Voces de los miembros
El regalo era doble
Crecí en un hogar donde el afecto no era parte del día a día. Sentirme querida, valorada o acompañada era un anhelo que, por mucho tiempo, parecía inalcanzable. De todas las fechas del calendario, había una que dolía más que el resto: la Navidad. En esa época del año, cuando el mundo brillaba con luces, abrazos y esperanza, yo recibía regalos que más bien parecían burlas disfrazadas de tradición. Entre ellos, el más recurrente: carbón, y recibía eso durante años consecutivos. Al punto de creer que tal vez eso era lo que yo merecía.
Pero había algo dentro de mí que se resistía a morir, una chispa indomable que no se apagaba: la esperanza de que algún día recibiría un regalo de verdad.
A lo largo de mi vida, fui notando algo especial. En los momentos más duros —una pérdida, una injusticia, un momento en que debía rendirme— sentía una presencia. No sabía de quién se trataba, ni por qué estaba allí. Pero me hacía sentir que no estaba sola. Con los años, comprendí que esa presencia era Dios.
Pasaron los años y, cuando tenía quince años, sentí un fuerte deseo de buscarlo. Salí a encontrar esa luz que tantas veces había sentido. Busqué durante una semana, con todo el peso de mis heridas y la encontré. No en una iglesia enorme, ni en una voz que venía directa de los cielos, sino en dos jóvenes con una placa y un mensaje.
Eran los élderes Nicholes y Álvarez.
Me hablaron con ternura, con respeto, con una paz que nunca había experimentado. Sin saber nada de mí, me hicieron una pregunta sencilla pero profunda:
“¿Sabe usted que el Señor tiene un regalo muy grande para darle?”.
Esa pregunta atravesó todos los años de silencio. Yo había buscado ese regalo toda la vida. Me decían que debía conformarme con lo que dolía. Pero ellos dijeron algo distinto. Me dijeron que siempre hubo un regalo.
Me invitaron a ver con otros ojos. Me ayudaron a descubrir que el regalo siempre había estado allí. Solo necesitaba aprender a reconocerlo.
El regalo era Dios.
El regalo era ese encuentro divino.
El regalo eran ellos, dos jóvenes dispuestos a dejarlo todo para compartir esperanza.
Hoy han pasado once años desde ese encuentro. Soy la única miembro de la Iglesia en mi familia. Cada domingo me levanto y camino hacia la capilla, donde sirvo en la Primaria con todo mi amor. He encontrado amigos que son familia. He hecho promesas a Dios y, con Su ayuda, las he cumplido. He sanado y, lo más importante, he encontrado anhelos profundos en el Evangelio.
Hoy agradezco profundamente a cada misionero y misionera que ha decidido servir en una misión de tiempo completo. A los que están, a los que estuvieron y a los que vendrán. Ustedes quizás no sepan cuánto bien hacen… pero yo sí.
Sé que salvan vidas.
Sé que siembran esperanza.
Sé que son parte de los milagros del Señor.
Y por eso, con todo mi corazón, puedo decir:
El regalo era doble.
Porque al buscar a Dios, también los encontré a ustedes.