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Domingo 8 de marzo de 2026
En mi corta vida he aprendido a dejar que el Señor me guíe y camine a mi lado, a dejar que Él me enseñe la senda a seguir. Especialmente durante los momentos difíciles, a dejar que Él sea mi ancla y mi fortaleza. No siempre es fácil pues, a veces, el corazón quiere seguir endurecido. Nos sentimos justificadas cuando nos han hecho daño, pero la mejor manera de seguir adelante es permitirle fielmente que Él nos ame.
Pienso en una época en la que, estando al servicio del reino, me esforzaba por ser lo mejor que podía, pero no sentó bien. No solo no sentó bien, sino que sufrí muchas críticas y maltrato, al punto de que realmente me hizo pensar: “¿Sigo sirviendo? ¿Hay un espacio y un lugar para mí?”. Realmente sentía que estaba en mi punto de quiebre espiritual y tuve que tomar una decisión: ¿dejo que el Señor me ame o encuentro consuelo en otras fuentes?
Al meditar me di cuenta de que necesitaba y deseaba al Señor en mi vida, junto con Sus bendiciones, más que lo contrario. Deseaba la bendición de la Santa Cena semanal para reponer mi alma, así como tener acceso al templo y a los convenios que allí se efectúan. Mantener eso como mi enfoque me ayudó a perdonar, a ver más allá de las imperfecciones del maltrato y a reconocer que estaba aquí por un propósito mayor. Estaba aquí para recibir bendiciones y con la esperanza de ser una bendición para los demás. No debía dejar que esto se convirtiera en una piedra de tropiezo, sino en un peldaño para mi fe. De modo que, al orar y apoyarme en el Señor, hallé fortaleza para desapegarme, para dejar atrás el dolor, para no retener ni albergar el odio que estaba tratando de corromper mi espíritu y para dejar que el Señor me socorriera y me diera fuerzas para seguir adelante con fe.
Hermanas, Él las conoce. El Señor es consciente de ustedes y se preocupa por ustedes. Él sabe sus nombres, conoce sus penas y sus alegrías, y desea amarlas. Él quiere que lo dejen entrar. Es consciente de las cargas que llevan. Él las ama y desea que sientan ese amor de Él. Es una vecina, una hermana, una amiga quien ofrece la bendición de ese socorro y ese apoyo. Déjenlas entrar. Dejen que las estrechen con los brazos de su amor por medio de su servicio.