2025
Ángeles ministrantes en la montaña
Junio de 2025


“Ángeles ministrantes en la montaña”, Liahona, junio de 2025.

Retratos de fe

Ángeles ministrantes en la montaña

Cuando me rompí el tendón del cuádriceps derecho en una caída mientras practicaba senderismo en lo alto de las montañas Rocosas, Estados Unidos, nuestro grupo de jóvenes recurrió a la oración y al sacerdocio mientras trabajaban unidos para ayudarme.

Un grupo reunido en una mesa

Durante el verano de 2015, tres de nosotros, líderes de los Hombres Jóvenes, entre ellos nuestro obispo, llevamos a seis jóvenes desde los desiertos del sur de Nuevo México hasta las montañas Rocosas en el centro de Colorado para un viaje de mochileros de aventura extrema. En ese momento, yo prestaba servicio como presidente de los Hombres Jóvenes del barrio. Durante cuatro días, caminamos, pescamos, exploramos y nos reunimos por las noches para tener charlas espirituales junto a la fogata. Creamos recuerdos perdurables, incluido uno que siempre recordaremos.

Antes de abandonar la montaña al final de nuestro viaje, lo único que había estropeado nuestra aventura era una cortada en un pie y un poco de lluvia y granizo. Después de levantar el campamento la mañana de nuestra caminata de regreso, ninguno de nosotros se preocupó por el sendero resbaladizo y embarrado hasta que los líderes nos acercamos al final del primer descenso empinado.

Allí fue donde me resbalé, me caí y golpeé el suelo. Sentí un dolor repentino y agudo en la pierna derecha; no tenía idea de lo que le había pasado a mi pierna, pero no podía moverla.

Mientras estaba sentado en el suelo, aturdido y dolorido, nuestro obispo, Bryce Heiner, corrió a mi lado. El obispo Heiner, que era cirujano, me examinó la pierna, pero no pudo determinar la gravedad de la herida. Lo que no sabíamos es que, al caer, me golpeé tan fuertemente con una roca que esta me seccionó el tendón del cuádriceps derecho, el tendón grande justo arriba de la rótula. No podía pararme ni caminar.

Uno de nuestros jóvenes, Nathan Donaldson, dijo más tarde: “Había mucho pánico en la montaña. Todo el mundo estaba orando para obtener guía”. Otro joven, Brighton Heiner, dijo: “¡No sabíamos si la pierna del hermano Ewing iba a estar bien o si iba a morir!”.

“Vas a estar bien”

Sabía que no podría bajar de la montaña a menos que tuviera mucha ayuda, incluida la ayuda celestial, por lo tanto, pedí una bendición del sacerdocio. El obispo Heiner ungió y Mark Handly, consejero del obispado, selló la unción. Mientras el hermano Handly hablaba, la calma inundó a nuestro grupo.

Nathan todavía recuerda lo que él y los otros jóvenes sintieron al escuchar las poderosas palabras de la bendición: “Estaba en paz, mi corazón se desaceleró, mi mente se calmó. Me asombró el poder del Salvador manifestado por el Espíritu Santo, el cual me conmovió el corazón. Pensé: ‘Quiero poder hacer eso algún día. Quiero ser capaz de traer paz y sanación a mis seres queridos’”.

A pesar de esa seguridad tranquilizadora, las palabras de la bendición que más me impactaron fueron estas: “Vas a estar bien, pero va a tomar un tiempo”.

Ese “un tiempo” incluía el tiempo que me tomaría bajar de la montaña. Mido 1,93 m (6 pies con 4 pulgadas) y en ese momento pesaba 104 kg (230 libras). Los jóvenes se preguntaban: “¿Cómo vamos a bajarlo?”. Yo me hacía la misma pregunta.

Debido a que el verano anterior había recibido capacitación de primeros auxilios en la naturaleza, dirigí a nuestro grupo en la confección de una férula para la pierna con una cuerda, cinta adhesiva, ramas de árboles y una colchoneta de espuma. Todavía nos faltaban unos seis kilómetros (cuatro millas) de caminata y el cruce de un torrente de montaña antes de que pudiéramos llegar a nuestros vehículos y buscar atención médica.

