Ven, sígueme
Heme aquí
Ruego que siempre respondamos al Señor como lo hizo Abraham.
Ilustraciones por Julie Rogers.
José Smith dijo una vez: “Cuando el Señor te lo mande, hazlo”. Esta expresión de fe y acción me trae a la mente otras experiencias similares.
Por ejemplo, cuando se le preguntó a Adán por qué ofrecía sacrificios, su respuesta fue que no sabía, pero que sabía quién se lo había mandado (véase Moisés 5:6). También me recuerda la disposición de Lehi a dejar atrás su hogar y sus pertenencias para seguir las instrucciones del Señor (véase 1 Nefi 2:2–4) o la fe de Nefi al aceptar regresar para obtener las planchas (véase 1 Nefi 3–4).
Podría citar numerosos ejemplos claros de las Escrituras que reflejan el espíritu de obediencia, pero deseo centrarme en la experiencia de Abraham.
La obediencia de Abraham
El Señor prometió una vasta posteridad a Abraham y a Sara. Esa bendición tardó en llegar, o mejor dicho, llegó en el tiempo del Señor. Sin embargo, el Señor puso a prueba la fe de Abraham cuando le pidió que sacrificara a su hijo, Isaac, quien era la bendición por la que habían orado y esperado por tanto tiempo. Es posible que hayamos leído este relato de las Escrituras muchas veces, pero ¿cuántas veces nos hemos puesto en el lugar de Abraham?
Es difícil siquiera imaginar los sentimientos de un tierno padre ante una asignación así. Sin embargo, no deja de sorprenderme la determinación de Abraham al decidir obedecer, mientras se preparaba para ir a una montaña en Moriah a ofrecer el sacrificio solicitado. En una expresión de buena disposición y sumisión a la voluntad del Padre Celestial, su respuesta siempre se mantuvo así: “Heme aquí” (véase Génesis 22:1–2).
A cambio de su obediencia, fue bendecido con la preservación de la vida de Isaac, así como con bendiciones maravillosas e infinitas para él, para Sara y para su posteridad (véase Génesis 22:15–18).
Las sumisión del Salvador
Sin lugar a dudas, el ejemplo supremo de obediencia y sumisión al Padre Celestial se centra en el Salvador, Jesucristo. Él mostró Su disposición a obedecer al venir a esta tierra; al ser bautizado, siendo limpio y perfecto; y al dar Su vida como ofrenda y tomar sobre Sí los dolores, las aflicciones, las enfermedades, los pecados y la muerte de Su pueblo, a fin de que Él supiera cómo socorrernos en la carne (véase Alma 7:11–13).
La experiencia fue tan intensa que, por un momento, hizo que Él preguntara si había alguna manera de dejar pasar esa amarga copa. Luego dijo inmediatamente: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42), en otras palabras, “Heme aquí”, mostrando así Su disposición de hacer la voluntad del Padre.
Obediencia y amor
¿Cómo podemos cultivar esa disposición de ofrecer un “Heme aquí” en respuesta a cada petición que el Padre Celestial nos hace como miembros de la Iglesia o, a veces, a nivel personal?
Pablo enseñó a los romanos: “El cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). Si quisiera encontrar una palabra que reemplazara como sinónimo a la frase “cumplimiento de la ley”, creo que la palabra obediencia vendría rápidamente a mi mente. Por lo tanto, podríamos decir que el amor es obediencia. Así que la declaración del Salvador: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15) tiene mucho sentido.
Podríamos responder con un “Heme aquí” o, en las palabras de Nefi, “Iré y haré” (1 Nefi 3:7). En nuestra lengua vernácula moderna, podríamos decir: “Por supuesto que estoy dispuesto a hacer lo que el Padre Celestial manda, sin importar las circunstancias”.
Sin embargo, lo que me gustaría enfatizar es la relación amor-obediencia, lo que significa que obedecemos al Padre porque lo amamos. Creo que escoger obedecer es una de las mejores maneras de manifestarle claramente nuestro amor a Él. “La fe sin obras es muerta” (Santiago 2:26), y personalmente tampoco creo que el amor por el Padre Celestial y Jesucristo sin obediencia esté muy vivo.
