Voces de los miembros
La alegría en mí
Mi sonrisa no nace de una vida perfecta, sino de saber que nunca estoy sola.
Muchas veces me preguntan por qué sonrío tanto, o me dicen que soy feliz por cosas pequeñas. Y la verdad es que no es porque mi vida sea perfecta, ni porque no tenga problemas. Es porque tengo a Jesucristo en mi vida. Eso cambia todo.
No significa que no haya dolor. He tenido miedo de perder a seres queridos más veces de las que quisiera. He pasado por pérdidas que no se borran del corazón. Pero en cada una de esas experiencias duras descubrí que Él me sostuvo, que nunca me dejó sola, y que jamás me hizo pasar más de lo que podía soportar.
Creo que la capacidad de sonreír por cosas simples nace de una convicción personal: sé que nunca estoy sola. Veo en lo cotidiano un recordatorio de Su amor y de la eternidad que tienen nuestras relaciones familiares y de amistad. Eso me llena de gozo.
Una sonrisa puede parecer un gesto mínimo, pero a veces puede ser un bálsamo para otra persona. Me gusta pensar que, aunque no sepa qué batalla enfrenta el otro, siempre puedo regalar una chispa de luz con algo tan sencillo como sonreír.
Soy profundamente bendecida. Vengo de una familia hermosa, me uní a otra familia hermosa y estoy formando la mía propia. Y en cada uno de esos núcleos hemos atravesado pruebas muy difíciles, esas que te hacen sentir pequeñita e indefensa.
Pero aun en esas pruebas, la mano del Señor estuvo ahí, sosteniéndome. Su amor se hizo presente en gestos concretos, en la fuerza inesperada para seguir, en la paz en medio del caos. Tener a mi familia y sentir ese respaldo divino es, sin dudas, otro motivo de felicidad para mí.
Estoy agradecida por las entrañables misericordias de nuestro Padre Celestial en mi vida.
Son como un cálido abrazo que me recuerda que Él está en todo, en cada detalle. Y cuando aprendemos a reconocerlo, el corazón se llena de gozo.
Claro que hay momentos duros, unos más que otros. Pero también hay instantes hermosos en los que la presencia del Señor se siente cercana y real. Esa certeza me impulsa a vivir con alegría.
¿Cómo no tener motivos para sonreír? ¿Cómo no querer contagiar esperanza? Ojalá todos, en algún momento de su vida, puedan descubrir que no están solos, que el Señor camina con ellos y que siempre hay motivos para ser felices.
Por eso sonrío, por eso me río de cosas pequeñas, por eso encuentro felicidad en los gestos simples.
Porque aprendí que la plenitud no está en perseguir lo que me falta, sino en reconocer lo que ya tengo. La gratitud cambia la mirada, me recuerda que la vida está llena de regalos que a veces pasan desapercibidos, desde la familia hasta la calma de un instante cotidiano.
Soy feliz porque sé en quién confío, porque sé que no camino sola y porque tengo la certeza de todo lo que nos espera más allá de esta vida.