“Bendecir a todas las familias de la tierra”, Liahona, marzo de 2026.
Bendecir a todas las familias de la tierra
Si seguimos y compartimos el plan de nuestro Padre Celestial para las familias, Él estará con nosotros, nos sostendrá y se unirá a nosotros en nuestro viaje de regreso a Él.
Jacob’s Dream at Bethel [El sueño de Jacob en Bet-el], por J. Ken Spencer
Hace poco, la hermana Uchtdorf y yo asistimos al bautismo de uno de nuestros bisnietos. Al ver a varias generaciones celebrar con gozo ese acontecimiento, sentimos profunda gratitud hacia nuestro Padre Celestial por Su plan de salvación para Sus hijos. Sentimos cuán importantes han sido para Él la familia y los convenios sagrados desde el principio.
Esa importancia se puede ver en el relato del Antiguo Testamento sobre el fiel Jacob, quien emprendió un largo y agotador viaje para encontrar una esposa, casarse en el convenio y establecer una familia. Una noche, Jacob se detuvo a descansar, pero solo encontró piedras como almohada. Debió de estar muy cansado porque logró quedarse dormido y tener un sueño.
Con sus dignas metas del convenio del matrimonio y la familia seguramente en su mente, Jacob vio “una escalera que estaba apoyada en tierra, cuyo extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella.
“Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, y dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac” (Génesis 28:12–13).
Luego, el Señor le hizo a Jacob algunas importantes promesas por convenio, promesas que también había hecho con el padre de Jacob, Isaac, y con su abuelo, Abraham, entre ellas:
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Promesas de que Jacob llegaría a ser padre de una “multitud de pueblos” (Génesis 28:3; véase también el versículo 14).
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Promesas de tierras para la posteridad de Jacob (véase Génesis 28:4, 13).
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Promesas que por medio de Jacob y su “[descendencia] todas las familias de la tierra serán benditas” (Génesis 28:14; cursiva agregada).
Tan sagrada fue la experiencia de Jacob, que declaró: “Ciertamente Jehová está en este lugar […]. No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo” (Génesis 28:16–17). Y así, Jacob llamó a ese lugar Bet-el, que significa “la Casa de Dios” (Génesis 28:19, nota a al pie de página).
Las bendiciones prometidas en el sueño de Jacob requerían que Jacob hiciera algo de escalada metafórica en la vida real. Como Santos de los Últimos Días, no es difícil ver una conexión entre el sueño de Jacob, los convenios del Señor y la Casa del Señor. Los templos se parecen mucho a esa escalera que Jacob vio. Las enseñanzas, las ordenanzas y los convenios de la Casa del Señor conectan el cielo y la tierra. Los convenios podrían compararse con los peldaños de una escalera que nos acercan más al Señor. Y, mediante el servicio sagrado que ofrecemos en los santos templos, estamos bendiciendo a “todas las familias de la tierra”: pasadas, presentes y futuras.
“¡Qué descubrimiento!”
El élder Bruce C. Hafen, miembro emérito de los Setenta, recibió una llamada telefónica del editor de una revista nacional de noticias. El editor quería hablar sobre un libro reciente que explora la historia de las creencias sobre el cielo para una variedad de religiones.
“Los autores descubrieron que el público siente un hambre generalizada del cielo y de familias en el cielo”, escribió el élder Hafen. Pero aunque la mayoría de las personas todavía creían en la vida después de la muerte, el amor eterno y las reuniones familiares celestiales, “la mayoría de las iglesias cristianas ofrecen poca respuesta a ese hambre interior”, con una excepción: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
En la Iglesia restaurada del Salvador, tenemos templos sagrados. Tenemos el matrimonio eterno, con la autoridad para sellar que bendice más allá de la muerte física. Tenemos la promesa de un futuro eterno con nuestros seres queridos en la presencia del Padre y del Hijo. En vista de todo esto, los autores concluyeron que el concepto Santo de los Últimos Días respecto al cielo es el más completo y, yo agregaría, el más feliz.
“¡Qué descubrimiento!”, observó el élder Hafen. “La mayoría de las personas en la actualidad anhelan familias eternas y el [Evangelio restaurado de Jesucristo] satisface ese anhelo mejor que cualquier otro conjunto conocido de ideas [o credos religiosos]. Desearía que todo el mundo pudiera escuchar a [nuestros] hijos cantar las alegres nuevas: ‘Las familias pueden ser eternas’”.
Las familias no son solo un arreglo social conveniente; son el modelo eterno de los cielos. La familia es “fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”. Como nos ha enseñado el presidente Russell M. Nelson: “[El Señor] creó la tierra para que pudiéramos obtener cuerpos físicos y formar familias. Él estableció Su Iglesia para exaltar a las familias; Él proporciona templos para que las familias puedan estar juntas para siempre”.
Pero nuestro interés en las familias fuertes no tiene que ver solo con los destinos eternos. La familia también desempeña una función esencial en nuestra felicidad terrenal. Nuestro Padre Celestial, quien sabe perfectamente lo que brinda felicidad ahora y en la eternidad, envía a Sus hijos a familias, por imperfectas que sean, y nos invita a edificar y nutrir familias fuertes. Por supuesto, “la discapacidad, la muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual”. Pero nada puede reemplazar las responsabilidades esenciales divinamente señaladas de esposo y esposa, padre y madre.
