Devocionales de la Sociedad de Socorro
El sacrificio de Jesucristo fue y es para ti


8:52

El sacrificio de Jesucristo fue y es para ti

Devocional de la Sociedad de Socorro 2026: Una reunión mundial de mujeres

Domingo 8 de marzo de 2026

Queridas hermanas, me siento siempre agradecida de estar con ustedes. Ya sea en persona o en espíritu, su fidelidad y bondad me conmueven e inspiran. Que el Señor las bendiga por llevar el amor y el alivio del Salvador a quienes las rodean. Las amamos y oramos por ustedes.

Hace varios años, visité una clase de guardería. La líder de la guardería no estaba ese día y me di cuenta de que no había una lección preparada. Busqué en el armario, encontré un libro de lecciones y escogí una lección sobre el amor de Dios. Tenía una imagen de niños de todo el mundo que representaba el amor de Dios por todos. Les pregunté a los pequeños de la guardería cómo el amor de Dios podía llegar a todos ellos. Uno de los entusiastas niñitos, llamado Charlie, levantó los brazos y exclamó: “¡El amor de Dios es GRANDE!”. Muy cierto, Charlie. El amor de Dios es realmente “grande”. Su amor “[nos] da su mano” y es constante para cada uno de Sus hijos. Nadie es una excepción a Su amor. Como enseñó el apóstol Pablo:

“Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

El gran amor de Dios se manifiesta por medio de la misericordiosa dádiva de Su Hijo, Jesucristo. Nuestros convenios nos conectan con Él y con Su poder expiatorio. Gracias a Él, podemos arrepentirnos y cambiar. Gracias a Él, podemos recibir fortaleza y capacidad más allá de las nuestras. Gracias a Él, podemos hallar la paz divina y la certeza de que “todo se pondrá en su lugar correcto”.

Jesucristo vino a ayudarnos a aliviar nuestras cargas y a cargar con lo que no podemos ni se supone que debamos cargar solas. Permítanme contarles un ejemplo personal.

Hace algún tiempo, me encontré en una situación difícil que hizo que me sintiera inquieta y poco valorada. La situación comenzó a consumir mi mente y mis energías. Me preguntaba por qué me molestaba tanto. Traté de ser servicial, amable y clara, pero nada parecía cambiar. Me sentía estancada y ansiaba desesperadamente alivio y paz.

En medio de mi agitación, una noche me arrodillé junto a mi cama y comencé a orar a mi Padre Celestial. Ya no podía más. Rompí a llorar y dije: “Ya no puedo cargar con esto, es demasiado, esto tiene que ser Tuyo. ¿Podrías aceptarlo, por favor? Te lo doy. Por favor, ayúdame”. Pedí ayuda por medio de la misericordia de Su Hijo. En ese momento recordé que Jesucristo sufrió por y llevó mis aflicciones, y que por medio de Él se podía aliviar esa carga. Sentí una esperanza repentina, similar a la experiencia de Alma, hijo, quien, recordando el poder de la Expiación del Salvador, dijo: “Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí que estoy en la hiel de amargura!”.

Al día siguiente, la paz comenzó a reemplazar la pesadumbre, una paz que realmente sobrepasaba mi entendimiento; una paz de que esa situación estaba en las manos del Padre y del Hijo y que no tenía que cargarla yo. Al decidir confiarles mi carga a Ellos, sentí Su amor y alivio y fui guiada para saber cómo obtener el apoyo que necesitaba.

Una perspectiva más amplia también entró en mi corazón y en mi mente en los días y semanas siguientes. No me había dado cuenta de que una perspectiva más parecida a la que Dios ve pudiera ser un don tan poderoso para superar las pruebas que afrontamos. Me ayudó a poner esa situación en el lugar que le corresponde. Llegó a ser, como el Señor lo describió, “una gota” comparada con las “cosas más importantes”.

La difícil circunstancia no desapareció, pero no me afligió de la misma manera que antes y la situación ya no monopolizó más mis pensamientos. Fue verdaderamente un milagro. Solo Él podía hacer que ese tipo de carga que afligía mi alma se volviera “ligera”.

Mientras recibía este alivio, leí este pasaje del profeta Zenós que describe mi experiencia: “Y me oíste por motivo de mis aflicciones y mi sinceridad; y es a causa de tu Hijo que has sido […] misericordioso conmigo; por tanto, clamaré a ti en todas mis aflicciones, porque en ti está mi gozo; pues a causa de tu Hijo has apartado tus juicios de mí”.