“Una oración en el corazón”

Los dos miembros más altos de nuestro grupo me alzaron sosteniéndome de la parte superior de los brazos mientras caminaban a mi lado. Lentamente, comenzamos a descender. A veces se me torcía la rodilla buena y yo me doblaba como si fuera una silla de jardín. Tenía que luchar contra las náuseas con cada paso doloroso que daba. El obispo Heiner estaba cada vez más preocupado con cada hora que pasaba en nuestro descenso.

Mientras algunos miembros de nuestro grupo despejaban las rocas y los escombros del camino adelante para facilitarme el viaje, otros caminaban de regreso por el sendero para traerme agua, comida y ánimo. Una caminata que normalmente habría tomado alrededor de dos horas duró ocho.

El obispo Heiner y algunos de los jóvenes caminaron hasta el arroyo. Allí, con lo que Daniel Palmer describió como “una oración en el corazón”, amarraron troncos de árboles caídos y construyeron un puente sobre una presa de castores abandonada. También hicieron una barandilla improvisada.

Hombres cruzando un puente de troncos

“Cuando llegué al arroyo tras cuatro horas de caminata”, dice Steven, “crucé lenta y cuidadosamente el puente de troncos sostenido por varias manos que me ayudaban”.

Cuando llegué al arroyo tras cuatro horas de caminata, crucé lenta y cuidadosamente el puente de troncos sostenido por varias manos que me ayudaban. Nos detuvimos a descansar y a hacer otra de varias oraciones más. En ese momento, estábamos a mitad de camino del pie de la montaña.

Unas horas más tarde, los primeros jóvenes emergieron del bosque cerca del comienzo del sendero. Explicaron nuestra situación a algunos campistas que iban en vehículos todo terreno. Varios de esos buenos samaritanos condujeron por el sendero, recogieron a varios de nosotros y nos llevaron hasta nuestros autos.

Pronto nos dirigimos a Trinidad, Colorado, donde recibí tratamiento en la sala de urgencias de un hospital. Un médico me colocó una rodillera y me entregó muletas, y emprendimos nuestro regreso a casa.

Los hombres jóvenes y el autor

Steven Ewing (segundo desde la izquierda) y el obispo Bryce Heiner (extremo derecho) con los “ángeles ministrantes” que ayudaron a Steven a bajar de la montaña (de izquierda a derecha): Eric Palmer, Brighton Heiner, Daniel Palmer, Jacob Donaldson y Zane Heiner (no aparecen en la foto: Nathan Donaldson, que estaba sirviendo como misionero de tiempo completo, y Mark Handly, que se había mudado).

“El poder de Dios”

No, no me curé al instante. La curación “tomó un tiempo” después de la cirugía y la fisioterapia, pero estoy agradecido por la bendición del sacerdocio que recibí, por la fe que demostraron aquellos que oraron por mí y me ayudaron (véase Santiago 2:26) y por la unidad de propósito que logramos al trabajar juntos para sacarme de la montaña.

Ese día aprendimos algunas cosas importantes, lecciones que fortalecieron nuestro testimonio y determinación, ayudaron a los jóvenes a comprometerse a servir en misiones y los prepararon para las montañas difíciles que escalarían en el futuro.

“Entre mis asombrosos líderes y compañeros estaba el poder de Dios”, recuerda Nathan. “Creo que Él envió ángeles ese día para ayudarnos. Esa experiencia me ayudó a entender la importancia de ser digno de bendecir la Santa Cena y cumplir con mis demás deberes del sacerdocio”.

No sé hasta qué punto esa experiencia contribuyó a que los jóvenes de esa excursión se comprometieran a llevar una vida de oración, servicio y dignidad. Es probable que muchas experiencias de su juventud hayan desempeñado una función clave en su compromiso con Jesucristo y Su Iglesia, pero cada uno de esos jóvenes siguió sirviendo al Salvador como misionero de tiempo completo.

Con el paso del tiempo, estoy cada vez más agradecido por esos buenos siervos del Señor, por lo que hicieron por mí entonces y por lo que siguen haciendo por otras personas hoy en día. Para mí, ellos fueron, y siguen siendo, ángeles ministrantes (véase Doctrina y Convenios 13:1).

Premios de los Boy Scouts of America

Por su “servicio sobresaliente en la implementación de las habilidades y los ideales del escultismo”, los jóvenes del Barrio Río Grande, en Las Cruces, Nuevo México, recibieron la Medalla al Mérito de los Boy Scouts of America.