“¿Cómo me puedo quejar?”, Liahona, enero de 2026.
Retratos de fe
¿Cómo me puedo quejar?
Nuestras cuatro mudanzas como familia de refugiados resultaron ser una prueba titánica, pero nos aferramos a la barra de hierro con la certeza de que el Señor nos está guiando hacia un futuro mejor.
En el otoño de 2019, llegué a España con mis hijos: Aarón, de ocho años; y Jorge, que tiene autismo, de diecisiete. Con solo mis sueños empacados en una maleta, me aferré a Dios y confié en Él por completo.
Una buena samaritana nos recibió en su casa, donde permanecimos dos semanas. Sin embargo, sacar a Jorge de su entorno conocido no fue fácil. Debido a su condición, sigue rutinas estrictas. Las primeras noches, él golpeaba las paredes y yo me levantaba rápidamente para evitar que despertara a los demás. Me arrodillaba junto a él y oraba, recordando Isaías 41:10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”.
Durante nuestro segundo fin de semana en España, llegamos a la iglesia justo cuando la reunión sacramental estaba por terminar. Me acerqué a una joven que estaba con los niños de la Primaria y le expliqué que yo era miembro de la Iglesia, pero que no conocía a nadie. Ella nos presentó a varios otros miembros.
Al día siguiente, el ayuntamiento de Zaragoza nos aceptó como refugiados y nos llevó a un apartamento sin agua ni electricidad. El obispado, la Sociedad de Socorro y el cuórum de élderes del barrio al que asistíamos nos ayudaron con mantas, alimentos que no necesitaban calentarse, ropa de invierno y otros artículos de primera necesidad.
Mis hijos empezaron la escuela y yo empecé un curso de capacitación. La hora de las comidas era un desafío para Jorge, quien estaba acostumbrado a comer al mediodía. Su tutor me informó que, independientemente de quién estuviera enseñando, cuando el reloj marcara el mediodía, él sacaba su comida y comenzaba a comer.
“Yo también voy a ayunar”
Nuestras cuatro mudanzas resultaron ser una prueba titánica. Oraba para mantenerme fuerte, pero a menudo lloraba a solas. Por varias semanas solo dormía dos o tres horas cada noche. Después de varios días de búsqueda de empleo, tuve la bendición de encontrar trabajo cuidando a una joven mujer que tenía cáncer cerebral terminal. Después de cada turno de trabajo, recogía a mis hijos, los ayudaba con sus estudios y luego hacía las tareas escolares de la capacitación.
Cuidé de esa maravillosa joven mujer durante un año, hasta que falleció a los cuarenta y ocho años, dejando dos niños pequeños. Su situación me llevó a preguntarme: “¿Cómo me puedo quejar?”. El cuidar de ella proveía para nuestras necesidades y llenaba mi alma de gratitud por mi Padre Celestial.
Todos los días en casa leíamos las Escrituras, orábamos y establecíamos rutinas para darle seguridad a Jorge. A principios de 2024, comenzamos los preparativos para ir al Templo de Madrid, España. Para acercarnos más al Padre Celestial, sentí que debíamos ayunar como familia. Aarón estuvo de acuerdo y a la mañana siguiente Jorge me dijo: “Mamá, hoy yo también voy a ayunar”. Fue un momento de gozo indescriptible.
“A fin de acercarnos más al Padre Celestial al comenzar los preparativos para ir al Templo de Madrid, España, sentí que debíamos ayunar como familia”, dice Yesmin. “Jorge me dijo: ‘Mamá, hoy yo también voy a ayunar’. Fue un momento de gozo indescriptible”.
Desde que visitamos el templo, Jorge ha mejorado significativamente. Es más flexible con su horario; los sábados se prepara la ropa para estar listo para repartir la Santa Cena el domingo; también ha progresado mucho en el aspecto académico.
Hoy nos proveemos para nosotros mismos, con el apoyo de un amoroso Padre Celestial. Jesucristo nos ha levantado de las cenizas (véase Isaías 61:3). Al pagar nuestro diezmo, hemos recibido abundantes bendiciones. Nos aferramos a la barra de hierro (véanse 1 Nefi 8:24, 30; 11:25; 15:23) con la certeza de que avanzamos hacia un futuro mejor.