Mensaje del Área
Fe, oración y un milagro de vida
La pandemia del COVID-19 nos arrebató a seres muy queridos, pero también me dejó un testimonio profundo de la fe y el poder de la oración. Mi suegro, mi esposo y yo nos contagiamos del virus. Mi suegro decidió no recibir la vacuna, mi esposo no estaba en la edad para hacerlo y yo sí la recibí, ya que soy personal de salud.
A medida que los días pasaban, mi suegro y mi esposo cayeron gravemente enfermos, hasta el punto de necesitar oxígeno. Lamentablemente, mi suegro no resistió y falleció. Mi amado esposo, quien poco antes había comenzado a conocer el Evangelio, llegó a necesitar ventilación mecánica y debía ser intubado. En esos días, se escuchaba que muchas personas morían durante el procedimiento de la intubación, lo cual me llenó de un miedo profundo.
Clamaba a mi Padre Celestial día y noche, sin cesar. Cuando el médico me informó que iban a intubar a mi esposo, me rompí por dentro. Lloré y le reclamé a Dios por no responder mis oraciones. Pero mi esposo, con una fe inquebrantable, me miró y me dijo: “Esto es lo que Dios quiere para mí, no llores, verás que en tres días estaré bien”.
El tiempo pasó y no dejé de orar. El tercer día, mientras estaba acostando a mi pequeña hija y orando en silencio, le pedí a mi Padre Celestial que perdonara mis errores, que me ayudara a ser mejor y que nos diera otra oportunidad con mi esposo. Con todo mi corazón, pedí poder ser sellada a él por toda la eternidad. Miré al cielo y, entre las nubes, vi el rostro de mi Señor Jesucristo. Sentí en mi corazón que era Él y supe que estaba escuchando mis súplicas.
En ese preciso instante, sonó el teléfono. Era el médico de mi esposo, quien me dijo: “Señora, hable con su esposo. Él ha despertado y se encuentra muy bien, estamos retirando el ventilador mecánico”. Fue un momento único que jamás olvidaré. Fue la respuesta a todas mis oraciones y al testimonio de fe de mi esposo.
Sé que Dios escucha y contesta nuestras oraciones. Sé que Él sabe lo que necesitamos y cuándo es el momento exacto para darnos lo que pedimos. Tres meses después de su recuperación, fuimos al templo y nuestra familia fue sellada por toda la eternidad. Hoy seguimos firmes en este hermoso Evangelio de felicidad.