2025
Ministrar como lo haría el Salvador
Junio de 2025


“Ministrar como lo haría el Salvador”, Liahona, junio de 2025.

Mujeres del convenio

Ministrar como lo haría el Salvador

Asociarnos con Jesucristo para bendecir la vida de los hijos de nuestro Padre Celestial es una labor sagrada.

Pintura de Jesús levantando de entre los muertos a la hija de Jairo

Christ Raising the Daughter of Jairus [Jesús levanta de la muerte a la hija de Jairo], por Greg Olsen

“La práctica de las visitas de ministración comenzó poco después de que fue establecida la Sociedad de Socorro en 1842 […].

“Aunque los detalles del proceso han cambiado desde aquellos primeros días, los principios siguen siendo los mismos: ministrar como lo haría el Salvador”.

La ministración no consiste en completar listas de verificación; tiene que ver con las relaciones: nuestra relación con los demás y nuestra relación con Dios. En el Manual General leemos: “Ministrar significa servir a los demás como lo hizo el Salvador (véase Mateo 20:26–28). Él amó, enseñó, consoló y bendijo a las personas que lo rodeaban, y oró por ellas (véase Hechos 10:38). Como discípulos de Jesucristo, nosotros procuramos ministrar a los hijos de Dios”.

El élder Gerrit W. Gong, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha dicho: “Cuando llegan las pruebas, a menudo lo que más deseamos es que alguien nos escuche y esté con nosotros […]. Algunas veces anhelamos que alguien se aflija, se duela y llore con nosotros; que nos permita expresar nuestro dolor, nuestra frustración, a veces incluso rabia; y que reconozca con nosotros que hay cosas que no sabemos”.

Continuó diciendo: “Un padre que tenía la asignación de actuar como hermano ministrante junto con su hijo en edad del oficio de maestro explicó que ‘ministrar es cuando pasamos de ser vecinos que llevan galletas a ser amigos dignos de confianza, personas que atienden emergencias espirituales’”.

Cada persona es única

Una hermana ministrante de Nueva Zelanda fue guiada a ayudar a una hermana de su barrio de una manera singular. Esta hermana se había separado recientemente de su esposo. La hermana ministrante estaba despierta hasta tarde con su bebé y notó que esta hermana parecía estar activa en línea a altas horas de la noche, por lo que decidió enviarle un mensaje. Después de orar para saber cómo podía ayudar, se sintió inspirada a tomarse un tiempo para dormir durante el día y programar su alarma para despertarse tarde en la noche a fin de hacer compañía a la hermana enviándole mensajes en línea porque ese era el momento del día en que la hermana se sentía triste y sola y extrañaba a su esposo de manera particular.

Gracias a las interacciones e invitaciones regulares de ambas hermanas ministrantes, con el tiempo esta hermana comenzó a regresar a la iglesia. Sus hermanas ministrantes pasaban a recogerla y la acompañaban a las reuniones y a las actividades. Entonces tuvo el deseo de hablar con su obispo para renovar su recomendación para el templo.

Una semana después de recibir su recomendación, ella y sus hermanas ministrantes asistieron juntas al templo. Durante ese tiempo de inspirado cuidado y atención, ya no se sintió sola.

Esas hermanas ministrantes realmente llegaron a ser amigas de confianza y las primeras socorristas espirituales para esta querida hermana que atravesaba un momento difícil en su vida. Ellas proporcionaron alivio temporal y espiritual, pero esto requirió tiempo, paciencia, bondad amorosa e invitaciones amables.

Al buscar la inspiración del Señor, esta hermana ministrante fue guiada a una manera única en la que podía ayudar. Finalmente, esa inspirada ministración condujo a esa hermana de regreso al templo y a las bendiciones de una relación por convenio con Dios.

Ministrar con amor

Sin embargo, para que los esfuerzos de esas hermanas ministrantes fueran sostenibles, fue necesario su amor por Dios y el amor que sentían por esa hermana. Podemos orar para tener ese amor, aunque no lo sintamos al principio. Ministrar a los demás solo por un sentido del deber no será sostenible a largo plazo, especialmente si aquellos a quienes se nos asignó se resisten al principio.

