Voces de los miembros
El diezmo, un mandamiento incluso para los más pobres
Una de las bendiciones de ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el privilegio de pagar el diezmo. En la Biblia leemos que el pueblo de Dios obedeció la ley del diezmo en la antigüedad. Por medio de los profetas modernos, Dios restauró esta ley nuevamente para bendecir a Sus hijos. Es un principio tan importante que el Señor se ha asegurado de que se haga referencia a él en todos los libros canónicos, los cuales contienen poderosos ejemplos donde vivir la ley del diezmo trae bendiciones, tanto temporales como espirituales. La ley del diezmo está diseñada especialmente para los más necesitados, aunque pueda parecer contradictoria.
En el Antiguo Testamento descubrimos que esa ley se estableció en los primeros años y que los líderes y profetas no estaban exentos de vivirla. Incluso Abraham pagó el diezmo de todo lo que tenía (véase Génesis 14:20). Del mismo modo, Malaquías enseña acerca de la ley del diezmo. Incluye un desafío del Señor para probarlo al traer nuestros diezmos al alfolí y enumera las bendiciones que podemos recibir si somos fieles pagadores de un diezmo íntegro (véase Malaquías 3:8–12).
En 1 Reyes leemos acerca de la viuda de Sarepta que vivió en la época de Elías el Profeta, quien representa este principio. Debido a una sequía, la hambruna llegó a ser tan grave que muchas personas estuvieron al borde de la muerte. Cuando a la viuda de Sarepta no le quedó más que un puñado de harina y un poco de aceite, justo cuando estaban al borde de la inanición, Jehová mandó a Elías el Profeta que fuera a Sarepta. Elías llamó a la viuda mientras recogía leña y le pidió que le diera algo de comer, incluso antes de alimentar a su hijo. El profeta le pidió que sacrificara su comida y la de su hijo hambriento y preparara las “primicias” de su comida para él. Sin embargo, al mismo tiempo, prometió que la tinaja de harina no escasearía, ni el aceite de la vasija disminuiría hasta el día en que el Señor enviara lluvia de nuevo sobre la tierra (véase 1 Reyes 17:9–16). Y así fue como la vasija de harina y la vasija de aceite nunca estuvieron vacías.
Durante Su visita a los nefitas, el Salvador leyó las palabras del Padre concernientes al diezmo en Malaquías y las explicó a todo el pueblo, ya que esos registros no se habían incluido en sus registros hasta el momento (véase 3 Nefi 24:10).
De manera similar, en Doctrina y Convenios, el Señor, por medio del profeta José Smith, reiteró nuevamente la validez de esta ley divina en esta última dispensación, dando a entender que nuestro sacrificio se requiere en este momento mediante el pago de nuestro diezmo (véase D. y C. 64:23).
En nuestros días modernos, el presidente Dallin H. Oaks enseñó: “La ley del diezmo no es una práctica arcaica del Antiguo Testamento, sino un mandamiento que procede directamente de nuestro Salvador a la gente de nuestra época”.
El élder Lynn G. Robbins, de los Setenta, dijo: “Entre los que no se sacrifican hay dos extremos: uno es el hombre rico y glotón que no quiere hacerlo, y el otro es el hombre pobre que cree que no puede hacerlo. Pero ¿cómo puede uno pedirle al que padece hambre que coma menos? ¿Hay algún nivel de pobreza tan bajo que no se deba esperar el sacrificio, o una familia tan indigente a la que no se le deba requerir el pago del diezmo? […] La fe no se prueba tanto cuando la alacena está llena, sino cuando está vacía. En esos momentos determinantes, la crisis no crea el carácter o modo de ser, sino que lo pone de manifiesto. La crisis constituye la prueba”.
Estoy verdaderamente agradecida por la ley del diezmo y por cómo ha sido una bendición. Estoy agradecida y asombrada de que el Señor haya velado por nosotros y nos haya sostenido, aunque no haya quitado por completo nuestras cargas. Puedo testificarles con toda la energía de mi alma que estas promesas son reales y están al alcance de todos, especialmente de los más pobres. Lo sé porque lo he vivido y agradezco al Padre Celestial el privilegio que me da tener esa seguridad y poner a disposición de mi familia esas maravillosas bendiciones que están irrevocablemente unidas a la obediencia a la ley del diezmo.