Devocionales de la Sociedad de Socorro
El amor y la luz de Dios son constantes, inmutables e inamovibles


8:52

El amor y la luz de Dios son constantes, inmutables e inamovibles

Devocional de la Sociedad de Socorro 2026: Una reunión mundial de mujeres

Domingo 8 de marzo de 2026

Mis queridas hermanas, dondequiera que vivan en el mundo, sepan que las amamos, y que su Padre Celestial y su Salvador las aman. Sé que a veces puede ser difícil sentir Su amor; yo misma he vivido esos momentos, pero les testifico que Su amor por ustedes nunca cambia. Siempre está ahí, incluso durante esos momentos oscuros de la vida en los que podría ser difícil sentirlo.

A la mayoría de nosotras nos encantan los días lindos y soleados, ¿verdad? Todos los colores de la naturaleza son más radiantes cuando brilla el sol. En los días fríos, nos encanta sentir el sol en la cara, que nos llena de calidez y luz. Pero luego, inevitablemente, llegan los días nublados, lluviosos y oscuros en los que no podemos ver el sol ni sentir su calor, y todos los colores se opacan. En esos días nublados o de tormenta, o durante la oscuridad de la noche, ¿dudamos de que el sol existe? ¿Tememos que el sol nunca vuelva a brillar? ¡Claro que no! Sabemos que una vez que termine la tormenta o la noche, cuando las nubes se dispersen, volveremos a ver los luminosos rayos del sol y sentiremos su calor. El sol siempre está ahí, inmutable e inamovible: es una constante.

Esta es una útil analogía de la luz de nuestro Salvador y de Su amor por nosotros: Su luz da color y sentido a todo en nuestra vida, y Su amor nos reconforta el alma y nos da esperanza para el futuro. Pero así como hay días nublados, tormentosos y oscuros en los que no podemos ver el sol, a lo largo de nuestra jornada terrenal también habrá días nublados, tormentosos y oscuros en los que podría ser difícil sentir el amor de nuestro Salvador o ver Su luz. Podría haber ocasiones en las que sintamos que nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador están ausentes de nuestra vida, y sintamos un gran temor de que nos hayan abandonado, que no nos amen y que estemos totalmente solas. Incluso José Smith y el Salvador mismo vivieron la experiencia de sentirse abandonados por Dios.

Sin embargo, mis hermanas, ¡les doy mi testimonio de que nada puede separarnos del amor de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo!. Su luz y Su amor por nosotras son constantes, inmutables e inamovibles, igual que la luz y el calor del sol. No debemos temer que nos abandonen, porque nunca lo harán. No está en la naturaleza de Ellos hacerlo.

Recuerdo que me sentía muy sola cuando nos mudamos a México después de que mi esposo y yo nos casamos. Por primera vez, vivía lejos de mi hogar de origen y de mi familia. Todavía no hablaba ni entendía bien el idioma, estaba esperando nuestro primer bebé y, entre el trabajo y los estudios, mi esposo estaba fuera la mayor parte del tiempo. Recuerdo que me sentía terriblemente sola, perdida y asustada. Me costaba sentir que mi Padre Celestial estaba al tanto de mí, no podía sentir la calidez ni la luz del amor de mi Salvador, y empecé a sentir oscuridad, desánimo y desesperación.

Pero algunas de mis hermanas de la Sociedad de Socorro vinieron al rescate. Me abrazaron y me ayudaron a sentir que no estaba sola; me dieron ánimo y apoyo con sus sonrisas, sus miradas amables y su tierno amor, aunque yo no podía entender sus palabras, ni ellas las mías. Sin embargo, debido a que pude sentir que me amaban y aceptaban, se disiparon las nubes de oscuridad que había estado sintiendo y de nuevo comencé a sentir el amor y apoyo de mi Padre Celestial hacia mí.

