Voces de los miembros
No fui sola al templo
Había programado una cita para ir al templo para hacer una sesión de investidura vicaria. Siempre voy con mi abuela, que ya tiene ochenta y cinco años. Ese día, pasé por el Centro de Historia Familiar del templo, imprimí unas tarjetas de iniciatorias y fui con ella.
El líder de templo e historia familiar de nuestra estaca nos había invitado a recordar que asistimos al templo en representación de nuestros antepasados, y que así como nosotros recibimos nuestras ordenanzas por única vez, ellos también lo hacen. Nos animó a representar a cada persona con la misma emoción que sentimos cuando hicimos nuestras propias ordenanzas.
Al tener las tarjetas en mis manos, observé los nombres. Uno de ellos me llamó particularmente la atención desde el primer momento: Salomé Gutiérrez. Cuando llegamos al templo y hablé con la obrera, le pedí permiso para hacer una iniciatoria antes de la sesión de investidura. Me dijo que podía hacer solo una. Le agradecí y, al sacar las tarjetas del bolsillo de mi vestido, la primera que apareció fue la de Salomé.
Hice la sesión de iniciatoria por ella y, al terminar, tuve una impresión muy clara que nunca antes había experimentado: “Gracias, estoy ansiosa por seguir adelante con mis ordenanzas”.
Al salir, me pidieron que solicitara en la oficina volver a imprimir la tarjeta para poder hacer la sesión de investidura. No solo se imprimió esa, sino también la de sellamiento a su esposo. Comprendí que ella no solo deseaba recibir su investidura, sino también ser sellada a su compañero eterno.
Durante la sesión de investidura por Salomé, sentí un profundo espíritu de gratitud por ser un instrumento en las manos del Señor para ayudar a mi tía. No pude realizar el sellamiento ese mismo día por cuestiones de tiempo, pero entregué la tarjeta a una amiga, quien me agradeció y prometió hacerlo pronto.
A la mañana siguiente me desperté con un sentimiento inmenso de gratitud. Sé que Salomé ahora está con su esposo, y me siento feliz y agradecida por haber sido parte de esta experiencia sagrada. Ayer no fui sola al templo: fuimos las dos, mi tía y yo.
El élder Quentin L. Cook enseñó:
“La asistencia al templo nos permite proporcionar el rescate espiritual a nuestros seres queridos fallecidos y antepasados más distantes”.
Testifico que esta es una obra de amor. El espíritu de Elías está presente y nuestros antepasados nos guían si estamos dispuestos a escuchar con el corazón.