La victoria de nuestro Salvador
Nuestro Salvador, Jesucristo, logró la victoria sobre el pecado y la muerte, y Él puede bendecir tu vida exactamente donde te encuentras hoy.
The Resurrected Christ [El Cristo resucitado], por Wilson J. Ong
Con el paso de los años, me he vuelto cada vez más humilde al pensar, estudiar y hallar consuelo en el don de nuestro Salvador: la Expiación de Jesucristo. La mente humana apenas puede empezar a comprender cuán completamente el destino de la humanidad cambió debido a lo que sucedió en Getsemaní, en la cruz y en la tumba.
El Salvador nos ayuda y nos consuela
En mi llamamiento como Apóstol, he viajado mucho y he tenido el privilegio de conocer a niños, jóvenes y adultos de gran parte del mundo. Hay momentos de gran gozo en la vida, pero una cosa que he visto con mis propios ojos y sentido en lo profundo de mi corazón es que, además de felicidad y gozo, la vida tiene momentos de angustia y sufrimiento.
Me siento cada vez más atraído hacia el amor del Salvador y las bendiciones interminables que se nos prometen por medio de Su Expiación. En nuestras pruebas, el Salvador nos socorrerá o ayudará (véase Alma 7:12). Él no nos blindó contra las experiencias difíciles de la vida, sino que nos protegió del sufrimiento eterno y del distanciamiento del Padre Celestial. Él nos permitió, por medio de Su sufrimiento total, tener la posibilidad de un gozo perfecto y felicidad eterna en la presencia de Dios.
Thy Will [Tu voluntad], por Dan Wilson
El Salvador sufrió por nosotros
No puedo, con las palabras que conozco, describir los sentimientos en mi corazón por lo que debe haber ocurrido en el corazón, la mente, el cuerpo y el alma del Salvador en Sus sagrados momentos de total sufrimiento por los pecados y el dolor de toda la humanidad.
Todo comenzó cuando Jesús fue “a un lugar llamado Getsemaní” (Mateo 26:36). Él dijo a Sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). Luego oró tres veces para que Su Padre pasara esa copa de Él; sin embargo, Él dijo: “pero no sea como yo quiero, sino como tú”. “Hágase tu voluntad” (Mateo 26:39, 42, 44).
Sin pecado, Jesús bebió la amarga copa. Él tomó sobre Sí todos nuestros pecados y sufrió más allá de nuestra comprensión terrenal, de modo que al venir a Él y arrepentirnos, nuestros pecados y cargas son quitados de nosotros (véase 2 Corintios 5:21). Él hizo lo que nadie más podía hacer para permitirnos regresar a la presencia de nuestro Padre.
Después del sufrimiento en Getsemaní, Su agonía continuó: la traición de alguien que anduvo con Él, las burlas de gobernantes injustos, el dolor de Su cuerpo siendo flagelado, la corona de espinas clavada en Su cabeza por crueles y despiadados soldados (véase Juan 18:12; Marcos 15:16–20), y la pesada viga que echaron sobre la carne desgarrada de Su espalda a medida que avanzaba hacia el Gólgota (véase Juan 19:16–17).
En la cruz regresó la agonía extrema que sintió en Getsemaní. Jesucristo, el Hijo de Dios, llevó solo la comisión divina de Su Padre de dar Su vida. Los soldados y gobernantes no podían quitársela. Con reverencia y humildad, Jesús inclinó la cabeza y dijo: “¡Consumado es!” (Juan 19:30).
Balm of Gilead [Bálsamo de Galaad], por Annie Henrie Nader
¡El Salvador vive!
Habiendo cumplido Su misión divina, Él sería el primero en toda la historia de la humanidad en levantarse de la tumba a la inmortalidad.
Jesucristo rompió las cadenas y los grilletes de la esclavitud sempiterna de la muerte para toda persona que haya vivido o que vivirá en la tierra. Él venció a nuestro enemigo que está presente en todo; el enemigo de la muerte fue vencido para siempre.
El presidente Russell M. Nelson dijo: “Jesucristo tomó sobre Sí los pecados de ustedes, los dolores de ustedes, las angustias de ustedes y las debilidades de ustedes. ¡No tienen que cargar con ellos ustedes solos! Él los perdonará cuando se arrepientan, los bendecirá con lo que necesiten y sanará su alma herida”.
Como uno de Sus apóstoles ordenados, he vivido momentos espirituales y personales que me han brindado un testimonio seguro y certero de que Él vive. En esta época de Pascua de Resurrección, ruego que estas palabras permanezcan suavemente en nuestra mente y corazón: “No me dejes olvidar que fue por mí, oh Salvador, que sufriste en el Calvario, padeciendo mi dolor”, mientras nos regocijamos al cantar: “¡Cristo ha resucitado! […]. Cristo libertad nos dio, y la muerte conquistó”.