Las mujeres santas fijan su atención en Jesucristo
Devocional de la Sociedad de Socorro de 2026: Una reunión mundial de mujeres
Domingo 8 de marzo de 2026
Una de las bendiciones más dulces de mi llamamiento es sentir un amor profundo y conmovedor por ustedes, las mujeres de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En mi mente, estoy con ustedes en sus espacios sagrados, tal vez reunidas en una capilla, o bajo una carpa, en una casita, en una faleo en su apartamento, y estamos sentadas hombro con hombro para decirles que las amo, que tengo la seguridad de que son hijas de un amoroso Padre Celestial, y que tengo la certeza de que pueden confiar en Jesucristo.
Es un honor sentarme con hermanas santos de todo el mundo que demuestran una fortaleza, capacidad, convicción y fe profundas en Jesucristo. El amor de Dios por las mujeres se demuestra al darnos la oportunidad de aprender, juntas, las unas de las otras.
¿Qué es lo que sé del tiempo que he pasado con las mujeres de la Iglesia de Jesucristo, de esas visitas de ministración, de los encuentros en estacionamientos y de las conversaciones en tiendas de comestibles?
Sé que la vida es difícil.
Pueden afrontar las dificultades con Jesús, o pueden afrontarlas solas. Es su decisión. Pero cuando afrontan las dificultades con Jesucristo, lo difícil se convierte en algo santo y ustedes se convierten en mujeres santas.
Hace poco conocí a una hermana en un estacionamiento. Se acercó a mí para decirme que su hija había sufrido un accidente automovilístico con vuelco y que estaba hospitalizada. Me confió que anteriormente había perdido una hija a causa de un cáncer. Supuse que mi nueva amiga buscaba consuelo de mi parte, pero eso no era lo que quería en absoluto. No venía a mí en busca de consuelo, me buscó para expresar su testimonio de que su hija había sido protegida por ángeles ministrantes, que sabía que su hija fallecida era uno de esos ángeles y que estaba segura de que su familia era eterna debido a su sellamiento en la Casa del Señor. Como hija del convenio de Dios, ella afrontaba los desafíos de la vida con fe y confianza en el plan de felicidad de su amoroso Padre, en el poder redentor de Jesucristo y en la promesa de que los ángeles cuidarían de ella y de sus seres queridos. Todavía tenía una hija en el hospital. Su experiencia terrenal seguía siendo difícil, pero mi amiga eligió afrontar las dificultades con Jesucristo en lugar de hacerlo sola. Su dificultad se había convertido en un tiempo santo, una época santa.
Conozco a una hermana con cuatro hijos pequeños que los criaba sola y trabajaba para mantener a su familia cuando a su propia madre le diagnosticaron un cáncer agresivo. Me dijo que durante aquella época devastadora comenzó a orar más fervientemente y con más frecuencia, incluso pidiendo ayuda para saber cómo iba a alimentar a sus hijos. Recurrió a la ayuda del Padre Celestial y del Salvador. Confiando en Ellos, se preparó para hacer convenios en la Casa del Señor. La salud de su madre se estaba deteriorando, sin embargo, viajaron como familia y con amigos al templo más cercano, donde mi nueva amiga fue investida poco antes de fallecer su madre. Su experiencia terrenal sigue siendo difícil, pero al elegir estar unida al Salvador por convenio, el camino hacia adelante parece más fácil. No es fácil, pero es más fácil porque ella tiene un mayor acceso a Su poder sanador y fortalecedor. Le pregunté acerca de su relación con el Salvador, forjada en el fuego de la adversidad. Esta santa mujer confesó que no habría podido llegar a conocer a Jesucristo y confiar en Él tan profundamente como lo hace ahora sin aquellas difíciles experiencias.
Como ven, el fuego del refinamiento es intenso; es el precio de la santidad. Un refinador y purificador de plata utiliza el fuego para quemar las impurezas, pero no arroja el mineral al horno y se va. Vigila cuidadosamente la temperatura y el momento de introducir el oxígeno, observando cómo la escoria de la plata sube a la superficie del metal fundido. El refinador sopla la escoria, dejando plata pura, cuya superficie brilla y es luminosa, como un espejo, que refleja la imagen del refinador.
“[Jesucristo] se sentará como refinador y purificador de plata”. Somos la plata preciosa, purificada y escogida en el horno de la aflicción. Y así como la plata ha sido refinada y las impurezas quemadas, nosotras tenemos un carácter más piadoso, llegamos a ser mujeres santas.
¿Reconocerán, encontrarán y abrazarán la mirada atenta del Refinador cuando estén en el fuego de la adversidad?
El presidente D. Todd Christofferson aconsejó: “En medio de este fuego purificador, en lugar de enojarte con Dios, acércate a Él. Invoca al Padre en el nombre del Hijo. Camina con Ellos en el Espíritu, día a día. Permite que Ellos, con el tiempo, te manifiesten Su fidelidad. Llega a conocerlos de verdad y a conocerte verdaderamente a ti mismo”.
