De la Publicación semanal para jóvenes adultos
El perfeccionismo estaba deteniendo mi progreso. Esto es lo que hice al respecto
Cristo desea que acudamos a Él ahora, sin importar cuán poco preparados nos sintamos.
Theodore Roosevelt dijo la famosa frase: “La comparación es la ladrona de la alegría”.
Es fácil reconocer cómo esta afirmación podría aplicarse a nuestras interacciones con los demás, pero yo diría que tiene una aplicación interna adicional: si bien la comparación puede ser la ladrona de la alegría, el perfeccionismo, para mí, es el ladrón de progreso.
Luchando contra el perfeccionismo
Durante la mayor parte de mi vida, fui una estudiante sobresaliente y una hija diligente. Me enorgullecía de mi capacidad para equilibrar el trabajo, los estudios y la familia.
Por detrás, luchaba con la ansiedad, pero no quería que nadie se diera cuenta de lo cerca que estaba de desmoronarme. Ese perfeccionismo llegó a unos extremos insoportables durante mi tercer año en la universidad.
Me sentía abrumada por los estudios, mis calificaciones no eran tan buenas como en la escuela secundaria, estaba haciendo horas extras en el trabajo y desatendiendo mi llamamiento en la Iglesia.
Me sentía un absoluto fracaso.
Por si todo eso fuera poco, tenía demasiado miedo de pedir ayuda. No podía admitir, ni ante mí misma, ni ante los demás, ni ante Dios, que mi vida se me había ido de las manos.
El élder Vern P. Stanfill, de los Setenta, advirtió en una ocasión: “El perfeccionismo requiere un nivel imposible y autoimpuesto por el que se nos compara con los demás. Esto genera sentimientos de culpa y ansiedad, y puede hacer que queramos rendirnos y aislarnos”. Yo estaba aprendiendo esa lección por las malas.
Creía que debería haber sido capaz de manejar todo lo que se interpusiera en mi camino y, si no lo hacía, sentía una culpa agobiante que me impedía acudir a mi Padre Celestial cuando más lo necesitaba.
No podía progresar en ningún aspecto de mi vida.
Pero la esperanza no estaba perdida. Como dijo el élder Gerrit W. Gong, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “mediante la transformación espiritual en Jesucristo, podemos escapar del perfeccionismo debilitante”.
Hallar paz en mis convenios
Después de un día particularmente difícil, sentí la impresión de ir al templo y efectuar bautismos por los muertos.
Allí, en la pila bautismal, sentí un amor tan intenso que los ojos se me llenaron de lágrimas.
Recordé mi propio bautismo y lo feliz que me había sentido por haber sido purificada por medio de la Expiación de Jesucristo. Al salir de la pila bautismal, mi mamá me preguntó cómo me sentía. Empapada y visiblemente temblorosa, respondí con las inocentes palabras de una niña de ocho años: “Mamá, siento mucho calor por dentro”.
Ese día en el templo, me di cuenta de que me había centrado tanto en ser perfecta por mis propios méritos, que me estaba negando activamente a mí misma la oportunidad de ser perfeccionada en Cristo (véase Moroni 10:32–33). Sentí una poderosa confirmación de que puedo tener esa misma sensación de calidez todos los días. Si me arrepiento regularmente, puedo llegar a ser perfeccionada por medio de Jesucristo y Su Expiación (véase Juan 17:23).
Aprovechar las segundas oportunidades
A partir de ese día, me comprometí a cambiar.
Comencé a orar fervientemente de nuevo. No fue fácil, especialmente al principio, pero llegué a sentirme más cómoda al fortalecer mi relación con el Padre Celestial y Jesucristo.
También busqué una comprensión más profunda de la Expiación de Jesucristo, centrándome en la verdad eterna de que el Salvador intercederá por nosotros cuando estemos verdaderamente arrepentidos.
El perfeccionismo socava por completo el propósito de la vida terrenal: si se nos envía a la tierra para aprender a ser como el Padre Celestial y Jesucristo (véase Alma 12:24), ¿cómo podemos esperar ser ya como Ellos? Si fuéramos verdaderamente perfectos, no necesitaríamos un Salvador ni Su Expiación infinita.
El Salvador no nos abandona, aun cuando nos sintamos insuficientes o imperfectos. Tal como dijo el presidente Nelson, “el Salvador sufrió ‘dolores, aflicciones y tentaciones de toda clase’ [Alma 7:11] para que Él nos pudiera consolar, sanar y rescatar en los momentos de necesidad”.
He aprendido que Cristo desea que acudamos a Él ahora, sin importar cuán poco preparados nos sintamos. A medida que fortalezcamos esa relación, Él nos ayudará a superar nuestras imperfecciones.
Mentiría si dijera que ya no lucho contra el perfeccionismo, pero ahora me doy cuenta de que siento “calor por dentro” cada vez que le doy mi mejor esfuerzo al Señor, sin importar cuán imperfecta sea.
Si sientes que tus esfuerzos como discípulo, estudiante, empleado, amigo o familiar no son suficientes, debes saber que no eres una causa perdida. Puedes sanar centrándote en el Salvador. Puede que el perfeccionismo sea un ladrón del progreso, pero el Salvador es la clave para la paz.
Acude a Él y verás progreso en tu vida.