El élder Dale G. Renlund, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha dicho que debemos “amar y ministrar de tal manera que los demás sean atraídos a Jesucristo”. Para ello, debemos desarrollar relaciones de confianza con aquellos a quienes se nos ha asignado. Ese tipo de relación se desarrollará con el tiempo; requerirá más que solo enviar un mensaje de texto de vez en cuando o conversar brevemente en el pasillo de la Iglesia.

Si pensamos en cómo ministraba el Salvador y oramos para saber cómo ministrar a nuestras hermanas y hermanos como imaginamos que Él lo haría, sabremos qué hacer. Tenemos el privilegio de representar al Salvador en nuestros esfuerzos de ministración. Piensen en una persona en su vida que esté ahora o que haya estado presente en el pasado, o que desearían tener, que las haga sentirse amadas y valoradas, que las motive a ser una mejor persona con solo estar con él o ella, que las motive a querer seguir al Salvador.

De eso se trata la ministración más elevada y santa. No es complicado; es sencillo, pero requiere un deseo de ser ese tipo de persona para los demás, el tipo de persona que el Salvador fue para aquellos que estuvieron en contacto con Él. Ministrar es como estar aprendiendo al lado del Salvador, porque estamos practicando cómo llegar a ser como Él y aprendiendo a amar y a cuidar de los demás de la manera en que Él lo haría.

Debido a que cada persona es única, cada una necesitará algo diferente, tal como la hermana de Nueva Zelanda. Al orar por los demás, pasar tiempo con ellos y escucharlos sinceramente, descubriremos sus necesidades individuales y podremos recibir inspiración para saber cómo y cuándo servirles, tanto temporal como espiritualmente.

A medida que desarrollemos relaciones de confianza, podremos ayudar a fortalecer la fe de los demás en el Salvador por medio de nuestro servicio y de los mensajes individuales que nos sintamos inspiradas a comunicar. A lo largo de los años, he sido bendecida con hermanas ministrantes inspiradas que se convirtieron en algunas de mis amigas más cercanas. Esas relaciones de confianza me fortalecieron de muchas maneras y me ayudaron a sentir el amor y el cuidado del Salvador por mí.

Es muy importante que aquellos a quienes nosotras ministramos también sientan el amor del Salvador y Su preocupación por ellos. Así es como llevamos el alivio del Salvador a los demás y, en el proceso, hallamos nuestro propio alivio en Él.

Una mujer ayuda a una anciana

Llegar a ser semejantes al Salvador

El Salvador es un ejemplo de ministración individual y de amor. A medida que practiquemos ministrar como lo haría el Salvador, seremos transformadas para llegar a ser más semejantes a Él. Ministrar se convertirá en lo que somos, no solo en lo que hacemos. Con el tiempo, la ministración llegará a ser parte de nosotras y andaremos haciendo bienes, como lo hizo el Salvador, con o sin una asignación.

El presidente Jeffrey R. Holland, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos invitó a tener “un compromiso más profundo de cuidar los unos de los otros de todo corazón, motivados únicamente por el amor puro de Cristo. A pesar de lo que todos sintamos que son nuestras limitaciones e incompetencias (y todos tenemos desafíos), no obstante, trabajemos hombro a hombro con el Señor de la viña, dando al Dios y Padre de todos nosotros una mano de ayuda con Su asombrosa tarea de contestar oraciones, dar consuelo, secar lágrimas y fortalecer las rodillas débiles. Si lo hacemos, seremos más como los verdaderos discípulos de Cristo que debemos ser […]. Que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado”.

Asociarnos con Jesucristo para bendecir la vida de los hijos de nuestro Padre Celestial es una labor sagrada. Si abordamos esto con un espíritu de amor y gratitud por la oportunidad de bendecir la vida de otras personas, nuestra propia vida será grandemente bendecida en el proceso.

Tomado de un discurso pronunciado en la Semana de la Educación de la Universidad Brigham Young el 19 de agosto de 2024.