con esperanza, con la certeza revelada de que Sus brazos están siempre extendidos hacia ustedes”.

Después de esa experiencia, comencé a renovar mis convenios por medio de la Santa Cena con confianza. Me sentí como una persona nueva, con un nuevo sentido de quién soy realmente y de lo que soy capaz de hacer con la ayuda del Señor. Incluso serví en una misión porque, después de ser testigo de lo mucho que el don de la redención del Salvador había cambiado mi vida, quise ayudar a los demás a encontrar la esperanza que Él me da cada día.

Los mandamientos no son restrictivos; existen porque Dios desea que tengamos éxito, progresemos y escapemos de la trampa del pecado. El centro del Evangelio de Jesucristo es el amor que Él y el Padre Celestial tienen por nosotros. Debido a que yo experimento ese amor perfecto, me estoy esforzando por llegar a ser más como Ellos.

Su don del arrepentimiento llena mi vida de gozo.