“Identidad divina: La verdad del Evangelio que cambió mi vida”, Liahona, marzo de 2026.
De la Publicación semanal para jóvenes adultos
Identidad divina: La verdad del Evangelio que cambió mi vida
Dios te conoce completamente y sabe qué es lo mejor para ti.
Oraba desesperadamente para entender mi situación. Mi llamamiento misional había llegado después de grandes retrasos y estaba mortificada: la Misión Alpina de habla alemana.
Mi casa.
¿Qué?
¡No quería servir en mi casa! Esperaba ir a otro lugar como muchos de mis amigos. Esa noticia me hizo sentir como si el Padre Celestial no me viera capaz de servirle.
Pero cuando hice esa oración desesperada, preguntándole si se preocupaba por mí y si ese llamamiento misional era un error, sentí que se me quitaba un peso de encima. Sentí que el Espíritu me aseguraba que Dios me conoce completamente y sabe lo que es mejor para mí.
En ese momento, el Espíritu me confirmó que soy hija de Dios.
Esa fue una de las primeras veces en que realmente sentí el poder de mi identidad divina.
Una verdad sumamente importante
Una verdad del Evangelio de Jesucristo que cambia la vida es que somos hijos de padres celestiales.
El élder Patrick Kearon, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó sobre “un don de verdad eterna que lo abarca todo y que sustenta nuestra capacidad de recibir todo lo demás que nuestro Padre desea otorgarnos; un don vital de conocimiento que, cuando se acepta plenamente y se recibe en lo profundo del alma, pone en contexto las alegrías y las dificultades de la vida, y nuestras preguntas sin respuesta: y ese don es que somos realmente hijos de Dios”.
Desde aquella experiencia con mi llamamiento misional, he sentido la veracidad de esas palabras. Nunca he olvidado la tranquilidad y el poder que sentí cuando me di cuenta de que Dios me conoce y me ama.
Centrarme en mi identidad
A pesar de esa verdad, el mundo que me rodea no hace mucho para recordarme mis raíces divinas. Me he dado cuenta de que tengo que esforzarme por recordar mi identidad divina y el poder que proviene de ella.
Para mí, esto incluye hacer cosas como meditar sobre el milagro de mi cuerpo y lo que me permite hacer y experimentar cada día.
También me siento conectada con mi Creador cuando estoy en la quietud de la naturaleza. Ver la belleza de las montañas o la puesta de sol me recuerda que Dios no tenía que embellecer la tierra. Sin embargo, Él y Jesucristo hicieron eso por nosotros porque quieren que disfrutemos de las maravillas de este mundo y que recordemos Su amor (véase Moisés 6:63).
Y orar al Padre Celestial cada día, haciéndole saber cómo me siento y dándome cuenta de que Él quiere escucharme y hablarme, me ayuda a profundizar mi conexión divina con Él. La oración me recuerda que no estoy sola y que Él me está guiando, incluso si lo que yo quiero no está sucediendo ahora. Confío en que Él, un Padre amoroso, sabe cuándo es el momento adecuado para que ciertas bendiciones lleguen a mi vida.
El don de la vida terrenal
Mi misión no fue lo que esperaba, pero tuve experiencias que me ayudaron a ver por qué el Padre Celestial quería que estuviera en el área donde residía. Compartir la verdad de la identidad divina con aquellos que nunca antes la habían conocido me llenó de gozo.
No puedo imaginar la vida sin saber quién soy realmente; me sentiría vacía y perdida.
Cuando considero el propósito de mi vida, me da mucha esperanza saber que la vida terrenal es solo una pequeña parte del plan que el Padre Celestial tiene para mí. Tengo la oportunidad de hacer, aprender y llegar a ser más de lo que soy ahora gracias al divino don de la vida que Él me ha dado como Su hija. Estoy muy agradecida de que Él haya ofrecido a Su Hijo Amado como mi Salvador y de que me permitiera escoger entrar en la vida terrenal para llegar a ser como Él y regresar a casa.
Espero que, sea lo que sea que te ocurra en el mundo, siempre recuerdes quién eres en realidad. Esa verdad te dará el poder para afrontar cualquier cosa que se te presente.
Así como Dios me escuchó en mi momento de desesperación, sé que Él siempre te escucha y te ama a ti también.
La autora vive en Liestal, Suiza.