Liahona
Embajadores de luz: El sagrado llamado de compartir el Evangelio
Liahona, enero de 2026


Mensaje de los líderes del Área

Embajadores de luz: El sagrado llamado de compartir el Evangelio

Hay voces que iluminan el alma. No por lo fuerte que resuenan, sino por lo eterno que comunican.

Tal es la voz del Salvador cuando nos dice: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Este no es un simple mandato, sino un llamado del cielo, una invitación a participar con Él en Su obra redentora.

Desde el principio del mundo, la verdad ha sido confiada a corazones dispuestos. Adán y Eva enseñaron a sus hijos las cosas que el Señor les había dicho (véase Moisés 5:12). Así comenzó la cadena de luz, transmitida de generación en generación. Hoy, esa antorcha reposa en nuestras manos y el cielo nos susurra: “No la escondas, compártela”.

El presidente David O. McKay declaró con claridad profética: “Todo miembro un misionero”. Este no es un decreto humano, sino una comisión divina. Quien ha probado el fruto del Evangelio siente el deseo ardiente de compartirlo con otros.

El hogar como primer campo misional

En el hogar, los padres siembran semillas de fe que, con oración y ejemplo, florecen en testimonios poderosos. Allí se cultiva el deseo de servir, de salir, como esos valientes que se mencionan en las Escrituras (véanse Doctrina y Convenios 75:2-5; Mosíah 28:3; 3 Nefi 19:1–3), que salieron sin oro ni plata, pero con el poder de Dios en sus labios.

No todos saldremos con una placa, pero todos podemos salir con propósito.

Podemos orar y pedir ayuda para desarrollar el deseo de compartir el Evangelio. Podemos buscar conocimiento sobre cómo hacerlo.

Predicad Mi Evangelio es una fuente inspirada que nos enseña a quién invitar, a quién consolar, a quién guiar y cómo hacerlo. Nos da la esperanza de que ningún esfuerzo se desperdiciará, ya que se nos promete: “Tenga paciencia y confianza en que Él lo conducirá a ellas, o ellas a usted”.

“¿Y cómo podré si alguno no me enseña?” (Hechos 8:31), preguntó el etíope a Felipe.

Podemos abrir nuestra boca en un mensaje, en una publicación o en una conversación sencilla.

Podemos decir: “Ven y ve; ven y siente; ven y conoce al Cristo que sanó mi alma”. Y cuando lo hacemos, nos convertimos en instrumentos de paz.

Jacob vio la viña del Señor y a Sus siervos trabajando con Él (Jacob 5:70–72). ¡Qué imagen tan sublime! El Dios de Israel labrando a nuestro lado y nosotros, Sus humildes obreros, recogiendo los frutos y apilándolos en gavillas de gozo eterno.

El apóstol Santiago prometió: “El que haga volver al pecador […] salvará un alma, […] y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:20). ¿Y quién no desea ser parte de un milagro así?

El impacto eterno de compartir el Evangelio

Ayudar a alguien a mirar hacia Él, a volver a Él, nos convierte en predicadores de rectitud (véase Moisés 6:23), en instrumentos de salvación en las manos del Salvador. Y con esa acción, no solo podremos bendecir a una persona o familia, sino tocar generaciones pasadas y futuras.

Este mundo necesita luz. No la de los reflectores, sino la que nace del testimonio puro, del discípulo que, sin alarde ni miedo, dice con amor: “Yo sé que Él vive. Ven y conócelo tú también”.

Hoy, el Maestro también camina entre nosotros, buscando mensajeros, embajadores, predicadores de rectitud. ¿Eres tú uno de ellos? Él no espera perfección, solo disposición. Y si tú dices: “Aquí estoy, envíame”, el cielo hará con tus palabras lo que el sol hace con el amanecer: hará brillar la esperanza en ti, la cual se extenderá hacia otros mediante tu voz (véanse Doctrina y Convenios 33:8–9; 100:6).

Ven, únete a este viaje maravilloso, pavimentado con las verdades eternas del plan de salvación (véase Moisés 6:62). Es tiempo de ser uno con Él, a fin de ser parte de Su obra.

“Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). ¿A quién conoces que necesita del mensaje del Maestro? ¿Qué harás al respecto? (véase Jacob 5:41)

Notas

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, capítulo 6, “Todo miembro un misionero”.

  2. Predicad Mi Evangelio, capítulo 9, “Encuentre personas para enseñar”.