Cómo aumentar nuestro amor y obediencia
¿Cómo aumentamos nuestro amor por Él y nuestra obediencia a Él? El Salvador enseñó: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Conocer a Jesucristo —y, por medio de Él, al Padre— nos permite saber del amor que Ellos tienen por nosotros y de las cosas indescriptibles que han hecho y harán por nosotros, incluso durante los momentos difíciles que experimentamos en esta vida terrenal. El saber de Ellos cambia nuestro corazón, haciéndonos desear seguir Sus ejemplos en nuestras acciones y estar dispuestos a decir, de palabra y de hecho: “Heme aquí”. Esa disposición se refleja en el deseo de leer las Escrituras o de dirigirse al Padre Celestial en oración.
“Heme aquí” puede ser una respuesta a un llamado a servir en una misión o a ser más consagrados en obedecer mandamientos tales como santificar el día de reposo, honrar a nuestros padres o procurar llevar una vida moralmente limpia. “Heme aquí” es la expresión que acompaña constantemente a los discípulos de Cristo, incluso cuando el sacrificio solicitado afecta a lo que más deseamos o por lo que hemos pagado un alto precio.
Esa disposición a obedecer es muy valiosa, especialmente en lo que respecta a los convenios que hicimos cuando fuimos bautizados o entramos en el templo. ¿Se imaginan cómo sería nuestra vida si constantemente pensáramos “Heme aquí” al tomar sobre nosotros el nombre de Cristo o para recordarle siempre y guardar Sus mandamientos? Participar de la Santa Cena nos invita a renovar ese compromiso, lo cual debe reflejarse en nuestras acciones durante la semana. Lo mismo se aplica cuando vamos al templo y hacemos o recordamos los convenios que allí hacemos.
El ejemplo de una joven esposa
Recuerdo una conversación que tuve con una pareja de recién casados hace muchos años mientras servía como obispo. Una noche, tuvieron una larga y acalorada discusión sobre el pago del diezmo. El joven esposo había pasado por una semana difícil en el trabajo y quería ahorrar el dinero que había ganado para atender algunos de los gastos personales de ellos. Sin embargo, recuerdo las palabras de la joven esposa cuando, delante de su esposo, dijo: “Obispo, estoy dispuesta a no hacer frente a esos gastos e incluso a dejar de comer, si es necesario, pero quiero pagar el diezmo y obedecer al Señor”.
Tan rotundo fue ese “Heme aquí”, expresado por la joven esposa con un testimonio tan grande, que el esposo y yo sentimos un fuerte espíritu durante la conversación. Al final, no sé si fue por su propio deseo o porque su esposa lo persuadió, pero el esposo terminó pagando su diezmo ese fin de semana.
El domingo siguiente, antes de las reuniones, el joven esposo me pidió hablar brevemente conmigo. Con un semblante diferente al de la semana anterior, me dijo: “Obispo, usted sabe que la semana pasada finalmente pagué el diezmo y tenía miedo de no tener suficiente dinero para la comida, pero solo quería que supiera que esta semana tuvimos el doble de dinero que normalmente tenemos para la comida. Obispo, fue un milagro y quiero ver siempre esos milagros en mi vida”. Para mí, fue como si ese joven me estuviera diciendo: “Obispo, estoy dispuesto a responder con un ‘Heme aquí’ a cualquier cosa que Dios me pida”.
Nuestra promesa
El Señor ha dicho que Él está obligado cuando hacemos lo que Él nos pide (véase Doctrina y Convenios 82:10). ¿Realmente creemos en lo estricto de esa promesa?
Tal vez las bendiciones no lleguen en nuestro tiempo o de la manera que deseamos, pero les testifico que la promesa es real y verdadera. Exige amor por Él, sumisión, el deseo de hacer Su voluntad y vivir como discípulos de Cristo. Él nos ayudará y bendecirá para que comprendamos y guardemos nuestros convenios. De esa manera, cuando Él nos pida que hagamos Su voluntad, ruego que podamos responder con un rotundo “¡Heme aquí, Señor!”.