Voces de los miembros
Un reencuentro milagroso: el Coro del Tabernáculo y una familia reconciliada
Cuando se anunció que El Coro del Tabernáculo en la Manzana del Templo visitaría Argentina como parte de la celebración del centenario de la Iglesia en Sudamérica, supe que sería un evento inolvidable. Pero jamás imaginé que se convertiría en el escenario de un milagro familiar.
Hacía cuatro años que no tenía contacto con mi mamá. Por diferentes motivos, nos habíamos distanciado profundamente. Mi hijo, Alejandro, tampoco la veía desde entonces y esa separación silenciosa nos dolía a ambos. No había mensajes, llamadas ni visitas, solo silencio.
Cuando supimos que el coro venía a Buenos Aires, decidimos conseguir entradas. Sabíamos que no sería fácil, pero Alejandro insistió y, luego de varios intentos, ¡lo logró! Incluso conseguimos una entrada extra para una amiga que finalmente no podría asistir. Fue entonces cuando pensé: “¿Y si invito a mamá?”.
Ella siempre había soñado con ver al Coro del Tabernáculo. Me contaba que de joven los escuchaba por radio, cuando la Iglesia transmitía por ondas radiales. Pensar en darle ese regalo me llenó de ilusión, pero también de miedo. Después de tantos años sin contacto, ¿me rechazaría? ¿Y si se negaba? ¿Y si me dolía aún más?
Mi hijo, con sabiduría, me animó: “Mamá, tenés que intentarlo”.
Respiré hondo, dejé de lado el orgullo y le escribí a uno de mis hermanos. Le conté que tenía una entrada libre y que, si alguien de la familia quería venir desde Salta, sería bienvenido. A los pocos días, me avisó que mi mamá ya había comprado los pasajes. Estaría en Buenos Aires un día antes del concierto.
Lloré, lloré de felicidad, de gratitud, de asombro. ¡Iba a reencontrarme con mi madre en un evento celestial! ¡Mi hijo iba a abrazar a su abuela! ¡Y ella cumpliría el sueño de toda una vida!
La noche del concierto fue sagrada. Al escuchar al coro, las emociones nos desbordaron. Lloramos al oír los himnos más bellos y, cuando Soledad Pastorutti interpretó “Soy un hijo de Dios”, las lágrimas cayeron también por las mejillas de mi hijo —un adolescente que nunca antes había llorado. Sentí que los cielos se abrían para nosotros.
También escuchamos “Llamados a servir” y no pude evitar recordar mi tiempo como misionera. Supe, una vez más, que soy parte de la obra del Señor. Sentí que Dios nos estaba dando más que un concierto, nos estaba sanando el alma.
Al día siguiente, el cansancio físico me hizo descansar más de lo habitual, pero mi espíritu estaba en paz. Había recibido una bendición inmensa, la música unió lo que el tiempo y la distancia habían separado. Volvimos a casa con el corazón más liviano y lleno de amor.
Agradezco al Coro del Tabernáculo por sembrar tantos milagros a lo largo de su gira. Sé que el Señor los guio para que no solo compartieran su música, sino también Su amor. Porque, a veces, un himno puede ser el comienzo de una nueva historia.