Especialmente para los recién casados
Equilibrar las diferencias culturales en nuestro matrimonio
Centrarme en Cristo me ayuda a saber quién soy y quién puedo llegar a ser en mi matrimonio.
Mi esposo y yo crecimos en países diferentes. Diferentes continentes, en realidad.
Así que, como pueden adivinar, hubo varias diferencias que cada uno de nosotros puso sobre la mesa cuando comenzamos nuestro matrimonio: hábitos, peculiaridades, puntos de vista sobre la vida. Incluso aparte de nuestras diferencias culturales, somos bastante diferentes en muchos otros aspectos. Si bien eso a veces resultaba estresante, ambos sabíamos que aquellas diferencias palidecían en comparación con lo que teníamos en común: nuestro amor por el Evangelio de Jesucristo.
Mientras planeábamos la boda, hablamos bastante sobre cómo sería la dinámica de nuestro matrimonio. Resultó que teníamos diferentes expectativas sobre cómo desempeñaríamos nuestros roles como esposo y esposa —y, con el tiempo, como padres— y eso me generaba mucho estrés.
En La Familia: Una Proclamación para el Mundo, leemos: “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro”.
Hay muchas otras maneras de cumplir nuestro rol como cónyuge según nuestra personalidad y experiencias personales. Sin embargo, mientras me preparaba para casarme y formar mi propia familia, tuve que aprender quién necesitaba Dios que yo fuera —y llegara a ser— como cónyuge y como persona.
¿Quién soy como cónyuge?
Mientras planeaba nuestra boda, a menudo me preguntaba cómo influirían en nuestro matrimonio las diferentes culturas y experiencias de mi esposo y de mí, tanto en el futuro inmediato, como a largo plazo.
Pero al seguir meditando, un discurso de la conferencia general me vino a la mente: “La cultura de Cristo”, por el élder William K. Jackson, de los Setenta. En el discurso, él describe cómo, cuando vivimos el Evangelio del Salvador y nos esforzamos por ser como Él, creamos una cultura a la manera de Cristo en nuestro hogar, entre nuestros semejantes y en todo lugar en que nos encontremos. Él dijo: “La cultura de Cristo nos ayuda a vernos a nosotros mismos como realmente somos, y cuando nos vemos a través del lente de la eternidad, atenuado con la rectitud, sirve para aumentar la capacidad de cumplir con el gran plan de felicidad”.
“¿Quién soy como esposa?”, me preguntaba a mí misma cuando estaba recién casada. Pero la pregunta que realmente necesitaba hacerme era: “¿Quién quiere el Padre Celestial que sea?”. Quería esforzarme para aportar la mejor versión de mí misma, con la ayuda de Dios, y crear un matrimonio centrado en Jesucristo.
En nuestro caso, tuvimos que adaptar nuestra relación en función de las diferencias culturales y de cómo nos criaron. También descubrimos que las circunstancias pueden cambiar con frecuencia y que debíamos adaptar nuestra dinámica a cada situación.
Adaptarse el uno al otro
No solo necesitábamos adaptarnos a nuestra situación en constante cambio, sino que también necesitábamos adaptarnos el uno al otro. ¡Y todavía nos estamos adaptando! A medida que nuestra vida sigue cambiando, nosotros también lo hacemos.
Como alguien que tiene en alta estima su infancia y su familia, al principio fue difícil para mí adaptarme a las tradiciones de mi esposo. Y a él le sucedió lo mismo. A veces teníamos acaloradas discusiones sobre quién tenía más “razón”; a veces incluso se reducía a cosas tales como la forma en que limpiábamos el fregadero de la cocina.
Sin embargo, pronto me di cuenta de que tener razón casi nunca es más importante que estar en armonía con el cónyuge. La contención y los sentimientos horribles que quedan después de una discusión, no valen la pena hacer las cosas a mi manera. Tuve que adaptarme no solo a vivir con mi esposo, sino a crear una vida completamente nueva junto con él. Comenzamos a combinar ambas culturas (nuestras nacionalidades y culturas familiares) para crear la nuestra.
¿Cómo creamos nuestra propia cultura familiar centrada en el Salvador? ¿Cómo seguimos creándola?
Sacrificamos nuestro orgullo. Mostramos comprensión y empatía en lugar de tratar de “ganar” las discusiones. Recordamos cuáles son nuestras prioridades: amarnos y respetarnos el uno al otro a la manera de Cristo para permitir que el Espíritu permanezca en nuestro hogar al evitar la contención.
Mi esposo y yo todavía estamos aprendiendo a diario quiénes somos individualmente y como matrimonio. Si bien ambas experiencias y culturas antes del matrimonio son válidas, la cultura más importante que puede ayudarnos a entender quiénes somos es la cultura centrada en Jesucristo.
La cultura de Cristo en el matrimonio
¿Y qué es la cultura de Cristo? El élder Jackson dijo que “sirve para aumentar la capacidad de cumplir con el gran plan de felicidad”, pero ¿qué significa eso?
Para mí, la cultura de Cristo es la cultura del proceso de llegar a ser. Significa ver el potencial en mí misma y en los demás, especialmente en mi matrimonio. No llevo casada mucho tiempo, pero sí el tiempo suficiente para saber que el matrimonio ha sido una de las mejores maneras en que el Padre Celestial me ha ayudado a llegar a ser una mejor persona y discípula de Cristo.
Sean cuales sean las situaciones y circunstancias nuevas que estés aprendiendo a transitar en tu matrimonio, debes saber que cuando te aferras a tus convenios y ofreces a tu cónyuge caridad, perdón y apoyo, encontrarás a Cristo en tu relación.