De la Publicación semanal para jóvenes adultos
Con nuestros bebés en la unidad de cuidados intensivos neonatales, acudimos a Cristo en busca de paz
El autor vive en Idaho, EE. UU.
El capítulo más aterrador de nuestra vida nos enseñó el sereno poder de la paz por medio de Jesucristo.
Fotografía por cortesía del autor
El mejor regalo de Navidad que mi esposa, Heidi, y yo hemos recibido fue traer a casa a nuestros gemelos de la unidad de cuidados intensivos neonatales.
Heidi y yo nos conocimos cuando estudiábamos en la universidad y, poco después de casarnos en el Templo de Rexburg, Idaho, nos enteramos de que estábamos esperando gemelos. Estábamos muy emocionados, pero a los pocos meses de embarazo, las cosas dieron un giro inesperado. Nuestros hijos nacieron prematuramente a las 27 semanas y pesaban unos 900 gramos [2 libras] cada uno. Los llevaron directamente a la unidad de cuidados intensivos neonatales, donde pasarían los siguientes cuatro meses luchando por sus vidas.
Confiar pese a las lágrimas
Esos primeros días fueron algunos de los más difíciles que hemos enfrentado. Recibíamos llamada tras llamada de los médicos y en cada una de ellas se nos informaba de más complicaciones o de más cirugías. Era abrumador. Pasamos muchas noches sin dormir llenas de oración, lágrimas y gran incertidumbre.
En medio de todo ese caos, tomamos la decisión consciente de confiar en el Padre Celestial. No era fácil. No sabíamos lo que nos deparaba el futuro, pero nos apoyamos en la fe que habíamos cultivado a lo largo de nuestra vida. Un pasaje de las Escrituras que nos dio mucha fortaleza fue Helamán 5:12, que dice que hay que establecer el fundamento sobre “la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo”.
Ese versículo nos ayudó a recordar que no estábamos solos. Jesucristo ya había andado la senda del dolor y la incertidumbre. Él entendía exactamente lo que estábamos sintiendo. Al mantenerlo a Él como el centro de nuestra vida, comenzamos a notar silenciosos recordatorios de que Dios estaba con nosotros.
Aferrarse a la esperanza
Ir al templo y sentarnos en el salón celestial nos brindaba los momentos de paz que tanto necesitábamos. Aunque no sabíamos cómo saldrían las cosas, nos sentíamos reconfortados. No significaba que todo saldría como esperábamos, más bien significaba que no llevaríamos aquella carga solos.
Un versículo que realmente se me quedó grabado durante ese tiempo fue Doctrina y Convenios 121:7: “Paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento”. Ese versículo me ayudó a cambiar la perspectiva. Nuestras pruebas parecían enormes en ese momento, pero desde una perspectiva eterna, eran solo un breve momento.
Centrarnos en Jesucristo nos ayudó a ver más allá del dolor del momento y a empezar a notar las bendiciones: que nuestros hijos se fueran fortaleciendo poco a poco, que recibiéramos menos llamadas telefónicas estresantes de los médicos y que familiares y amigos nos colmaran de amor y oraciones.
Mantener una perspectiva eterna
Por fin, el día de Navidad, nuestros hijos pudieron volver a casa con nosotros. Ahora, en retrospectiva, estoy muy agradecido. Nuestros hijos se están desarrollando y, aunque no le desearía esos meses a nadie, no cambiaría las lecciones que aprendimos. Llegamos a comprender lo que significa confiar en Dios y aferrarnos a la esperanza en Jesucristo.
No todas las historias terminan de la misma manera. Pero incluso cuando el resultado es diferente, Jesucristo ofrece la paz, el consuelo y la fortaleza para salir adelante. Si estás atravesando algo difícil en este momento, recuerda que esta vida no es el final. El Padre Celestial te ama. Él tiene un plan para ti. Y con Su ayuda, incluso los momentos más difíciles pueden llegar a ser parte de algo hermoso.
El élder Gerrit W. Gong, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo en una ocasión: “Cuando confiamos en Dios y en Su amor por nosotros, incluso nuestras más grandes zozobras pueden, finalmente, obrar juntamente para nuestro bien”. He visto esa verdad en mi propia vida.
Así que, cuando la vida se vuelva difícil, cuando el camino por delante parezca incierto, acude a Cristo. Deja que Él te ayude a llevar tus cargas. Con Él, podemos seguir adelante. Con Él, podemos hallar esperanza. Y con una perspectiva eterna, podemos confiar en que lo que sea que estemos pasando ahora no es el final de la historia.