2025
El amor y la preocupación del Salvador por la persona en particular
Julio de 2025


“El amor y la preocupación del Salvador por la persona en particular”, Liahona, julio de 2025.

El amor y la preocupación del Salvador por la persona en particular

Se nos ha pedido que nos amemos y ministremos los unos a los otros como lo hace Jesucristo: uno por uno.

Ilustración de un matrimonio visitando a un hermano en su casa

Ilustración por Alex Nabaum

Poco después de mi bautismo en agosto de 1984, me hablaron de una divertida actividad con música y barbacoa [asado] no muy lejos de donde vivía en Kwekwe, Zimbabue. Mis amigos y yo estábamos entusiasmados por ir, pero era un domingo. Ellos no eran miembros de la Iglesia.

Les dije: “Iré a la iglesia, pero me escaparé después de la reunión sacramental y me uniré a ustedes”.

Mis amigos, que se dieron cuenta de mi debilidad, me dijeron: “Si haces eso, te lo perderás; para cuando llegues, la barbacoa habrá terminado”.

Debía tomar una decisión: ¿ir a la iglesia o a la barbacoa? Elegí la barbacoa, pero el domingo por la mañana me enteré de que se había cancelado. Para entonces, ya era demasiado tarde para ir a la iglesia, así que me quedé en la pequeña habitación que alquilaba.

A primera hora de la tarde, escuché una voz: “¿Vive aquí Eddie Dube?”.

Era mi presidente de rama, John Newbold, con su esposa, Jean. ¡Quería esconderme debajo de la cama! Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, se pararon junto a la cortina que separaba mi habitación del resto de la casa.

“Eddie”, dijeron, “te extrañamos hoy en la iglesia”.

Conversamos un rato y, cuando se fueron, sus amables palabras: “Eddie, te extrañamos”, permanecieron en mi mente. Estoy agradecido por John y Jean Newbold. Desde ese día, he sido bendecido porque me ayudaron a ver, de manera personal, el amor y la preocupación de nuestro Salvador Jesucristo por la persona en particular.

Uno por uno

Después de haber estado con el Padre, Jesús se presentó ante los nefitas como un Ser resucitado. Él vino a consolar a las personas. Él les extendió con amor la siguiente invitación:

“Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo. […]

“Y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado; y vieron con los ojos y palparon con las manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él, de quien habían escrito los profetas que había de venir” (3 Nefi 11:14–15; cursiva agregada).

Más tarde, el Salvador los invitó a que llevaran a todos los enfermos, heridos o “afligidos de manera alguna […]; y los sanaba a todos según se los llevaban” (3 Nefi 17:7, 9; cursiva agregada). Entonces “tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos” (3 Nefi 17:21; cursiva agregada).

Imaginar a 2500 personas allí ciertamente nos llena de humildad (véase 3 Nefi 17:25). Como nací y crecí en África, a menudo me imagino al Salvador bajo un sol radiante, esperando sanar, consolar, alentar y mostrar amor a todos los que venían a Él. Como discípulos Suyos, se nos ha pedido que ministremos a quienes nos rodean como Él lo hace: uno por uno.

Vayan con fe

La presidencia de la Sociedad de Socorro o del cuórum de élderes de su barrio o rama, con la aprobación del obispo o presidente de rama, les ha asignado personas y familias para ministrar. Tal vez apenas conozcan a algunas de ellas. Es posible que se sientan nerviosos al visitarlas, llamarlas o incluso enviarles un mensaje de texto. Tal vez les preocupe que no quieran que ustedes vayan a su casa. Sin embargo, sus líderes han considerado con espíritu de oración lo que esta asignación podría significar para ustedes, y las bendiciones que podría brindarles a ustedes y a las familias a las que ministren. Así que, vayan con fe.

Hace algunos años, en la región sudeste de los Estados Unidos, fui con un presidente de estaca a visitar a varias familias antes de una conferencia de estaca. Al llegar a una casa, se nos acercó un hombre vestido con ropa raída.

¿Qué quieren?, exclamó él. “¡No quiero que nadie venga a mi casa!”.

Me preocupé cuando la actitud de aquel hombre se tornó amenazante. ¡Quería tomar al presidente de estaca y correr de regreso al automóvil! Pero el presidente de estaca estaba tranquilo. “Lo sentimos”, dijo él, “creíamos que su obispo le había dicho que íbamos a ir”.

Mientras hablaban, sentí fuertemente el Espíritu. Me armé de valor, me acerqué al hombre y le dije: “Querido hermano, el presidente Thomas S. Monson [que era el profeta en ese momento] me ha dado la asignación de venir aquí. Hemos venido a verlo y a expresarle el amor que el profeta tiene por usted”.

Miré al hombre a los ojos y me di cuenta de que estaba derramando lágrimas. Comenzó a compartir sus desafíos con nosotros: su esposa sufría de depresión; acababa de perder el trabajo; no tenía alimentos para sus hijos. El presidente de estaca le aseguró al hombre que la Iglesia los ayudaría a él y a su familia, y tuvimos una conversación agradable.

Varias semanas más tarde, pregunté al presidente de estaca por aquel hombre. Me dijo que el obispo de ese hermano y el consejo de barrio le estaban ayudando, y que él y su esposa, que no era miembro de la Iglesia, habían comenzado a reunirse con los misioneros.

La ministración comienza al tender la mano a los demás con fe y amor. A medida que avanzamos con fe, confiando en el Señor, podemos buscar revelación de Él en cuanto a Sus designios y propósitos para nuestras interacciones con cada uno de Sus hijos. Él nos ayudará a saber qué decir y hacer, y nos mostrará el modo en que podemos “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras”, “llorar con los que lloran […] y consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:8–9). Al hacerlo, en verdad llegaremos a saber cuánto ama el Salvador a cada persona en particular.

Cuán grande será vuestro gozo

Hasta el día de hoy, sigo en contacto con John y Jean Newbold. A lo largo de todos estos años, he sentido gozo por el amor que me brindaron, y ellos han sentido gozo al verme progresar en el Evangelio. Esto es lo que puede suceder cuando ministramos: nosotros y aquellos a quienes prestamos servicio nos acercamos más los unos a los otros y nos conectamos más con el Salvador.

El Salvador enseñó que “el valor de las almas es grande a la vista de Dios […].

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (Doctrina y Convenios 18:10, 15; cursiva agregada).

Si la ministración no ha sido una prioridad para ustedes, el presidente Russell M. Nelson enseñó que “todos podemos actuar mejor y ser mejores de lo que hemos sido”. Los invito a cambiar y a comenzar de nuevo. Les prometo que, a medida que se dediquen a la ministración, encontrarán soluciones a los desafíos que afrontan actualmente.

La promesa del Salvador es real: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25).

Con la ayuda del Salvador, pueden llegar a ser el tipo de hermano o hermana ministrante que Él necesita que sean para marcar una diferencia en la vida de todos y cada uno de los preciados hijos del Padre Celestial.