Va a ser difícil. Pueden afrontar las dificultades con Jesús, o pueden afrontarlas solas. Cuando las afrontan con Jesucristo, lo difícil se convierte en algo santo.
La santa de nombre Ana es un ejemplo de este principio en las Escrituras.
Ana iba a la casa de Jehová, donde lloraba. En humilde oración expresó a Dios la amargura de su alma y la aflicción de su espíritu porque no tenía hijos. No estaba murmurando. Era pura sinceridad con Él acerca de su profunda decepción y dolor. Ella “derramó [su] alma delante de Jehová”, sin retener nada, aun cuando Él ciertamente conocía la profundidad de su dolor.
Y entonces Ana hizo un voto, una expresión de su voluntad de consagrar aquello con lo que el Señor la bendijera para Sus propósitos. Ella declaró audazmente: “Jehová de los ejércitos, si […] das a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida”.
Elí, el sacerdote, le dijo a Ana que fuera “en paz”, y le aseguró que su petición al
Señor por un hijo le sería concedida. La mansedumbre de Ana se evidencia en su respuesta: “Halle tu sierva gracia delante de tus ojos”. Y se fue, y “no estuvo más triste”.
Con el tiempo, Ana fue bendecida con un hijo: Samuel. Una vez que fue destetado, ella cumplió su compromiso al llevar al niño a la Casa del Señor y cantó alabanzas de acción de gracias al Señor en oración. Ana exclamó: “Mi corazón se regocija en Jehová”. “No hay santo como Jehová, porque no hay ninguno fuera de ti, ni hay roca como el Dios nuestro”.
Luego dejó a Samuel con Elí, el sacerdote, dedicándolo enteramente al servicio de Dios. Un niño recién destetado. ¿Se lo imaginan? Aunque más tarde fue bendecida con cinco hijos más, en el momento en que entregó a Samuel al Señor, él era su único hijo. No podía saber que vendrían otros hijos. No había disfrutado de todos esos tiernos momentos que una madre anhela: verlo correr y jugar, enseñarle a amar y compartir, arroparlo en la cama.
Cada año, cuando ella y su esposo iban a la Casa del Señor para hacer su sacrificio anual, ella llevaba una túnica pequeña que había confeccionado para Samuel. ¿Qué le decía cuando lo veía? ¿Cómo se sentía su corazón de madre cuando tenía que despedirse de nuevo?
Las Escrituras no describen su dolor, pero me lo imagino.
Verán, Ana era fiel y la vida seguía siendo difícil.
Entre mis hermanas de la Sociedad de Socorro hay Anas de hoy en día, mujeres santas que, incluso en sus adversidades, adoran en la Casa del Señor, ayunan, derraman toda su alma al Señor en oración, consagran aquello con lo que el Señor las ha bendecido, cumplen los compromisos que han hecho con Él y confían en el Señor: en Su voluntad para ellas y en Su tiempo.
Estamos teniendo una experiencia terrenal en cuerpos que están sujetos al envejecimiento y a la enfermedad. Nosotras y los demás tenemos la gloriosa oportunidad de ejercer nuestro albedrío, para bien o para mal. Así que va a ser difícil. Pueden afrontar las dificultades con Jesucristo, o pueden afrontarlas solas. Tengo la certeza de que cuando uno afronta lo difícil con Jesucristo, lo difícil se vuelve santo: épocas santas, espacios santos, mujeres santas.
Hace poco, escuché a unos niños cantar esta letra:
Hermanas, necesitamos más Jesucristo. Su luz, Su amor, Su esperanza y Su poder sanador y fortalecedor.
Las mujeres santas fijan su atención en Jesucristo. Nosotras “habl[amos] de Cristo, [nos] regocij[amos] en Cristo, [nos] del[eitamos] en las palabras de Cristo y s[eguimos] adelante con firmeza en Cristo”. La caridad, que es el amor puro de Cristo, nunca nos falla.
Si acaso no se sienten desafiadas por su experiencia mortal, consideren este consejo del élder Neal A. Maxwell: “Cuando, por el momento, nosotros mismos no nos hallemos cargando una cruz, deberíamos estar, llenos de comprensión y bálsamo espiritual, junto a aquellos que cargan la suya”.
Esa es la obra de las mujeres santas.
Testifico que Jesucristo es nuestro Redentor y nuestro atento y amoroso refinador. Cuando confiamos en Él en el fuego de la aflicción, los tiempos difíciles se convierten en épocas santas y nosotras nos convertimos en mujeres santas. Las amo; estoy segura de que son hijas de padres celestiales amorosos y estoy segura de que pueden confiar en Jesucristo.
En el nombre de Jesucristo. Amén.