2025
Conéctate con el poder de Dios al hacer y guardar convenios
Liahona de octubre de 2025


Artículo de los líderes del Área Caribe

Conéctate con el poder de Dios al hacer y guardar convenios

El presidente Russell M. Nelson enseñó:

“Conozcan la verdad de quiénes son […]. la manera en la que piensan sobre quiénes son realmente ustedes afecta a casi toda decisión que tomarán, […] son hijos de Dios, […] son hijos del convenio, […] son discípulos de Jesucristo. […] Les ruego que nunca reemplacen estos tres identificadores primordiales e inmutables por otros, porque el hacerlo podría obstaculizar su progreso”.

Nuestros pensamientos y sentimientos sobre el futuro y la eternidad a veces pueden generar ansiedad o incertidumbre. Sin embargo, analizando muchas de mis experiencias, puedo reconocer que estas tres verdades que el profeta nos ha enseñado realmente pueden influir en cada aspecto de nuestra vida y marcar la diferencia.

1. ¿Quiénes somos? Hijos de Dios

El lema de las Mujeres Jóvenes declara: “Soy una hija amada de Padres Celestiales”, y el del Sacerdocio Aarónico afirma: “Soy un amado hijo de Dios”. Estas no son frases decorativas; son recordatorios poderosos de una verdad central: nuestra identidad como hijos e hijas de Dios es fundamental para entender nuestro propósito, nuestro valor y nuestro destino eterno.

Recuerdo que cuando era niña, mi papá me llamaba “Lagrimitas” porque yo lloraba por todo: si me hablaban duro, si me miraban mal, si algo no me gustaba… las lágrimas salían solas. Por un tiempo, llorar era una de mis mejores habilidades.

Con los años aprendí que las lágrimas deben ser una expresión de sentimientos genuinos y también aprendí a manejar mejor mis emociones. Aun así, confieso que, en ciertos momentos, la emoción me toca con fuerza y las lágrimas aparecen sin pedir permiso.

Lo curioso es que, de tanto escuchar ese apodo, una parte terminó quedándose conmigo. Y así es con muchas cosas: lo que escuchamos, lo que nos decimos y repetimos constantemente, se convierte en parte de quienes somos.

Por eso es tan importante repetir y recordar las verdades eternas sobre nuestra identidad. Recordar que somos Sus hijos cambia por completo nuestra perspectiva, especialmente en los momentos difíciles. Cuando enfrentamos rechazo, burlas o críticas, cuando otros destacan nuestras imperfecciones, podemos elegir vernos como Él nos ve: con amor, con valor y con una belleza eterna.

En lugar de buscar la aprobación del mundo, buscamos la aprobación del Señor. En vez de sentirnos abrumados, encontramos consuelo en Él, guía en Sus enseñanzas, fortaleza en Sus promesas y esperanza en todo lo que nos ha dado. A través de Su perfecto amor, descubrimos el significado y propósito de nuestra existencia.

2. ¿Qué nos ayuda a recordar quiénes somos? Ser hijos del convenio

El presidente Russell M. Nelson enseñó:

“Jesús es el Cristo. Su Iglesia ha sido restaurada en la tierra. ¡Su verdad, convenios y ordenanzas nos permiten superar el miedo y afrontar el futuro con fe!”.

“Cuando hacemos un convenio con Dios, abandonamos el terreno neutral para siempre. Dios no abandonará Su relación con aquellos que han forjado tal vínculo con Él. De hecho, todos los que han hecho convenio con Dios tienen acceso a un tipo especial de amor y misericordia”.

“Al reconocer que somos hijos del convenio, sabemos quiénes somos y lo que Dios espera de nosotros; Su ley se escribe en nuestros corazones; Él es nuestro Dios y nosotros somos Su pueblo. Los consagrados hijos del convenio permanecen firmes, aun en medio de la adversidad. Cuando esa doctrina se arraiga profundamente en nuestro corazón, incluso el aguijón de la muerte se hace leve y nuestra fortaleza espiritual se vigoriza”.

El poder que recibimos al hacer convenios es el poder de Dios en nuestra vida, nos fortalece, nos guía y nos transforma para ser más como Cristo. Es una ayuda real, tanto espiritual como práctica, que nos fortalece cuando estamos cansados o tristes. Nos ofrece paz en momentos de miedo o dudas, y nos fortalece para vencer el pecado y los malos hábitos. Nos guía para tomar buenas decisiones. Nos transforma poco a poco para ser más como Jesucristo.

Lo experimenté cuando recibí mi llamamiento misional. En ese momento estudiaba con beca y trabajaba medio tiempo en la universidad. Al avisar a la directora que renunciaría, me sorprendió al decirme que había solicitado contratarme a tiempo completo. Si me iba, perdería la beca y el trabajo, y no había garantía de recuperarlos.

Fue difícil a nivel emocional. Esa oportunidad significaba estabilidad para mí y para mi familia. Pero ya había tomado una decisión: servir al Señor. Lo hice por amor y por fe. Y en la misión, al conocerlo mejor, supe que había elegido lo correcto.

A mi regreso, sin que lo esperara, recuperé la beca y el empleo. Un año después, me contrataron a tiempo completo. El Señor me devolvió todo… y me dio más.

He aprendido que cuando somos fieles a nuestros convenios y ponemos nuestro amor por Él en primer lugar, Su poder nos acompaña antes de tomar una decisión, durante el proceso y también después. Además, al vivir de esta manera, nuestra capacidad de elegir se amplía, porque crece también nuestra sensibilidad para sentir, interpretar y obedecer Su guía. Una buena elección suele llevar a otra y, aunque los resultados iniciales no siempre coincidan con nuestras expectativas, con el tiempo siempre traen gozo.

3. ¿Qué espera Dios de nosotros? Ser discípulos de Jesucristo

El presidente Russell M. Nelson enseñó:

“Todo miembro puede ser ejemplo de los creyentes. Hermanos, como seguidores de Jesucristo, cada uno de ustedes puede vivir de acuerdo con las enseñanzas de Él. Pueden tener ‘un corazón puro y manos limpias’; pueden tener ‘la imagen de Dios grabada en [su semblante]”.

Como discípulos de Cristo, caminamos por senderos que requieren amor, fe, sacrificio, servicio, paciencia, perdón y conversión, y es un trayecto en el que siempre hay oportunidades para reflejar mejor Su ejemplo.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo” (Moroni 7:48).

Al desarrollar este tipo de amor que no es superficial ni condicionado, este amor puro de Cristo, no solo cambiamos la manera en que tratamos a los demás, sino también la manera en que nos vemos a nosotros mismos y a quienes nos rodean.

Testifico que somos hijos de un amoroso Padre Celestial. Él nos conoce, nos ama profundamente y desea bendecirnos. Invita a cada uno a hacer convenios con Él, no solo para guiarnos, sino para poder derramar aún más bendiciones en nuestra vida. Si nos esforzamos sinceramente por seguir a Jesucristo como Sus discípulos, Su gracia y poder se manifestarán en formas que transformarán nuestro corazón y nuestro camino.