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Un nuevo comienzo: Cómo el gozo del arrepentimiento cambió mi vida
La autora vive en Papeete, Tahití.
Nunca pensé en ser bautizada, pero cuando aprendí sobre el don del arrepentimiento, todo cambió.
Cuando tenía dieciséis años, mi madre me permitió reunirme con los misioneros, pero me dijo que nunca podría ser bautizada. Yo me reí. No necesitaba que me dijera eso; yo ya sabía que no quería ser bautizada.
Me reuní con los misioneros solo para ser cortés. Un amigo me preguntó si me interesaría hablar con ellos y acepté porque no quería herir sus sentimientos.
Seguía reuniéndome con los misioneros, pero no tomaba en serio sus lecciones porque sabía que el bautismo no era una opción para mí.
Un ayuno y un milagro
Cuando los misioneros finalmente me invitaron a ser bautizada, dije que mi mamá no lo permitiría. El papá de mi amigo sugirió que ayunáramos y le pidiéramos al Padre Celestial que ayudara a enternecer el corazón de mi mamá.
No estaba convencida de que el ayuno cambiaría el corazón de mi madre, pero accedí a intentarlo. La familia de mi amigo, los misioneros y yo ayunamos para que mi mamá me permitiera ser bautizada.
Poco después del ayuno, mi mamá y yo estábamos cenando juntas. De repente, se volvió hacia mí y me dijo: “Sabes, si quieres ser bautizada, esa es tu decisión”.
No podía creer lo que había escuchado.
Ella repitió: “Puedes ser bautizada”.
Yo estaba aterrada. Ya no podía usar a mi madre como excusa para no ser bautizada. De hecho, tuve que tomar la decisión por mi cuenta. Comencé a escuchar a los misioneros con una mente abierta.
La oportunidad de nacer de nuevo
Cuando comencé a escuchar las lecciones misionales con verdadera intención, comencé a sentir el amor de Dios. Vino como un sentimiento de paz y seguridad. Debido al amor que sentía por Él, no podía soportar la idea de ser impura ante Él. Estaba dispuesta a renunciar a todo lo que no estuviera en armonía con los mandamientos de Dios.
Recuerdo que pensé: “Ojalá pudiera rehacer mi vida”.
Así que, cuando mi amigo mencionó casualmente que el bautismo era como volver a nacer (véase Mosíah 27:25), casi no pude contener mi emoción. Sabía lo que tenía que hacer.
Fui bautizada y desde entonces he servido una misión en Canadá para ayudar a otras personas a encontrar el mismo gozo que yo hallé en el Evangelio de Jesucristo.
El gozo del arrepentimiento diario
El gozo que sentí cuando fui bautizada no fue un sentimiento que tuve una sola vez. Todavía siento esa sensación de paz y pureza cada vez que oro para pedir perdón.
El presidente Russell M. Nelson enseñó lo siguiente:
“Nada es más liberador, más ennoblecedor ni más crucial para nuestro progreso individual que centrarse con regularidad y a diario en el arrepentimiento. El arrepentimiento no es un suceso; es un proceso […].
“Permitimos que el Salvador nos transforme en la mejor versión de nosotros”.
El arrepentimiento diario me brinda mucho gozo. Siento paz al saber que Dios me ama, aunque soy imperfecta. Puedo afrontar el futuro con esperanza porque sé que cada vez que me arrepiento con verdadera intención, puedo ser perdonada (véase Moroni 6:8).