Hermanas, elijamos creer en Jesucristo y pidamos la ayuda que necesitamos mediante el poder de Su Expiación. A veces podemos encontrarnos en modo “automático”, en el que generalmente creemos que Dios nos ayudará, pero no le pedimos deliberadamente con fe, eligiendo creer que Él realmente puede ayudarnos y lo hará. Creo que nuestro Padre Celestial espera que ustedes y yo pidamos la ayuda que necesitamos con sinceridad de corazón y con fe en que el sacrificio de Jesucristo fue y es por USTEDES. Su Expiación, Su doloroso sufrimiento, fueron y son para ustedes. Él las ama y desea sanarlas y bendecirlas con la ayuda que necesitan, ahora y para siempre. Y Él tiene el poder de hacerlo si ejercemos nuestra fe, vivimos nuestros convenios y elegimos creer en Él.

El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “Debido a Su experiencia expiatoria en la vida terrenal, el Salvador puede consolar, sanar y fortalecer a todos los hombres y mujeres de todas partes; pero creo que lo hace solamente con aquellos que lo buscan y piden Su ayuda. […] Nos hacemos merecedores de esa bendición cuando creemos en Él y oramos para pedir Su ayuda”.

No se supone que debamos superar solas nuestros desafíos y penas; se dispuso que tuviéramos un Salvador, alguien cuyo poder, amor y alivio divinos son personales. Él desea saciar y calmar al alma adolorida.

¿Pueden oírlo hablarles a ustedes como habló al pueblo de Alma en sus aflicciones?

“Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré convenio con mi pueblo y lo libraré del cautiverio.

“Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre; y esto haré yo para que me seáis testigos en lo futuro, y para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones”.

El título de la pintura que mostré en mi último mensaje de la conferencia general es “And I partook” [Bebí], y proviene de las propias palabras del Salvador en Doctrina y Convenios cuando describe Su agonía en Getsemaní:

“Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro. […]

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”.

El Salvador bebió para que pudiéramos arrepentirnos y ser limpios. Bebió para que pudiéramos ser fortalecidos, socorridos y sanados. Bebió para aliviar nuestras cargas y darnos paz. Bebió para que pudiéramos regresar a la presencia del Padre y vivir con nuestros seres queridos para siempre. Lo hizo por amor a ustedes y a mí.

El significado de esta pintura ha cambiado con el tiempo porque yo he cambiado. Mi relación y comprensión de mi Salvador y de lo que Él ha hecho por mí se han profundizado.

La forma en que lo vemos a Él en nuestra vida cambiará a medida que elijamos creer en Él, aprender acerca de Él, arrepentirnos y permitir que la realidad de Su Expiación llegue a todos los aspectos de nuestra vida.

Sé que nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador las aman. Sé que Jesucristo vive; Él es el Redentor del mundo. Su Expiación es para ustedes. Ruego que pidamos con fe lo que necesitamos y luego “est[emos] firmes [para ver] la salvación [de] Jehová”. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. ¿Dónde hallo el solaz?”, Himnos, nro. 69.

  2. Romanos 8:38–39.

  3. “Y Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea conveniente” (Moroni 7:33).

    “Al hacer convenios adicionales con Dios, tomamos sobre nosotros más plenamente el nombre de Jesucristo. En consecuencia, Dios nos bendice con más de Su poder. Como enseñó el presidente Nelson: ‘Cada persona que hace convenios en las pilas bautismales y en los templos, y los guarda, tiene un mayor acceso al poder de Jesucristo. […] La recompensa por guardar los convenios con Dios es poder celestial […] que nos fortalece para soportar mejor nuestras pruebas, tentaciones y pesares’.

    “Nos volvemos más receptivos espiritualmente. Tenemos más valor para afrontar circunstancias aparentemente imposibles. Se fortalece más nuestra determinación para seguir a Jesucristo. Somos más rápidos para arrepentirnos y regresar a Él cuando transgredimos. Llegamos a ser mejores en el compartir Su Evangelio con Su poder y autoridad. Ayudamos a los necesitados a la vez que somos menos críticos, mucho menos críticos. Retenemos la remisión de nuestros pecados. Podemos tener mayor paz y somos más alegres debido a que siempre podemos regocijarnos. Su gloria nos rodeará y Sus ángeles nos guardarán” (Dale G. Renlund, “Tomar el nombre de Jesucristo”, Liahona, noviembre de 2025, págs. 112–113).

  4. Neil L. Andersen, “¿Qué piensa el Cristo de mí?”, Liahona, mayo de 2012, pág. 114.

  5. Véase Isaías 53:3–5.

  6. Alma 36:18.

  7. Véase Filipenses 4:7.

  8. Doctrina y Convenios 117:8.

  9. Mateo 11:30.

  10. Alma 33:11.

  11. Dallin H. Oaks, “Fortalecidos por la Expiación de Jesucristo”, Liahona, noviembre de 2015; cursiva agregada.

  12. Mosíah 24:13–14; véase Mosíah 24:12–15.

  13. Doctrina y Convenios 19:18–19; cursiva agregada.

  14. Éxodo 14:13; véase Éxodo 14:14.