De la Publicación semanal para jóvenes adultos
Tres hábitos poderosos que me ayudan a vivir la ley de castidad
La autora vive en Formosa, Brasil.
La castidad parecía inalcanzable, pero Jesucristo me ha ayudado a aceptarla plenamente.
Vivir la ley de castidad no siempre ha sido fácil para mí.
Cuando me uní a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a los quince años, era una de los pocos miembros de la Iglesia en mi escuela, así que mis normas en cuanto a salir con personas del sexo opuesto a menudo se malinterpretaban y eran objeto de burlas.
Uno de mis mayores desafíos fue conciliar mi orientación sexual con la ley de castidad. Soy bisexual y, cuando fui bautizada, tuve que luchar con la idea de cómo podía vivir esa ley, especialmente cuando la mayoría de mis amigos no estaban interesados en vivirla conmigo.
Con el pasar de los años, he descubierto tres cosas poderosas que me ayudan a guardar mis convenios:
1. Dar prioridad al templo
La asistencia al templo me ayuda a mantenerme comprometida con la ley de castidad. Intento ir lo más a menudo posible. Durante una semana difícil, entré en el salón celestial sintiéndome abrumada por mis errores. Al ver mi reflejo en un espejo, sentí paz y recordé cuánto me ama el Salvador.
Como nos recuerda el presidente Russell M. Nelson: “Nada los ayudará más a aferrarse a la barra de hierro que adorar en el templo con la regularidad que sus circunstancias lo permitan. Nada los protegerá más, cuando hagan frente a los vapores de tinieblas del mundo. Nada reforzará más su testimonio del Señor Jesucristo y de Su Expiación, y nada los ayudará más a entender el magnífico plan de Dios”.
Tal como promete el presidente Nelson, cuando hago del templo una prioridad, recuerdo los convenios sagrados que he hecho con mi Padre Celestial. Ir a la Casa del Señor fortalece mi determinación de vivir Sus mandamientos y me ayuda a sentir Su amor.
2. Participar en la Iglesia
Cuando comencé a asistir a la iglesia, a menudo iba sola, ya que era la única miembro de mi familia. A veces, me costaba tener un sentido de pertenencia, lo cual aumentaba la tentación de buscar conexión en lugares equivocados. Me di cuenta de que una forma de combatir esto era participar más activamente en mi congregación. Tal como el Señor nos enseña en Doctrina y Convenios 58:27, debemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de [nuestra] propia voluntad”.
Empecé ofreciéndome como voluntaria para ayudar a limpiar la capilla. Comencé a asistir a todas las actividades del barrio y a ofrecerme para ayudar en todo lo que podía. Poco a poco, establecí conexiones más profundas con los miembros de mi barrio. Una familia comenzó a invitarme a sus noches de hogar, cenas dominicales e incluso a pasar tiempo juntos y jugar. Mi familia y yo nos hemos hecho muy buenos amigos de ellos y ha sido una hermosa experiencia para todos nosotros.
Al participar plenamente en mi barrio, he encontrado oportunidades para conectarme con otras personas que comparten los mismos valores y normas, incluida la ley de castidad. Mi familia del barrio ha sido una gran fuente de apoyo para ayudarme a mantenerme fiel y fuerte.
3. Aceptar el arrepentimiento
El arrepentimiento no es algo que debamos temer; es una bendición, un don de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo.
Cada vez que reflexiono sobre lo que Jesucristo hizo por mí, me siento colmada de gratitud. Me recuerdo a mí misma que la Expiación de Jesucristo cubre todas mis debilidades, errores y pecados, y que “es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).
Como enseñó la hermana Kristin M. Yee, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro: “Si están luchando con alguna situación que creen que ya deberían haber superado, no se rindan. Sean pacientes con ustedes mismos, guarden sus convenios, arrepiéntanse a menudo, busquen la ayuda de sus líderes si la necesitan y vayan a la Casa del Señor con tanta regularidad como puedan […]. Él no abandonará Su relación por convenio con ustedes”.
No tengas miedo de hablar con tu obispo o con los líderes del sacerdocio sobre cualquier cosa que abrume tu corazón, especialmente si se relaciona con la ley de castidad. Ellos desean ayudarte a arrepentirte y a encontrar sanación por medio de la Expiación de Jesucristo. Y no olvides el poder del arrepentimiento diario; aunque requiere valor, siempre vale la pena. He sentido el Espíritu fuertemente en mi vida y he recordado el amor que Cristo tiene por mí cada vez que me arrepiento.
Vivir la ley de castidad es un proceso continuo
Recuerda que el guardar nuestros convenios, lo cual incluye vivir la ley de castidad, es un proceso continuo que experimentamos a lo largo de nuestra vida y no una lista de verificación. Incluso si incorporas estos tres hábitos poderosos, vivir la ley de castidad es un esfuerzo continuo.
Ya sea que enfrentemos desafíos con tentaciones o sentimientos de ineptitud, el Padre Celestial nos ama a cada uno de nosotros. La ley de castidad es una ley divina y trae paz, gozo y fortaleza espiritual si la seguimos. Sé que por medio de Jesucristo podemos encontrar la sanación, el consuelo y el amor que necesitamos.
Testifico que, sin importar tus circunstancias, ¡guardar la ley de castidad vale absolutamente la pena!