Hermanas, podemos hacer esto las unas por las otras. Todas somos hijas de padres celestiales y nos necesitamos unas a otras. Independientemente de dónde vivamos y de nuestras circunstancias personales, nunca deberíamos sentir que estamos solas o aisladas. Estamos rodeadas por nuestros hermanos y hermanas espirituales. Todos hemos venido juntos a la tierra en este momento y nos necesitamos desesperadamente los unos a los otros. La tentación de compararnos y juzgarnos unos a otros proviene del adversario, quien quiere dividirnos porque sabe la gran fortaleza que nos aportan la unidad, el amor y el apoyo los unos por los otros. Podemos ayudarnos unas a otras a sentir el amor de nuestro Salvador a medida que nos esforzamos por estar unidas como hijas de Dios. Entrelacemos los brazos, elevémonos unas a otras y caminemos juntas de regreso a casa.

Creo que nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador nos envían a menudo mensajes de amor y apoyo, pero muchas veces no reconocemos esos mensajes porque tal vez no los estemos buscando. Ver un colibrí revoloteando fuera de mi ventana, presenciar una magnífica puesta de sol o simplemente fijarme en todas las bellezas y maravillas de la naturaleza suelen ayudarme a sentir Su amor. Cuando tengo dificultades y me siento desanimada, a veces reconozco Sus mensajes de amor y apoyo gracias a un versículo particular de las Escrituras que me conmueve al leerlo, o gracias a una conversación inspiradora con alguien, o algo que siento al escuchar las palabras de un hermoso himno o canción edificante.

Me encanta la letra de uno de nuestros nuevos himnos: “Él cuida de las aves”. La primera estrofa dice:

¿Cómo sentirme triste?

¿Cómo entre sombras ir?

¿Cómo sentirme solo

y en el dolor vivir

si Cristo es mi herencia,

mi amigo siempre fiel?

Si Él cuida de las aves,

cuidará de mí también.

Les testifico que Él no solo cuida de las aves, sino de todas y cada una de ustedes. Ustedes son hijas amadas de Dios y testifico que nunca serán olvidadas. Se las conoce y se las ama, y su voz importa, especialmente para su Padre Celestial y para Su Hijo Unigénito. Ellos comprenden profundamente sus angustias, sus lágrimas, sus pesares y su dolor. Su amoroso Padre Celestial siempre escucha sus oraciones.

Este trayecto terrenal está repleto de desafíos y dificultades, e incluso de muchas pérdidas diversas: pérdida de amigos o seres queridos, pérdida de la salud física o mental, pérdidas económicas y hasta pérdida de capacidad y confianza. Me encanta lo que el élder Joseph B. Wirthlin dijo acerca de la pérdida: “El Señor compensa a los fieles por toda pérdida. Lo que sea quitado de los que amen al Señor les será añadido, a la manera de Él. Aunque quizás no llegue en el momento que deseemos, los fieles sabrán que toda lágrima de hoy, con el tiempo, será compensada cien veces con lágrimas de regocijo y de gratitud”.

Y el profeta José Smith dijo: “Todas sus pérdidas se les compensarán en la resurrección si continúan siendo fieles. Lo he visto mediante la visión del Todopoderoso”.

Testifico que, gracias a nuestro querido Salvador y a Su sacrificio expiatorio, estas promesas son verdaderas. Si permanecen fieles a Dios, con el tiempo se les compensarán todas las pérdidas, y derramarán lágrimas de regocijo y gratitud a su Padre Celestial por Sus bendiciones compensatorias.

A menudo, este versículo del libro de Apocalipsis me ha consolado y me ha ayudado a sentir el amor de Dios: “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser”. Recuerden también esta promesa: “Para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien”. ¡Qué palabras tan hermosas y reconfortantes! Jesucristo es la luz y la vida del mundo, y ha prometido que, conforme lo sigamos, no andaremos en tinieblas.

Les testifico que su Padre Celestial y su Salvador nunca las olvidarán, sean quienes sean ustedes, vivan donde vivan y sean cuales sean sus circunstancias actuales o su pasado. Su luz y Su amor por ustedes son constantes, inmutables e inamovibles. Y cuando las nubes y tormentas de su vida se disipen, sabrán que Ellos siempre estuvieron con ustedes, incluso durante sus días más oscuros. En el nombre de Jesucristo. Amén.