La investigación sobre “familias biparentales biológicas en unión” sigue demostrando que la familia es indispensable para preservar “lazos profundos de amor y afecto”. Es “la incubadora primaria para personas estables, bien adaptadas y con conciencia social”.
Defensores diligentes de la familia
Por supuesto, no debería sorprendernos que algo tan importante para el plan de Dios tuviera que enfrentar oposición. Satanás nunca ha sido amigable con la familia y sus esfuerzos son cada vez más urgentes “pues sabe que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:12). Como dijo el presidente M. Russell Ballard (1928–2023), Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Satanás sabe que la manera más certera y eficaz de desbaratar la obra de Dios es minimizar la eficacia de la familia y la santidad del hogar”.
Sabiendo lo que sabemos acerca de la familia eterna de Dios, Su plan para Sus hijos y la importancia eterna de las relaciones familiares, deberíamos estar entre los defensores más diligentes de la familia en el mundo.
¿Cómo lo hacemos?
El presidente Dallin H. Oaks, entonces Primer Consejero de la Primera Presidencia, ofreció este consejo: “La proclamación para la familia […] es el énfasis reiterado por el Señor de las verdades del Evangelio que necesitamos para sustentarnos en los desafíos actuales de la familia”.
En nuestra vida personal, podemos hacer las “cosas pequeñas y sencillas” (Alma 37:6) que fortalecen las relaciones familiares. Esto incluye seguir los principios de familias y matrimonios exitosos que se describen en la proclamación para la familia: “de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes”. Independientemente de nuestra situación familiar actual, podemos demostrar con nuestras acciones que las relaciones familiares son eternamente importantes para nosotros.
Como “ciudadanos responsables” de nuestras comunidades, podemos “foment[ar] aquellas medidas designadas a fortalecer a la familia y a mantenerla”.
Somos el pueblo del convenio del Señor en los últimos días. Somos herederos de las promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob, promesas que tienen todo que ver con las familias. Esas promesas vienen con el sagrado llamamiento de bendecir a “todas las familias de la tierra”. Y una manera importante de hacerlo es vivir, defender y compartir la verdad eterna de que “la familia es ordenada por Dios” y que “las ordenanzas y los convenios disponibles en los santos templos hacen posible que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente”.
“Yo estoy contigo”
Cuando la hermana Uchtdorf y yo vemos a los miembros de nuestra familia hacer convenios sagrados con nuestro amoroso y eterno Padre Celestial, nuestro corazón se llena de gozo y gratitud. Nos regocijamos no solo en nuestros hijos y en los hijos de ellos, sino también en nuestros padres y en los padres de ellos. Meditamos con profundo amor en cómo los convenios del Evangelio nos unen a través de las generaciones. No es una experiencia muy diferente a ver “una escalera […] apoyada en tierra, cuyo extremo [toca] en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que sub[en] y desc[ienden] por ella” (Génesis 28:12).
Las bendiciones que el Señor prometió a Jacob en su sueño se extienden a todos Sus hijos del convenio, incluso a ustedes y a mí. Al igual que el Señor lo hizo con Jacob, Él nos responderá “en el día de [nuestra] angustia” (Génesis 35:3) si lo escogemos a Él.
“He aquí”, dijo el Señor, “yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres […]; porque no te dejaré” (Génesis 28:15).
Al igual que Jacob, todos tenemos un desierto que cruzar. A veces, las bendiciones prometidas parecen lejanas. Cuando surgen problemas o desafíos serios, podemos cuestionar el amor del Señor. Incluso podríamos sentir que Dios nos ha abandonado. A pesar de nuestros mejores esfuerzos en el discipulado, tal vez sintamos que no estamos recibiendo las bendiciones que esperábamos.
Hermanos y hermanas, queridos amigos, la senda de los convenios es una senda llena de gozo, aunque a veces esté manchada de lágrimas. Si sienten que algunas partes del plan de felicidad no se cumplen en su vida ahora, confíen en que el Señor los tiene presentes y los bendecirá a Su debido tiempo, de acuerdo con Su sabiduría.
La fe en Jesucristo y en Sus promesas nos inspira a mirar hacia adelante, no hacia atrás. Gracias a Él, nuestro futuro no tiene por qué permanecer cautivo de nada que haya sucedido en el pasado o que nos bloquee la vista ahora mismo. Sí, todos somos o seremos heridos de una manera u otra. Pero nosotros creemos en el Gran Sanador. Confiamos en Él; de hecho, tanto que aceptamos Sus promesas, plenamente “creyéndolas”, aun cuando todavía estén “lejos” (Hebreos 11:13).
“Recordemos que, a la manera del Señor y en su debido tiempo, no habrá ninguna bendición que les sea retenida a Sus santos fieles”, dijo el presidente Nelson. “El Señor juzgará y recompensará a cada persona según los deseos sinceros de su corazón, así como por sus acciones”.
Les prometo que a medida que sigamos y compartamos el plan de nuestro Padre Celestial para las familias, Él estará con nosotros, nos sostendrá y se unirá a nosotros en nuestro viaje. Él nunca nos dejará solos, especialmente cuando nos sobrevengan las pruebas a nosotros o a nuestros seres queridos. Él nos cargará, nos elevará y nos llevará a la tierra prometida de una plenitud de gozo con Él, con Su Hijo Jesucristo y con nuestras familias, eternamente.